No podía ser de otra manera: si cuando el Pacto Histórico ganó las elecciones presidenciales oímos una ristra de cosas absurdas, necias, locas y garciamarquianas (en el sentido del realismo mágico), ahora, en la ocasión en que Gustavo Petro y Francia Márquez tomaron posesión de sus cargos ocurrió, como era de esperarse otra descarga del mismo tenor.

Son las típicas incoherencias, intentos de manipulación y mamarrachadas que suelen decir los voceros de la derecha y la ultraderecha, en especial cuando han perdido un round en esta pelea perenne. Ya casi no asombran, pero a veces se pasan de los límites.

Por ejemplo, he leído eso que el comandante Chávez llamaba “sesudos análisis” de algunos intelectuales que juzgaron la ceremonia de toma de posesión y pretendieron descalificar lo que se logró allí con el argumento de que “fueron asuntos meramente simbólicos”.

¿Qué les pasa a estos tipos?, me pregunté porque si en algo se ha basado la dominación de los pueblos por todos y cada uno de los imperios que han existido a lo largo de la historia humana es precisamente en los símbolos. Parafraseando al Libertador podríamos decir que “por los símbolos nos han dominado más que por la fuerza”.

El símbolo ha sido el mecanismo de arranque y de sostenimiento de la opresión. Recordemos lo que dijo Eduardo Galeano: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.

Y donde dice Biblia podríamos poner perfectamente la palabra cruz –uno de los signos y símbolos de la colonización- y sería lo mismo.

Los grandes analistas no dudan en calificar como “anacrónicos” los símbolos que no les agradan como la Espada de Bolívar. Lo significativo es que lo hagan para disculparse con… ¡un rey!, el heredero del mismo trono del monarca que se apropió de este continente hace cinco siglos y del sucesor en funciones cuando los españoles tuvieron que irse de la región con el rabo entre las patas. ¿Habrá una figura más anacrónica que un rey en este siglo XXI que ya se aproxima a su primer cuarto?

La gente desclasada y endocolonialista llega al extremo de aplaudir al tal rey porque no se puso de pie al paso de la Espada, alegando que no tiene por qué rendirle honores al arma que emblematiza su derrota. ¡Ah, entonces lo simbólico sí que tiene peso!

Esos personajes, que en lugar de títulos nobiliarios ostentan títulos académicos, dicen que no debió hacerse semejante provocación al señor rey. No son, pues, ciudadanos de nuestras republicas, sino súbditos de una monarquía que fue expulsada de estos lares hace un par de siglos.

Petro y Márquez  (y quienes planificaron los detalles de la ceremonia)  realmente tienen muy claro el poder de lo simbólico. Y el que se fue (“de cuyo nombre no quiero acordarme”) y sus asesores también lo tienen, al punto de que sus últimas pancadas de ahogado se orientaron precisamente a impedir que ese acto tuviese contenidos y sentidos diferentes a los que se habían realizado en Colombia los 200 años anteriores.

Si de simbología se habla, el gobierno saliente no  quiso que la Espada de Bolívar ni la escultura de la paloma de la paz de Fernando Botero estuvieran en la juramentación, lo que transmite un mensaje inequívoco: la clase política desplazada en las recientes elecciones es tan profundamente antibolivariana como contraria a la paz.

Petro, en su primer acto soberano de gobierno, ordenó  traer la Espada a la privilegiada escena, gesto cargado de significados, reforzados además por la actitud del monarca español.

Para quienes dudan del valor de lo simbólico, hay que decir que esta acción de presentar la Espada de Bolívar, contrariando la decisión de su predecesor, fue el equivalente político a haberlo sacado a patadas del Palacio de Nariño. De allí la chilladera de las derechas de todo el continente, empezando por los trogloditas de Miami.

Los otros giros simbólicos del acto de toma de posesión también fueron importantes porque marcan clara diferencia respecto a la Colombia de los estratos sociales bien diferenciados; la de las damas copetonas que se cubren del sol con una sombrilla; la de los grandes burgueses embutidos en trajes de tres piezas; la de los dueños de los poderosos medios de comunicación en privilegiados puestos de invitados especiales.

