No sé si lo dice algún experto chino o tal vez el tal Gene Sharp, el oráculo de los golpes suaves, pero parece evidente que “cuando generas una situación insoportable para provocar un cambio, tienes que lograr ese cambio dentro de un cierto margen de tiempo. De lo contrario, hasta una leve mejoría operará en tu contra”. 
 
Bueno, lo digo porque nuestra oposición (es nuestra, nadie nos la puede quitar) ha sido eficiente generando situaciones límite, pero extremadamente torpe rematando, dando el puntillazo. ¿O será que los capitostes no han querido porque su negocio es mantener al país en vilo? 

Nos acercamos al cuarto de siglo desde que el statu quo anterior fue removido por una avalancha de votos y prácticamente no ha habido un día en el que los (muchos) jefes opositores se hayan quedado sin hacer algo para causar disgusto, aflicción, mal humor y, sobre todo, dolor, sufrimiento y miedo en la población, con la esperanza de que ello los devuelva al poder. 
 
En la era Chávez

La estrategia de infligir el máximo daño, el mayor malestar, el más intenso de los descontentos ha sido recurrente desde los primeros años de Revolución. Veamos. 

Si nos remontamos a 2002, vemos que lograron varios momentos de máxima tensión, empezando por los días 11 y 12 de abril, un episodio que sí terminó (dicho en sentido casi sexual) pero que se revirtió en cuestión de dos días.  

Luego alegraron el clima mediático con el circo de la plaza Altamira, un capítulo que languideció sin gloria. Después llevaron otra vez todo al extremo con el paro-sabotaje petrolero y patronal, que debía dar al traste con el Gobierno en cuestión de dos semanas, según los cálculos optimistas de los conjurados, pero que pasó de los dos meses y se cerró con una fea derrota opositora. 

En esos días se apreció muy claramente el uso del sadismo como método para provocar una reacción popular. Calcularon que si el país quedaba sin Navidad (es decir, sin fiestas, hallacas, pan de jamón, regalos y reuniones familiares), reaccionaría echando a patadas al presidente de Miraflores y poniendo a uno de ellos en su lugar. Pero resulta que la mayoría se las arregló para pasar por alto las contrariedades creadas artificialmente (incluyendo, por primera vez en la historia, escasez de gasolina) y resistió el embate. 

En 2003, la oposición, todavía lamiéndose las heridas, pretendió aprovechar las deplorables condiciones en que se encontraba el país luego de la paralización de su industria bandera y de un annus horribilis, para obtener una victoria en el referendo revocatorio. Pero el gobierno fue más astuto y logró un compás de tiempo un poco más amplio, en el que la calidad de vida mejoró ligeramente, gracias a las misiones sociales. Ya para mediados de 2004, cuando se realizó la consulta, lo peor había pasado y el antichavismo se quedó con las ganas de rematar la faena. 

En la era post Chávez

Son varios los otros intentos realizados durante el tiempo en que gobernó Chávez, pero fue después de su fallecimiento cuando la oposición se lanzó con más intensidad a la tarea de hacer padecer toda clase de calamidades a la población hasta que se harte y tumbe al gobierno. 

Saltemos entonces hasta 2013 para comentar otro momento en el que se pretendió “acabar”, aprovechando la acumulación del descontento popular, que en ese caso era más bien depresión y extravío, tras el fallecimiento del comandante.  

El recandidato Henrique Capriles Radonski perdió por un margen comparativamente estrecho ante Nicolás Maduro (si se le mira con respecto al del año anterior frente a Chávez) y pretendió que era el momento de patear la mesa. Convocó al drenaje de la calentera (o algo así) y falló en el intento. Durante el resto del año, las fuerzas opositoras, con el empresariado local como gran ariete, golpearon al pueblo sin misericordia.  

El plan era elevar la rabia generalizada hasta niveles máximos de modo que las elecciones municipales de diciembre de ese año fuesen una especie de plebiscito contra Maduro. No pasó así. Hubo otro descalabro opositor en esos comicios y el plebiscito se revirtió contra Capriles, quien en 2014 fue desplazado del timón del bando antichavista. Aún hoy trata de volver al puente de mando. 

Los radicales (pirómanos es mejor vocablo para describirlos) asumieron la conducción de la nave y lo hicieron mediante acciones violentas de calle. Fueron los actos terroristas conocidos como guarimbas o, en este caso, “la Salida”.  

Nuevamente, la estrategia era crear un ambiente de máxima crispación, provocar acciones represivas que permitieran señalar al gobierno internacionalmente y conseguir respaldos en los cuerpos de seguridad y en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.  

Luego de alcanzar cotas inéditas de alteración del orden público, como el asesinato de motorizados con guayas y varios homicidios de agentes policiales y militares y de ciudadanos no vinculados a la protesta, las guarimbas se apagaron, pero continuó la cada vez más intensa guerra económica, lo que hizo atravesar a Venezuela por incontables adversidades, pestes y plagas el resto de 2014 y todo el 2015. 

Este es un hito importante, pues puede interpretarse que la victoria opositora en las elecciones legislativas de diciembre de 2015 fue la primera vez en la que dio resultados la maniobra de causar el mayor disgusto posible.  

El argumento del terrible deterioro en la calidad de vida fue incluso la pieza central de la campaña electoral de la Mesa de la Unidad Democrática, que en esa oportunidad fue extrañamente nucleada. La promesa básica fue que la cola para votar sería la última que la población tendría que hacer, pues al ganar la oposición, se forzaría un cambio de gobierno y se resolverían esos graves problemas de abastecimiento y alto costo de la vida que la misma oposición había creado o catalizado. 

