¿Cómo se llama a un grupo de sujetos que se reúnen para discutir acerca de la mejor forma de matar a alguien?  
 
Cualquiera sentirá el impulso de responder: asesinos, mafiosos, gángsters, pranes, fanáticos, psicópatas, terroristas. Con un poco más de cautela, algunos requerirán información acerca del candidato a ser dado de baja, pues si es un mal sujeto, los conjurados pueden pasar a ser superhéroes, libertadores, valientes. 
 
Ahora, agreguemos otros elementos. Ya es espeluznante que un grupo se reúna con la finalidad de planificar el asesinato de cualquier persona: el rival amoroso de uno de los participantes; un abuelo que va a dejar una herencia; el enemigo de un cliente dispuesto a pagar por los servicios criminales… en fin. Pero supongamos que el individuo cuyo asesinato se proyecta es un jefe de Estado y líder de un partido político. Es de suponer, entonces, que los confabulados han de estar conscientes de que su homicidio no será único, sino que requerirá -antes y después- de otros asesinatos, tal vez muchos. Es más, posiblemente genere una matazón, como se dice en criollo. 
 
Entonces, volvemos a preguntar, ¿cómo se llaman los personajes reunidos para decidir cuál es la mejor forma de matar a alguien a sabiendas de que eso puede significar una degollina, una guerra civil, un genocidio? 

Es una de esas situaciones en las que las palabras demuestran ser insuficientes.  
 
Dejo la pregunta en el aire para comentarles que acaba de publicarse un libro (El juramento sagrado) en el que uno de los sujetos que estuvo presente en varias de esas reuniones sapeó a los otros con tal lujo de detalles que podría filmarse una película del estilo de Francis Ford Coppola o Quentin Tarantino. 
 
El autor del libro, el exsecretario de Defensa de Estados Unidos, Mark Esper, divulgó los intríngulis de los encuentros entre el expresidente Donald Trump y varias figuras de la ultraderecha venezolana en los que el tema fue cómo matar a Maduro. 
 
¡Y qué intríngulis tan reveladores! Los datos aportados por Esper son una gran pintura mural de las dos clases políticas que allí se conchabaron: el republicanismo cavernícola de Trump y su banda; y la abominable mediocridad y amoralidad de ese artefacto frankensteinesco que fue llamado gobierno interino. 
 
No gastemos mucho tiempo en comentar lo de la parte gringa. Después de todo, Trump barajando la posibilidad de invadir Venezuela y matar a su presidente no es otra cosa que Estados Unidos siendo Estados Unidos.  

Los hechos previos y ya también los posteriores al magnate anaranjado demuestran que esas actitudes de sicario global las asume cualquiera que llegue a la oficina Oval, sea un tarado cono Bush hijo, un negro blanqueado como Obama o un adulto mayor que saluda a dignatarios invisibles, como el actual capo de todos los capos (nominalmente, al menos), Joe Biden. 
 
Enfoquémonos, entonces en lo que Esper vio de los dirigentes «venezolanos» (bueno, tristemente, son connacionales, tienen derecho al gentilicio) y reflexionemos un poco acerca de qué tienen estas personas en la cabeza y en el alma. 
 
En aras de resumir podríamos decir que, entre otros ingredientes, se siente el sabor de la banalización del crimen, la ambigüedad, la cobardía, la asociación con los peores especímenes, la sobreestimación de sus propias fuerzas y la subestimación de las del adversario, el antipatriotismo, la sumisión al poder imperial y el desprecio consecuente que les profesa dicho poder.  

Veamos algunos de estos componentes con algo más de detenimiento. 

Banalización del crimen 

El embajador de Venezuela ante la Organización de las Naciones Unidas, Samuel Moncada, tradujo y envió por su Twitter algunos fragmentos del libro, que es presentado como unas memorias, pero que en rigor es una confesión individual y un “pajazo” colectivo. 

“Hubo dos reuniones –relata Esper-, en la primera Trump preguntó directamente a Guaidó: ‘¿Qué opinas si los militares de EEUU se deshacen de Maduro?’, y Guaidó respondió: ‘Por supuesto nosotros siempre daremos la bienvenida a la ayuda de EEUU’”. 

Este primer diálogo nos remite a esas escenas de película gringa en las que uno de los macabros personajes pregunta: “¿Quieres que me encargue de él?”, y el otro le responde: “Sí, pero haz que parezca un accidente”. El exsecretario Esper, en la continuación de sus revelaciones, admite que se sintió un poco confundido con los dichos de Guaidó. Según Moncada, Esper creyó entender que Guaidó pedía ayuda para una invasión con mercenarios desde Colombia, pero entendió mal [No se preocupe, míster Esper, aquí hay gente tratando de entenderlo bien desde 2019, sin lograrlo]. 