Particular significado tuvo también el rol destacado de María José Pizarro, encargada de investir con la banda presidencial a Petro. Esta senadora trajo al primer plano la imagen de su padre, Carlos Pizarro Leongómez, que también es un símbolo, el de los dirigentes  políticos progresistas asesinados por la oligarquía colombiana, justamente para evitar que el pueblo los eligiera como sus gobernantes. Se trata de una extensa lista en la cual, además de Pizarro, destacan Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán,  Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa y Luis Carlos Galán.

El gesto de la hija de Pizarro subrayó el hecho de que si Colombia llegó tarde a la ola progresista latinoamericana no fue porque el pueblo así lo quiso, sino porque una élite política (aliada del paramilitarismo y el narcotráfico) se encargó de sofocar con magnicidios cualquier tentativa de giro a la izquierda, siempre con el beneplácito de Washington, por supuesto.

Y, claro, toda esa simbología se complementó con la vicepresidenta Francia Márquez, que es un símbolo encarnado del pueblo más pobre y excluido de Colombia, de las mujeres oprimidas a la vez por la estructura económica y por el patriarcado y de la madre tierra esquilmada por los intereses corporativos. Su frase “hasta que la dignidad se haga costumbre”  ha sido una declaración de principios en siete palabras.

Del dicho al hecho

Claro que lo simbólico es importante, pero sobre todo cuando va atado a hechos concretos. Y esto es lo que se ha visto en la primera semana del nuevo gobierno colombiano.

En la ceremonia se enarbolaron signos de igualdad, con la presencia activa de “los nadies”, y en la práctica ya se lanzó una reforma tributaria que pechará a los grandes capitales y no a los más pobres, como pretendió hacerlo el gobierno anterior, provocando la ola de protestas y de represión de 2019, replicada en 2021.

En la toma de posesión se invocaron los símbolos de la paz, y de inmediato se han emprendido las conversaciones con los movimientos guerrilleros que aún luchan en Colombia, una línea política opuesta en 180 grados a la del uribismo derrotado, que fue acabar a sangre y fuego con los Acuerdos de Paz de 2016, aunque los hubiese suscrito un gobierno de la derecha.

En la toma de posesión no pudo estar presente el presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, por decisión de la élite política expulsada del poder, pero en menos de una semana se han dado pasos fundamentales (simbólicos y fácticos) para restablecer plenamente las relaciones, incluso el nombramiento de embajadores -que hasta los más optimistas creían que tardaría varios meses- y decisiones clave respecto a Monómeros.

Algo se está moviendo fuerte en Colombia en el plano de lo simbólico, pero también en la política real. Y ese movimiento hace prever violentas, alevosas y arteras reacciones del statu quo desplazado y de sus jefes políticos del norte. Ahora, más que nunca, vale el lema: ¡Alerta, alerta  que camina…!.

Reflexión mediática

Cuando la derecha encaja una derrota como la de Colombia, la maquinaria mediática hegemónica reacciona comportándose aún peor de lo que lo hace normalmente. Y esto es bastante decir.

Si se trata de la maquinaria mediática colombiana, que es una de las más ruines del continente, ya se puede uno imaginar el tipo de campañas que van a desatar, sobre todo frente a una reforma tributaria lesiva a las obscenas ganancias de los propietarios de las grandes empresas neogranadinas, que son los mismos dueños de los medios en cuestión. De hecho, esas campañas comenzaron aún antes de que Petro calentara la silla presidencial.

Pero, como el aparato mediático es de alcance transnacional, en estos días posteriores al duro revés de la juramentación de Petro, la liebre ha saltado por Argentina, donde una gavilla de medios controlados por el macrismo se ha dedicado a propiciar y aplaudir el robo del avión venezolano secuestrado en Buenos Aires y la infame autorización para que lo allane el Buró Federal de Investigaciones de Estados Unidos, en una típica actuación extraterritorial  e imperial, como policía del mundo.

Naturalmente, la “prensa libre” venezolana (pagada por la USAID, la NED y por entes aún peores) se hace eco y canta lo que les piden sus jefes, aunque se ha demostrado que todo el asunto es una patraña política y lo ocurrido es contrario no solo a los intereses nacionales y a la más elemental noción de soberanía, sino también a un principio que esos medios consideran sacrosanto: la propiedad privada y la libertad de comercio.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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