Quienes dicen que los cambios en los símbolos de la ciudad capital son ideológicos y, por tanto, solo representativos de una minoría, creen -o quieren hacer ver que creen- que los anteriores símbolos no eran ideológicos. 
 
¿Es eso cierto? Es bueno hacerse esta pregunta para no andar por ahí repitiendo consignas o denuestos. 
 
En rigor hay muy pocos símbolos neutrales, si es que existe alguno, precisamente porque el concepto de símbolo es la expresión sensible de una idea. Y si esto vale como norma general, en áreas como la heráldica (el oficio de componer escudos), menos aún puede pretenderse algún tipo de asepsia o neutralidad.  
 
Quienes dicen que el escudo de Caracas que fue sustituido era no-ideológico o bien ignoran inocentemente el tema, o bien pretenden desvirtuar el sentido del debate que está planteado. 
 
El escudo tradicional caraqueño era tan rematadamente colonialista que lo que resulta en verdad insólito es que hayan pasado casi 212 años (desde el 5 de julio de 1811) y, más contemporáneamente, que hayan transcurrido 23 años (desde la aprobación de la Constitución Nacional Bolivariana) sin que el sello oficial de la urbe hubiese sido revisado. 

Esto es necesario puntualizarlo: no es que el escudo fuera adeco o copeyano, es decir, representativo de una etapa política reciente del país. Nada de eso. Es que ni siquiera llegaba a ser cuartorrepublicano: era antirrepublicano.  

Un vistazo al referido escudo, incluso con pocos conocimientos de historia y de heráldica, sirve para concluir que es un símbolo inequívocamente ideológico, en la medida en que ofrendaba al poder del imperio español y, por extensión, a la monarquía colonialista como sistema de gobierno y de opresión.  

Su uso en la Caracas anterior a 1810 era por completo coherente, pues esta era una ciudad (muy poco importante, en realidad, comparativamente hablando) de una de las capitanías generales de España en América. Lo que resulta incoherente e inexplicable es que haya seguido vigente después «del ejemplo que Caracas dio». 
 
Un somero análisis

El escudo, para empezar, lleva una corona. Luego, es un emblema monárquico. Y eso está bien para los países que tienen ese sistema de gobierno, entre ellos España, desde luego, pero no para una nación como la nuestra que debió librar más de diez años de guerra –con altísimos cosos humanos y materiales- para echar de su territorio a ese reino impuesto acá por la fuerza.  
 
Además de ese componente real, el escudo tiene como figura central un león rampante que es, ni más ni menos, que el principal signo heráldico de varios de los reinos que terminaron por conformar a España. Para remate, ese es el mismo león (con una diferencia cromática) que aparece en el actual escudo nacional español. 
 
Ese león porta, a su vez, una especie de escudo en forma de concha marina que tiene en su centro una figura conocida como la Cruz de Santiago. Se refiere a Santiago apóstol o Santiago el Mayor, el santo patrono… de España. 
 
Este rasgo es digno de un estudio aparte pues la Cruz se Santiago es a la vez cruz y espada, de modo que puede entenderse como un muy bien logrado logotipo de la Conquista, que -como se sabe- se llevó a cabo de manera simultánea, mediante la violencia física contra los pueblos originarios y a través de la imposición de la fe católica por sobre las religiones autóctonas. 
 
Esa misma es la orientación de la leyenda que contiene el lema, uno de los espacios escritos del escudo, en una cinta que lo abraza: «Ave María Santísima, sin pecado concebida, en el primer instante de su ser natural». Es, de nuevo, la religión usada como parte del arsenal de la invasión española.   
 
El segundo plano del escudo es un homenaje a las armas que los conquistadores españoles usaron para apoderarse de este enclave humano, donde ya habitaban los indígenas: lanzas, hachas medievales y cañones. La superioridad técnica de esas armas fue un factor fundamental para que el reino español pudiera dominar a la población indígena por tres siglos y para que implantara en América el oprobio de la esclavitud. 
 
Entonces, hay que preguntarse si la corona, el león español, la Cruz de Santiago, el dogma católico de la inmaculada concepción y las armas de la Conquista llevaban o no un mensaje ideológico. ¿Eran neutros o inocuos esos elementos, articulados además en un todo que, como bien han demostrado los teóricos de la Gestalt, es más que la suma de las partes? 
 
