Igual que Cerebro, el coprotagonista del cómic Pinky y Cerebro, Estados Unidos se levanta cada día con el mismo objetivo en mente: dominar al mundo. Y para ello tiene algunas estrategias nuevas, pero la mayoría son tan viejas como el país mismo. 

Una de las más tradicionales jugadas de EEUU son las operaciones de bandera falsa, los pseudoacontecimientos disparadores, las escaramuzas de provocación. Se trata de acciones de ataque atribuidas a sus enemigos y, por lo general, autoinfligidas, para justificar y legitimar una reacción violenta o el inicio de una guerra. 

Algunos historiadores consideran que, incluso, la partida de nacimiento de esta gran nación fue una operación de este corte: el Motín del Té, ocurrido en el puerto de Boston, en 1773.

Los colonos blancos que estaban en contra de las normas establecidas para el comercio exterior por la Corona británica, arrojaron al mar los cargamentos de té de tres barcos ingleses, pero no lo hicieron a cara descubierta, sino disfrazados de indígenas mohawk, al parecer con la idea de hacer ver que los pobladores originarios norteamericanos habían perpetrado el ataque. Los británicos pretendieron endurecer las medidas y tomar represalias, pero a partir de esos hechos, comenzaron a perder el control de sus colonias, que tres años después declararon su Independencia. 

Luego, las artimañas generadoras, provocadoras o justificadoras de guerras han sido características de EEUU. Uno de los ejemplos más notorios fue la voladura del USS Maine, que desencadenó el conflicto armado con España, por la posesión de Cuba, en 1898. También el incidente en el golfo de Tonkin, en 1964, para conseguir el apoyo de la opinión pública a la guerra de Vietnam. 

Para muchos estudiosos, incluso el bombardeo de Pearl Harbor en 1941 (que dio motivo para la incursión estadounidense en la Segunda Guerra Mundial) y el derribo del World Trade Center en 2001 (punto de partida de la infame guerra contra el terrorismo) entran en esa categoría. 

Enumerar todas las malévolas tramas usadas por EEUU para invadir países, matar presidentes, provocar golpes de Estado y detonar supuestas “revoluciones” (objetivamente, contrarrevoluciones) haría interminable este artículo. Así que volvamos al presente y veamos cómo el gobierno del ancianito dormilón y despistado, pero muy belicista Joe Biden ha pasado los últimos meses tratando de detonar una guerra nada menos que de la OTAN contra Rusia, usando para ello la técnica del ataque inminente del enemigo, una modalidad con fuertes componentes diplomáticos y mediáticos, mediante la cual la operación de falsa bandera es innecesaria, ya que ocurre virtualmente, en el escenario de las fake news. 

EEUU y sus socios mayores y menores de la OTAN se propusieron montar un estado de histeria mundial basado en el vaticinio de una invasión rusa a Ucrania, que Moscú ha negado reiteradamente. Se vencieron los plazos de las profecías y nadie invadió a Ucrania, pero como la pandilla de Washington nunca pierde (o pierde y se ríe, como la casa en los casinos) ahora se está aplicando otra de las técnicas cerebrales para mantener dominado al mundo.

Se trata del viejo truco de gritar: ¿Viste? ¡Les hablé golpeado y se chorrearon! 

Ciertamente, para hacer ver que sigue siendo la potencia hegemónica planetaria, EEUU anuncia que alguno de sus rivales va a cometer determinada barbaridad; lo repite hasta el cansancio a través de su poderosa maquinaria mediática y diplomática; y luego, cuando el país rival no comete la barbaridad, los astutos gringos se atribuyen el mérito de haberlo disuadido con sus amenazas de cowboy en una cantina del Lejano Oeste, con su Colt 45 al cinto. 

Es un poco infantil -con el perdón de los niños precoces en madurez- pero son estrategias efectivas para una superpotencia en decadencia. 

Una variante de esta estratagema es ordenar a los otros países que hagan cosas que siempre hacen, que sí están planificadas o previstas en sus leyes. Así, cuando las hagan, Washington puede decir: “¿Se dieron cuenta? ¡Hacen lo que les ordenamos porque nosotros somos los amos del Universo! 

Esto se aprecia en un caso que tiene a Venezuela como protagonista, en una dimensión geopolítica obviamente más pequeña que el asunto ruso. 

Resulta que EEUU ahora dice que las elecciones presidenciales (libres, creíbles, justas y blablabla…) deben realizarse “a más tardar en 2024” … Y, claro, cuando las elecciones presidenciales se hagan en 2024, como lo manda la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, por allá dirán (y sus socios y lacayos lo repetirán y aplaudirán) que esas elecciones se lograron gracias a la presión estadounidense. Genial. 

Para parecer democrática, la política exterior estadounidense juega públicamente de una manera y secretamente de otra. En este mismo caso de Venezuela, ha hecho hasta lo imposible por torpedear el diálogo entre el Gobierno y las oposiciones, pero en sus declaraciones públicas finge que está a favor de reanudarlo. 