En este caso, el problema vino después, porque la victoria embriagó a sus protagonistas, quienes en lugar de dedicarse a seguir construyendo una mayoría consistente, con miras a otras elecciones, intentaron convertir el triunfo parlamentario en un derrocamiento. 

A partir de 2015, la guerra económica dejó de ser encabezada por los factores patronales internos y empezó a tener un protagonismo creciente de Estados Unidos. Luego de que el demócrata Barack Obama declarase al país como “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de EE.UU.”, se abrió la puerta para una fase aún más cruenta de este tipo de guerra. Comenzaron los disparos con el arsenal de las corporaciones multinacionales, que seguirían luego con las medidas coercitivas unilaterales, el bloqueo y el robo de activos venezolanos en el exterior, a cargo del republicano Donald Trump. 

En 2017, no satisfechos con el desgraciado ambiente económico, los dirigentes opositores resolvieron reeditar las guarimbas y ampliarlas en su nivel de violencia, depravación y desenfreno. Fue el tiempo de los linchamientos con fuego, de los chavistas o supuestos chavistas atados desnudos a postes -al estilo ucraniano- de los escraches a funcionarios públicos, sus familiares o personas parecidas físicamente (a ese nivel llegaron) y también fue la época de las puputovs y de los morteros de fabricación artesanal puestos –de forma criminal- en manos de menores de edad, algunos de ellos previamente drogados.  

Cuando parecía que ese compendio de locuras había conseguido desestabilizar por completo al país y ponerlo al borde de la guerra civil, surgió la jugada salvadora de la Asamblea Nacional Constituyente, que hizo el milagro de cortar de raíz la violencia callejera a partir de su juramentación. 

Desde entonces, la ofuscada y frustrada dirigencia opositora ha intentado muchas veces relanzar las protestas, calentar la calle, como gustan decir algunos, pero la experiencia de 2017 fue tan traumática e inútil que esos intentos no han germinado ni siquiera en “momentos estelares”, como el 30 de abril de 2019, el famoso día del Golpe de los Plátanos Verdes. 

El imperio lo dice sin anestesia

Los voceros imperiales, auténticos jefes de la oposición, han sido muy claros al definir la estrategia del máximo dolor. Tal vez el más sincero de todos ha sido el exembajador de EE.UU. en Caracas, un sujeto despreciable llamado William Brownfield, quien reveló que el plan era destruir la capacidad de PDVSA para producir ingresos, lo que significaría una intensificación del sufrimiento de la gente y, a su vez, esta sería la causa del derrocamiento del gobierno considerado indeseable para las élites estadounidenses. 
 
Ese plan fue llevado a cabo al pie de la letra, aprovechando (necesario es acotarlo siempre) los errores, las traiciones y la corrupción de funcionarios supuestamente revolucionarios. 
 
Las miserias vividas en los últimos años son tantas, que a veces uno las recuerda como si hubiesen ocurrido hace mucho más tiempo: falta de efectivo circulante, colas para comprar pan o papel higiénico, anaqueles vacíos, apagones nacionales de varios días, escasez de gasolina, hiperinflación, migración desesperada de miles de personas, bloqueo del ingreso de vacunas en plena pandemia.  
 
En algunos momentos, el cuadro llegó a ser sencillamente insoportable. Pero -y aquí volvemos a la tesis de la falta de aprovechamiento de la oportunidad- la dirigencia opositora no supo, no pudo o no quiso sincronizar sus acciones políticas con ese clima rupturista. 
 
¿Por qué? Es una pregunta pertinente. Desglosemos en dos la posible explicación: 
 
Peso del chavismo. Pese a todos los esfuerzos de la oposición por desvirtuarla y a pesar de todos los errores, omisiones y traiciones, la Revolución Bolivariana logró echar raíces en lo ideológico y en la organización popular. En esos momentos cruciales que el antichavismo ha inducido, esos atributos han salido a relucir. 
 
Descrédito del antichavismo. La dirigencia opositora ha evidenciado incapacidad para sintonizar con las masas más allá del malestar y el descontento. Mucha gente (incluso opositores radicales) tienen la convicción de que ese liderazgo no está interesado en resolver tal situación, sino que, por el contrario, la ha propiciado o agudizado para obtener provecho político y económico. 

Esta creencia ha cobrado mayo fuerza desde 2015 al hacerse frontal el apoyo de los capos opositores a las medidas coercitivas unilaterales, el bloqueo y el robo de activos estatales en el exterior.  

Se pasó el momento crítico

La molestia, la frustración, el desespero de importantes cuadros de la oposición partidista y mediática frente al asunto de “Venezuela se arregló” se explica perfectamente al observar que la superación del momento crítico le quita muchas posibilidades a su estrategia de forzar un derrocamiento por obstinación popular. 

Expresiones como “crisis humanitaria”, “crisis política”, “crisis migratoria” o el comodín “salir de esta pesadilla” tenían mucha más base hace algunos meses o años, cuando había hiperinflación, escasez de productos básicos, falta de dinero efectivo, racionamiento de gasolina, apagones nacionales, etcétera. Hoy en día, por más pequeña que se considere la recuperación, es evidente que esos peores momentos fueron superados y, por tanto, el discurso apocalíptico de la oposición se ha desgastado. 

No lograron concretar su golpe (ni suave ni duro) cuando el cuadro era insoportable para todas y todos y ahora hasta una leve mejoría opera en su contra.  

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

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