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No es lo que más le gusta a los políticos: elogio de la crítica, y necesidad de la autocrítica
domingo, 10 de enero 2016
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No es lo que más le gusta a los políticos, sobre todo a los dirigentes. Pero a las mujeres y hombres de a pie, a la base militante, la crítica y sobre todo la autocrítica les parece un ejercicio imprescindible. Pero es muy infrecuente. Claro que cuando se producen derrotas como las del 22 de Noviembre en la Argentina ambas, la crítica y la autocrítica, se tornan aún más indispensables.

 

Pero ni bien se amaga con dar comienzo a las mismas irrumpe el nefasto “entorno” de los líderes para frustrar esa iniciativa. Por algo el gran Maquiavelo aconsejaba a los príncipes huir de esa plaga. En El Príncipe le dedica un capítulo entero al tema para sostener que si un gobernante cae bajo el influjo de sus cortesanos y aduladores se encamina hacia su perdición. Los pretextos bajo los cuales se invalida la pretensión crítica son muchos. Durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner la crítica era desalentada porque según el séquito presidencial sólo servía para “confundir” a la opinión pública o para “sembrar el desaliento y el desánimo” entre la militancia. En algunos casos, ciertos espíritus excesivamente enfervorizados descerrajaban un disparo mortal: la crítica “le hace el juego a la derecha”. Por consiguiente, aún cuando fueran expresadas con la intención de mejorar lo que debía mejorarse (y no con el propósito de debilitar a un gobierno que se lo apoyaba por algunas cosas que estaba haciendo bien y se lo criticaba por las que no hacía o estaba haciendo mal) esas críticas, decíamos, estaban condenadas al ostracismo. Sólo sobrevivían en los pequeños círculos de los amigos, que compartían la preocupación de quien esto escribe, pero no pasaban de allí. Conclusión: no llegaba a los oídos, o a los ojos, de quien debía llegar y las posibilidades de corregir un rumbo equivocado se perdían para siempre. La voz de orden era acompañar el proceso y abstenerse de formular críticas o, en caso de hacerlo, cuidar que la misma no trascendiera más allá de un insignificante cenáculo de iniciados.

 

Si provocar el desánimo con la crítica era un pecado imperdonable no pareciera ser menos ahora, una vez concluida la larga década kirchnerista. La excusa: no hay que “hacer leña del árbol caído”, para decirlo con un aforismo de viaja data en nuestra lengua. Algunos fanáticos consideran una traición cualquier pretensión de hacer un balance lo más realista y equilibrado posible de todos esos años. Resultado: la crítica externa, entendiendo por tal la proveniente de alguien que no estuvo en el gobierno, y la autocrítica de quienes sí estuvieron son ahogadas en su cuna. Antes era inoportuno criticar las asignaturas pendientes o los yerros de la gestión de CFK (¡como si hubiera algún gobierno al margen de crítica!); ahora, dicen los mismos, es una canallada, para colmo a destiempo. Si bien no existe una prohibición expresa la consecuencia de esta actitud es la imposibilidad de cualquier crítica, antes, durante o después. Es el triunfo del fanatismo, del fundamentalismo, de la obsecuencia elevada a la categoría de lealtad. La victoria de un funcionariado que no quiere hacerse cargo de sus propias limitaciones, en una absurda pretensión de infalibilidad. Con esto se atenta contra la posibilidad de reconocer errores, detectar incoherencias y, también, de tomar nota de los aciertos; en suma, de beneficiarse del aprendizaje político, único camino para hacer un mejor gobierno si las circunstancias lo permitieran en el futuro.

 

(Atilio Borón)