 Otra estrategia imperial de toda la vida es utilizar su propia mala imagen para hundir a los adversarios, algo que puede resumirse en la idea de que “si no puedes desprestigiar a alguien diciendo que es tu peor enemigo, di que es tu mejor amigo”. Esta práctica, propia de las mafias, se la aplican a países, a uniones de países, a gobiernos, a presidentes, a dictadores y a cualquier otro ser o ente de este mundo. 

Una variante de este modelo es la que han optado por usar ahora contra el representante diplomático venezolano Alex Saab. Como no han logrado doblegarlo para que ofrezca testimonios a la medida de sus planes para dominar al mundo (en este caso, a la República Bolivariana de Venezuela), han decidido decir que era informante de la DEA para “rayarlo” ante quienes lo respaldan. En otras palabras, dicen que es un tipo tan delincuente que hasta era soplón nuestro. 

Imitadores baratos 

Por más estúpidas y deshonestas que sean las estrategias del Cerebro gringo, siempre tendrá a sus Pinky preguntándole “¿qué vamos a hacer hoy?”. 

Varios de ellos se empeñan en imitar al arrogante líder. Así vimos a los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, España, Alemania y Reino Unido profiriendo amenazas contra Rusia, y al presidente Vladimir Putin, al ministro Serguéi Lavrov y a la vocera María Zajárova vacilándoselos con el hasta ahora poco conocido estilo del troleo ruso.  

Y de este lado del océano tuvimos una mezcla de estupor con ganas de reír a carcajadas al ver a un Pinky latinoamericano (más bien un Porky) cerrando filas militares con Biden para defender a Ucrania de Rusia. Los redactores de memes aseguraron que fue el ultimátum del subpresidente colombiano el que detuvo la invasión rusa y aplazó la Tercera Guerra Mundial.

Para eso ha quedado el ratoncito de Uribe. 

También se supo últimamente que el gobierno del empresario Mauricio Macri tuvo planes de embarcar a Argentina en una acción armada en territorio venezolano, para la cual seguramente tenían prevista alguna operación de bandera falsa, alguna provocación, algún pseudoacontecimiento, pues no hay que olvidar que todo era un encargo para Washington. En este caso se hubiese dado un insólito giro zoológico, y es que “el Gato” Macri (llamado así porque en jerga argentina,“gato” es sinónimo de ladrón) habría obedecido las instrucciones del ratón Cerebro, en su afán de dominar al mundo. 

Reflexión mediática 

Los “medios-perros” de la guerra. Según un estudio de la organización de periodismo independiente estadounidense MintPress News, los grandes medios de EE.UU., están orquestados con el gobierno de Joe Biden y con el sector empresarial bélico para forzar una guerra en Ucrania, pues la mayoría de los órganos de prensa son propiedad total o parcial del complejo industrial- militar, es decir, que defienden los intereses corporativos de la industria armamentista. 

En este lote se encuentran incluso aquellos medios que siguen vendiéndose al mundo como “reputados” practicantes de un periodismo equilibrado y riguroso, entre los que se cuentan The Washingtos Post y The New York Times. 

Según un reportaje hecho por Helena Villar para la cadena rusa RT, la investigación de MintPress News encontró que del 7 al 28 de enero, 9 de cada 10 artículos de opinión publicados por los dos diarios sostuvieron posiciones a favor del envío de tropas y armamento a Ucrania para enfrentar la inminente invasión rusa.   

Al revisar los propietarios actuales del muy respetado The New York Times, se encuentra un poderoso fondo de inversiones vinculado a Northrop Grumman, una firma armamentista, que en lo que va de 2021 ha visto subir como la espuma su cotización en bolsa. Es, según información de Wikipedia, el cuarto mayor contratista militar de EE.UU., principal constructor de buques de guerra y cuyo producto estrella es el bombardero furtivo B-2 Spirit, famoso por su forma de ala delta, indetectable por muchos radares. 

En cuanto a The Washington Post, es propiedad de Jeff Bezos, el dueño de Amazon, quien tiene contratos por 10 mil millones de dólares con el Departamento de Defensa de EEUU. 

Sobre Bloomberg, la agencia de noticias financieras que “se adelantó” al inicio de la invasión rusa (y luego pidió perdón por el “error”), la investigación destaca que su dueño, Michael Bloomberg fue nombrado hace poco jefe de la Junta de Innovación de Defensa, consejera directa del Pentágono. 

La nota de Villar presenta otro dato (“una perla”, habría dicho José Vicente Rangel): la mayoría de los periodistas que cubren los temas de relaciones exteriores e industria bélica en EEUU pertenecen al Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, un tanque de pensamiento financiado por el Departamento de Estado, el Pentágono y empresas como la ya mencionada Northrop Grumman y por Raytheon Technologies, otra que está viviendo un gran momento debido a la “invasión” a Ucrania. Esta firma es la tercera mayor contratista militar de EEUU y se especializa en misiles guiados y drones. 

Con este tipo de propietarios, ¿cabe esperar que los medios estadounidenses estén a favor de la paz?, valga la pregunta retórica dominguera. 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

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