Ambigüedad, guabineo

El punto es que el hombre que tenía el reconocimiento del imperio como presidente encargado, le dio a entender a su jefe Trump que “los venezolanos que estaban en Colombia querían recuperar el país ellos mismos”. Esta expresión entusiasmó a Esper porque lo hizo pensar que Guaidó prefería una invasión llevada a cabo por esos venezolanos, lo que implicaría que EE.UU. solo se involucraría con mercenarios, entrenamiento y armas (algo como lo que ha estado haciendo ahora en Ucrania, pues).  

Esper cuenta que se dirigió a Guaidó, llamándolo “señor presidente” (¡eesooo!, acotación mía) y le preguntó si “estaría su pueblo, en verdad, dispuesto a organizase, entrenar y luchar”. La respuesta, tal como la entendió Esper, fue ambigua. Fue algo así como “sí, pero no, lo más probable es que quién sabe” [Le repito, señor Esper, él es así, no se angustie].  

Luchar con heroísmo alquilado

Sigue la traducción de Moncada: En la segunda reunión Esper vio que Robert O’Brien (consejero de Seguridad Nacional, quien estaba loquito por invadir) siguió evaluando acciones militares directas de EE.UU. y que Guaidó, Borges y Vecchio aceptaban las ideas. Alarmado, volvió a presionar a Guaidó con la idea de la invasión desde Colombia. 

Aquí es importante hacer una acotación sobre la postura de Esper. Debe quedar claro que si se opuso a la invasión-magnicidio no fue por razones morales. No es que le pareciera reprobable que Venezuela fuese invadida y Maduro asesinado, sino que no quería involucrar a las tropas estadounidenses. De hecho, se permitió una ironía al respecto. Le dijo a Trump que su impresión era que Guaidó y su combo estaban dispuestos “a luchar hasta el último americano (estadounidense) si se los ofrecemos”. 

Lo que detectó Esper es una de las características más resaltantes de la contrarrevolución venezolana, y en especial del ala pirómana que tuvo el timón opositor durante los años de Trump: no quieren en verdad luchar por una victoria sobre el chavismo (ni electoral ni de facto), sino que pretenden que fuerzas externas les hagan el trabajo sucio y así ellos puedan llegar a Miraflores a bordo de un tanque M1 del cuerpo de Marines.  

Ellos saben (algunos parecen tontos, pero están lejos de serlo) que eso no es gratis, que tendrán que pagar muy caro, pero están dispuestos a dar medio país como pago por este heroísmo de alquiler. La clase social a la que ellos encarnan está acostumbrada a comprar todo hecho, de paquete. 

Cobardía

Esper, según sus memorias-confesiones, insistió en preguntar si los tales venezolanos dispuestos a todo podían ser entrenados y armados por EE.UU. para que ellos mismos se encargaran de tomar el poder. Al ser emplazados a responder, los tres mariscales (Guaidó, Borges y Vecchio) culipandearon (¿cómo se traducirá este verbo al inglés?). Dice Esper: “Nunca hubo una respuesta clara: ‘ellos me dijeron que era muy complicado y tardaría mucho tiempo’”. 

No extraña esta actitud porque es la naturaleza de la dirigencia opositora no asumir los riesgos a las horas cruciales ni tampoco la responsabilidad de los muchos eventos que han planificado y ejecutado, casi siempre a través de terceros. Son estructuralmente cobardes. 

Moncada prosiguió su versión del libro: “Esper ahora sí entendió lo que Guaidó, Borges y Vecchio estaban diciendo: ‘sería más fácil y rápido sí los EEUU lo hicieran por nosotros’. Estaban pidiendo la invasión militar de EEUU a Venezuela”. 

El exsecretario insistió en sus preguntas y nunca obtuvo una respuesta que le diera confianza. “El fallido levantamiento de abril anterior seguía viniendo a mi mente”, expresó. 

Cosas de gusanos

Subrayemos lo que estaba pasando para no perder la perspectiva: había reuniones en la Casa Blanca en las que se discutía cuál era la mejor forma de matar al presidente de Venezuela. Nadie estaba en desacuerdo con esa idea central. Solo había discrepancias en la forma más conveniente de hacerlo. Que quede claro. 

Sigamos con Esper, quien notó cómo el trío de “venezolanos” (perdón de nuevo, pero legalmente lo son) empezó a inclinarse hacia la opción de la invasión quirúrgica. Ya no sería una operación a gran escala (tipo Irak, Afganistán, Libia, etcétera) sino en pequeña escala, dirigida a asesinar o secuestrar al jefe de Estado.  

