Era española, se llamaba María de los Ángeles Fernández Abad, le decían Angelines, pero su nombre perpetuo, el que la memoria recupera cuando aparece una foto suya, es otro nombre, un nombre de ficción: La Bruja del 71. En El Chavo del 8, el programa cómico de la televisión mexicana de la década del setenta creado por Roberto Gómez Bolaños, Angelines es La Bruja del 71, apodo inferido por la vecindad por un supuesto poder de Lechiguana con sesiones de espiritismo y rituales de humo e incienso y repetido por Quico, La Chilindrina y El Chavo con la voz alta que la travesura y el miedo infantil exigen, y porque vive en el departamento número 71, se llama Doña Clotilde, está enamorada de Don Ramón y corre a abrazarlo cada vez que puede como si saliera a pasear con su sombra con cualquier excusa y sin que se deshoje la enredadera de tul que arma su sombrero celeste (a veces rosa).  

La escena del amor no correspondido era un gag esperado por los espectadores fieles y se repetía en cada capítulo. Él siempre estaba en problemas y ella siempre estaba dispuesta a ayudarlo. Ella lo perseguía y él se quedaba quieto de espanto en el medio del patio, se escapaba o se escondía. “-¡Ah Don Ramón esto sí que es una sorpresa, que usted haya venido a tocarme! -No, lo que yo toqué fue la puerta. -Por eso.” (…) -Podemos ver televisión en el sillón de mi casa que es muy estrecho, pero cabemos muy bien si nos sentamos apretaditos”. Apegado al humor de la época, reírse de La Bruja del 71 era reírse de la solterona, de la fea y de la edad de las mujeres, por eso Doña Clotilde repetía que no era bruja ni señora, “soy se ño ri ta”, que no se había casado porque ella no había querido y no por falta de pretendientes y que tenía un poco más de cuarenta años, aunque a veces decía que tenía un poco menos de treinta.  

La Bruja del 71 usaba un vestido azul cerúleo, zapatos negros y un sombrero de fiesta achacoso que dejaba ver su pelo blanco recogido con un rodete que se acomodaba con las manos mientras movía los ojos, hacía muecas, suspiraba y llamaba “Rorro” a su esquivo príncipe azul. Antes del éxito televisivo Angelines y Ramón Valdés (Don Ramón) habían trabajado juntos en el cine; la primera vez fue en 1968 en Corona de Lágrimas, una película de Alejandro Galindo y también con Cantinflas en El Profe de 1971. Según cuentan, fue Valdés quien la llevó al programa de Bolaños.  

Una amistad y un amor (ella lo amaba y él no, según la “prensa del corazón”) guardan sus secretos en los Mausoleos de Ángel, el cementerio de la ciudad de México donde los dos están enterrados. Las voces que no callan, obstinadas en el ruido que no cesa, dicen que después de llorar horas junto a su ataúd ella pidió que su tumba estuviera cerca de la de él; rumores de vecindario que levantan un ventarrón de palabras. Las palabras se adaptan a los prejuicios y los prejuicios a la vocación del chisme. 

Angelines fue una joven revolucionaria  

Fuera del acertijo amoroso de las vidas ajenas que los años olvidan o alimentan según la avidez y la templanza, y antes de ser una actriz mexicana famosa, un dibujito animado, una muñeca de pañolenci oficial (y también una trucha) y la figurita de un álbum entre otros muchos trofeos del merchandising que la televisión gesta y recauda, Angelines fue a los catorce años una de las adolescentes que formaron parte de la resistencia republicana española que enfrentó a Franco en la Guerra Civil, una guerrillera armas en mano que junto a sus compañeras salió a luchar contra la dictadura del generalísimo.  

“Tercos fusiles agudos/por toda la noche suenan. /La Virgencura a los niños/ con salivilla de estrella. /Pero la Guardia Civil/ avanza sembrando hogueras, /donde joven y desnuda/ la imaginación se quema”, escribió Federico García Lorca poco antes de ser fusilado por el franquismo como solo él sabía escribir, sufrir y decir. La noticia y el descubrimiento de la vida combativa de La Bruja del 71 (noticia confirmada hace unos años por su hija Paloma) escribió una nueva biografía sobre la caricatura popular de la enamorada despreciada y acosadora de su vecino viudo y la mostró en blanco y negro con ropa de guerra. 

A partir deese momento hablar de Angelines no era hablar ni del personaje ni de la actriz que amaba sin ser amada en la vida real sino de la madrileña valiente y brava que llegó a México (también vivió un tiempo en Cuba) escapando de la persecución franquista por haber sido miembro de los Maquis, grupos de la resistencia republicana. La España posterior a 1939 con Franco en el poder le auguraba la muerte segura. El suelo azteca, un escenario. A mediados de la década del cuarenta y comienzos de la del cincuenta la antifranquista Angelines había abandonado para siempre Europa (se nacionalizó mexicana) y actuaba en telenovelas, en radioteatros y poco tiempo después en el cine junto a Cantinflas y Arturo de Córdoba. 

A Angelines le gustaba fumar rodeada del humo que bien sabe impostar el presente y las horas entregadas a las pesadillas de la comparecencia, y mirar televisión hasta quedarse dormida; alguna foto la muestra jovencísima con un cigarrillo entre los dedos. Murió el 25 de marzo de 1994 en México a causa de un cáncer pulmonar. Había nacido en 1924 (o en 1922, según algunos cronistas) en una Madrid con el corazón a punto de romperse y condenada al bracero fatal de la dictadura por venir. 

(Página 12) 

Célebre por su vestido azul cerúleo y un sombrero de fiesta achacoso que dejaba ver su pelo blanco recogido, Angelines trabajó también con Cantinflas y Arturo de Córdoba. México le dio cobijo y se nacionalizó mexicana. 

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