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Las energías fósiles, que actualmente suplen el 78,4% del consumo energético del mundo, no son renovables y resulta por tanto inevitable su agotamiento o la incosteabilidad de su uso. La extracción de hidrocarburos, motor fundamental del desarrollo de los países hegemónicos desde fines del siglo XIX, se hace progresivamente más escasa y costosa, y tiende hacia un “pico” o “tope”, en el cual la cantidad de energía necesaria para extraerlos es mayor que la que estos rinden. Materia tan compleja genera pronósticos disímiles, pero todos anticipan su proximidad. El Ministro de Finanzas ruso Vladimir Kolichev estima que “el pico del consumo bien podría haber pasado”.

British Petroleum calcula que nunca retornará al nivel de 2019, “la marca más alta en la historia del petróleo”. La compañía estatal Equinor de Noruega sitúa el derrumbe de la producción hacia 2027-28; la investigadora noruega Rystad Energy lo prevé para 2028; la francesa Total SA hacia 2030; la consultora Mc Kinsey para 2033; el grupo Bloomberg NEF y los consultores Wood Mackenzie en 2035; la estimación más optimista es la de la OPEP, que lo fecha hacia 2040, dentro de 18 años apenas.

La Agencia Internacional de Energía calcula que para 2025 faltarán 13 millones de barriles de petróleo para cubrir la demanda diaria mundial. Antonio Turiel, del CSIC, calcula una disminución de la producción de más del 50% en los venideros 25 años, de 69 millones de barriles diarios hoy en día a 33 millones en 2040. Estas cifras no significan que se acabarán los hidrocarburos, sino que serán cada vez más escasos, su extracción más costosa y su rentabilidad menor, hasta tornarse antieconómica.

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Dichas cifras son los motores de la actualidad mundial. Los altisonantes llamados de la Conferencia de Glasgow a suprimir las emisiones de carbono no expresan una generosa decisión de los grandes capitales de dejar de consumir hidrocarburos, sino una desesperada búsqueda de fuentes alternativas ante el declive anunciado de su producción. El conflicto de Ucrania azuza a la Unión Europea y a la OTAN contra Rusia para impedir que esta venda su gas licuado a Europa a través del Nordstream 2, forzando así un mercado cautivo para los costosísimos hidrocarburos de fracking de Estados Unidos. Las guerras de Afganistán, Irak, Irán, Libia, Siria, del Yemen, el brutal acoso contra Venezuela son latrocinios de hidrocarburos o de vías para su transporte.

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Instalados en la realidad del declive petrolero, examinemos cuán provistos están los países para vivirlo o más bien sobrevivirlo. El primer lugar global en reservas probadas corresponde a Venezuela, con 503.806 millones de barriles. Arabia Saudita sigue con 260.000 millones de barriles, poco más de la mitad. El tercer lugar corresponde a Canadá, con 171.000 millones de barriles. Siguen Irán con 157.800 millones; el ocupado Irak con 143.000 millones, Kuwait con 104.500 millones, Emiratos Árabes Unidos con 97.800 millones, Rusia con 80.000 millones, la desmembrada Libia con 48.360 millones, y en un melancólico décimo lugar, Estados Unidos, el primer consumidor del mundo, con solo 38.200 millones. La gigantesca China ocupa el puesto 14°, con 25.000 millones. La casi treintena de países de la Unión Europea ocupa el lastimero rango 22°, con 5.718 millones de barriles, y el Reino Unido el 27°, con 3.600 millones de barriles. Las reservas de gas son bastante similares. Un vistazo a este cuadro explica por qué los mayores consumidores de energía fósil del planeta, los desprovistos Estados Unidos, Unión Europea y  Reino Unido, llevan  más de un siglo coligados asaltando, destruyendo, bloqueando, interviniendo, ocupando, robando, coaccionando y caotizando a los países que la producen.  Einstein Millán señala que, según la Agencia Internacional de Energía, las reservas probadas de petróleo de Estados Unidos a fines de 2020 eran de 38.200 millones de barriles (MMBbls), y que a la tasa de extracción promedio entre ese año y hoy, se habrían reducido hasta 32.900 MMBbls. Ello significa que, a la tasa actual de 11.500.000 BPD, en menos de 8 años Estados Unidos habrá consumido todas sus reservas de crudo.  La visita a la bloqueada Venezuela de una comisión de Washington encabezada por el embajador norteño no es la generosa dádiva de un perdonavidas a su víctima: es la súplica de un país al borde de la indigencia energética.

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Difícil resumir en esta ponencia los contundentes efectos del declive en la extracción de energía fósil: es sumamente improbable que las energías renovables, que actualmente suplen solo el 21,6% del consumo energético del mundo, puedan en pocas décadas cubrir el total de este. La falta de hidrocarburos aliviará en algo el efecto invernadero, pero deprimirá la industria, la concentración urbana y la agricultura misma por falta de fertilizantes y maquinarias agrícolas y transporte para sus productos.

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Contemplemos este inevitable declive desde la perspectiva del capitalismo, que persigue el mayor beneficio a cualquier costo, ecológico, social, cultural o humano. La anarquía del dividendo por encima de todo ha llevado al saqueo energético, a la hiperconcentración de capitales, al consumismo de minorías a costa de la pauperización de todos, a la contaminación masiva, a la recurrente crisis que sólo se alivia con guerras que desatan crisis peores. Perpetuar este insoportable estado de cosas requiere consecutivas alianzas de los países más devoradores de energía fósil para saquear a los que la producen, con eventual sacrificio de los saqueadores más débiles (como ocurre hoy con la Unión Europea). Ello requiere un incrementado gasto militar, que se aplicaría a la caotización de los países que no se pueda dominar y a la destrucción de sus economías (como en Afganistán, Siria, Ucrania, Yemen, Rusia o Venezuela). El paralelo descuido de la inversión social provocaría el caos incluso dentro de los países dominantes; la profundización de la rebatiña energética llevaría al umbral del conflicto mundial. La descontrolada quema de hidrocarburos podría acarrear antes de su agotamiento las consecuencias terminales del colapso civilizatorio y el temido efecto invernadero.

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Parte de los países productores de energía fósil forman parte del BRICS o son aliados de la organización. Es indispensable consolidar esta unión para evitar que los hidrocarburos todavía disponibles sean saqueados, y en lugar de ello aplicarlos en forma planificada y humanitaria a la satisfacción de necesidades esenciales y la generación de energías renovables. Dejarlos a la merced de la rapiña podría afectar gravemente la continuidad de la civilización.

(Luis Britto García)

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