Entonces, uno de los tres (todo apunta a que no fue Guaidó porque Esper entendió la frase de un solo intento), dijo que “tenemos algunos planes que ustedes saben que estamos trabajando, solo que no están listos todavía”. Escribe Esper que hubo una referencia al estado de Florida y un intercambio de miradas y risitas con Mauricio Claver-Carone, entonces director del Consejo de Seguridad Nacional, destacado lobista del exilio cubano. Era la Operación Gedeón que ya estaba en marcha, como se dijo allí, con conocimiento de funcionarios del gobierno de EE.UU., aunque Esper no estuviera en la movida. 

[Claver-Carone, enemigo jurado de Venezuela, uno de los conjurados de ese y todos los planes de invasión y magnicidio es, desde ese mismo 2020, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, cargo desde el que sigue conspirando con los mismos fines. Pero ese es otro tema]  

Moncada acota que, al parecer, Esper no era el único caído de la mata. Según su relato, unos días después le preguntó a la directora de la CIA, Gina Haspel (apodada “la Sanguinaria”, otra acotación mía para recalcar que en esos altos círculos gringos lo que hay es puras joyitas) quien respondió que no sabía, pero iba a averiguar de qué se trataba. Entonces surgía la pregunta: si no era la Secretaría de Defensa ni tampoco la CIA la que manejaba la operación especial, ¿quién era? Todos los dedos parecen apuntar hacia la llamada gusanera de Miami. 

Con esa interrogante de estilo House of cards, Esper da a entender que él no tuvo nada que ver con la Operación Gedeón, que se ejecutó unos tres meses después de la reunión relatada. ¿Será cierto o se le habrá contagiado el “yonofuísmo” de la oposición venezolana? ¿Daría la misma versión si la operación no hubiese sido un fracaso tan chapucero?  

El desprecio al cachorro débil

La narración de Esper muestra también el áspero desprecio que sentía Trump por Guaidó, pese a que el interinato había sido un invento de su propio gobierno. Moncada comentó que “es por eso que Trump siempre pensó que Guaidó era débil, incapaz de sustituir al presidente Maduro, a quien veía como fuerte. Trump despreció a Guaidó porque fue a rogar que soldados de EEUU invadieran su país mientras Maduro luchaba contra la invasión”. 

Ya en otro libro de confidencias palaciegas, John “Doctor Chapatín” Bolton, exasesor de Trump en materia de Seguridad Nacional, había revelado la pobre impresión que Guaidó causó en Trump, quien lo comparó con Beto O’Rourke, un demócrata texano con cierta fama de gafo. 

Según Esper, la decepción de Trump lo condujo a bajar la intensidad de sus planes de derrocar a Maduro, a quien al parecer terminó admirando (¡huy!). 

Todo se confirmó

Al leer los fragmentos seleccionados y traducidos por Moncada uno entiende aquello de que “todas las opciones están sobre la mesa” era verdad. Y todas se dirigían a lo mismo: una salida violenta, sangrienta, criminal, antipatriótica y antipopular. 

Confirman sus palabras, por ejemplo, que EE.UU. cooperó en acciones de sabotaje cibernético, entre las que destacaron los apagones de 2019. Hay que recordar que la oposición partidista y mediática siempre se esforzó por desmentir y ridiculizar las denuncias formuladas al respecto por el Gobierno venezolano. Todo fue verdad. 

Los soplos de Esper también confirman que algunos altísimos funcionarios de EE.UU. mantuvieron los planes de intervención militar, incluso después de los fiascos de la ayuda humanitaria (febrero 2019), el golpe de los plátanos verdes (abril 2019) y la Operación Gedeón (mayo 2020). De hecho, reseña ampliamente el plan de bombardear el complejo refinador de Jose, sobre el que se habló en junio de 2020. La maquinaria mediática siempre dijo que esas operaciones militares directas eran inventos del gobierno. Pero todo era verdad. 
 
Y, para cerrar, la impunidad

Para concluir este paseo por las reuniones de planificación de invasiones, golpes y magnicidios, ¿qué les parece si hacemos estimaciones de lo que podría ocurrirles a dirigentes estadounidenses a los que se les denunciara como participantes en una conspiración con un gobierno extranjero para matar al presidente o para gestionar la invasión de su territorio? 

[No me refiero a los magnicidios planificados por las mismas élites estadounidenses, eso es otra cosa]. 

Castigos como pena de muerte o prisión perpetua salen a relucir de inmediato. Así lo ha hecho siempre EE.UU. y después del 11S, lo hace con mayores facilidades, gracias a la Ley Patriota y sus secuelas. 

Aplíquese la misma interrogante a cualquier otro país: Colombia, España, Francia, Rusia, China. Creo que se llegará a la conclusión de que Venezuela es uno de los pocos países donde usted puede haber participado en ese tipo de conjuras y no haber sido detenido nunca, ni siquiera para preguntarle por qué lo hizo. 

Bueno, ¿será que así somos? 

(Clodovaldo Hernández /LaIguana.TV) 

Comentarios Facebook