El valor de lo simbólico 
En realidad, ese conjunto de significantes que rigió silenciosamente por más de dos siglos de la Venezuela independiente, llevaba en sí uno de los peores virus que sufren los países que debieron librar cruentos procesos de liberación: se trata del pensamiento colonialista y neocolonialista. 

Desde que se difundieron los nuevos símbolos, esta visión del mundo se ha puesto de manifiesto con gran energía. Académicos, opinadores e influencers conservadores han salido a defender todos esos elementos monárquicos, colonialistas y religiosos como si, en realidad, fueran la esencia del ser caraqueño. 
 
Otros sectores, desde una postura menos retrógrada, sostienen la tesis de que acciones como la de cambiar el escudo de Caracas son una pérdida de tiempo y de esfuerzo porque hay tareas más importantes pendientes.  
 
Yo opino, muy por el contrario, que en ese desdén por lo simbólico radica, en buena medida, la perpetuación de nuestro coloniaje.  

Los países imperiales tienen muy claro que el dominio simbólico es tan o más importante, que el económico o político. Invierten en mecanismos de control simbólico casi tanto como en armamento y equipos bélicos. Tienen una maquinaria cultural poderosísima que impone sus íconos en todo el planeta. Los superhéroes del cine estadounidense son más conocidos y estimados que las figuras históricas verdaderas de los países avasallados.  

Pero, a pesar de eso, hay gente (incluso, de izquierda) que opina que crear un nuevo escudo, es algo banal.  

Por creer eso, en Caracas pasamos más de 200 años -incluyendo 23 de Revolución- rindiéndole honores a nuestros opresores. Dos siglos, en este plano simbólico, sin dar el ejemplo que la capital venezolana siempre ha dado en la práctica. 

Reflexiones mediáticas 
La hipocresía traspasa todo límite. El imperio decadente que intenta preservar su hegemonía denuncia a Rusia por delitos de guerra, impone la censura a cualquier medio o persona que disienta de esa visión del conflicto en Ucrania y, al mismo tiempo, sigue avanzando en su propósito de encerrar y silenciar para siempre a Julián Assange. 

Este hombre mostró al público mundial los crímenes cometidos por las fuerzas armadas, los contratistas (mercenarios) y, sobre todo, por los políticos de EE.UU. y sus aliados en diversos lugares, como Afganistán, Irak, Libia, Siria y en cárceles oprobiosas como Abu Ghraib y Guantánamo.  

Los medios de comunicación del “mundo libre” callan y otorgan o aprueban abiertamente que se perpetre este funesto atentado contra la libertad de expresión, a pesar de que algunos de ellos pagaron en su momento por difundir la información obtenida por WikiLeaks. 

Las ONG y el derecho a odiar. Varias de las organizaciones mal llamadas no gubernamentales (son pagadas por gobiernos de otros países, es decir, que son más gubernamentales que cualquier organismo público) dedicadas al tema de derechos humanos y libertad de expresión en Venezuela incluyen en su repertorio de casos la defensa de conductas que son severamente castigadas en esos países que pagan sus nóminas. 

Los vemos cada cierto tiempo, presentando como manifestantes pacíficos y luchadores por la libertad a cabecillas del guarimbeo y hasta a jefes malandros que han aterrorizado ciudades enteras. Mientras tanto, en EE.UU. y sus países satélites y lacayos, las cárceles están atestadas de gente que salió a protestar y las metieron tras las rejas, no sin antes molerlos a palos.  

Lo mismo hacen estos activistas políticos disfrazados con las más irresponsables manifestaciones del “libertinaje” comunicacional, como proponer o legitimar el asesinato de líderes, incluyendo el presidente de la República. Por conductas similares, en EE.UU. han metido presos incluso a niños de diez años. 

En los últimos días, algunas de esas ONG se han superado a sí mismas al reciclar intensamente un video en el que una ciudadana hace burla de la desaparición física del comandante Hugo Chávez y desea la muerte del presidente Maduro y de otros líderes políticos. Digo que se han superado a sí mismo porque lo han hecho después de que la protagonista del video (tras ser detenida por instrucciones del Ministerio Público) reconoció que había incurrido en un exceso y se disculpó.  

Las ONG referidas salieron a defender el derecho de cualquier persona a emitir ese tipo de mensajes y, con esa excusa, siguieron difundiendo el video a través de sus cuentas en redes. Un pequeño truco para hacer viral el odio. 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

 

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