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domingo, 23 / 06 / 2024

Llegué ayer a Cuba y sentí la necesidad de decir algo, transmitir mis sentimientos, y escribí esto: Atilio Borón

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Acabo de llegar a Cuba y siento, de nuevo, la misma emoción que me invadió la primera vez que la visité en ocasión del Seminario Internacional sobre la Deuda Externa de América Latina y el Caribe que Fidel convocara en los primeros días de agosto de 1985. Pasaron casi cuarenta años desde aquel premonitorio evento y esa isla, acosada desde los primeros días de su revolución por el desenfreno anexionista de Estados Unidos, sigue resistiendo y sobreviviendo a la más prolongada agresión que imperio alguno haya jamás perpetrado en contra de un pueblo insumiso.

¿Suena exagerado? Bien, tómese la historia de cualquiera de los grandes imperios históricos, inclusive anteriores a la era cristiana: los persas, el imperio romano; el bizantino, el mongol, con su enorme extensión que cubría gran parte de Eurasia, el español o el británico, ramificado por todo el planeta y en vano hallaremos una situación siquiera remotamente análoga al devastador bloqueo -por su duración tanto como por la diversidad de sus dispositivos de opresión y castigo- que viene padeciendo Cuba desde hace 65 años.

Y, pese a todo ello, Cuba sigue siendo el Territorio Libre de América pagando un precio exorbitante por la imperdonable osadía de no doblegarse ante las pretensiones de la Casa Blanca. En este enclave de la dignidad el imperio norteamericano no puede imponer sus leyes por encima de las nacionales ni, para citar un caso actualísimo, mandar a sus hampones de traje y corbata a robar el avión de un tercer país como ocurriera con el carguero venezolano que Washington ordenara “decomisar” ante la vista y obscena complicidad del gobierno neocolonial de la Argentina. Cosas como esas son impensables en Cuba.

El sólo hecho de que la Revolución Cubana haya sobrevivido a la desmesura fenomenal del imperio es ya de por sí un éxito absolutamente extraordinario que por eso ha entrado en los anales de la historia universal. ¿Habría sobrevivido Estados Unidos a semejante agresión por parte de una potencia -imaginémosla, porque no existe- cientos de veces más grande en términos económicos, treinta veces en población e infinitamente superior por el tamaño y diversidad de sus fuerzas armadas y su presupuesto militar? Seguramente habría estallado en decenas fragmentos. ¿Habrían resistido Japón, Alemania, Reino Unido? Seguro que no, pero la Cuba de Martí y de Fidel sí lo hizo.

Sin embargo, el sicariato mediático del imperio se desgañita día y noche denunciando el “fracaso de la Revolución Cubana”. Cabe preguntarse: ¿Fracaso en un país objeto de tan criminal agresión que, por ejemplo, bloquea el acceso a todo tipo de insumos médicos y sin embargo exhibe índices de mortalidad infantil o de esperanza de vida tan buenos o mejores que los de Estados Unidos? ¿O que desarrolla vacunas y productos farmacológicos a nivel del “estado del arte” pero que son saboteados en su comercialización por las presiones de Washington ante los organismos internacionales que emiten las autorizaciones correspondientes para la venta de medicamentos? ¿Fracaso en un país donde no se ven, como en la metrópolis imperial, a familias enteras durmiendo en las calles en pleno invierno o bajo un sol abrasador en el verano; o a niños descalzos y vestidos con harapos; o a gente hurgando en los contenedores de basura en busca de algo para comer; o a miles de hombres y mujeres destruidos por la droga, víctimas de una sociedad poseída por un cruel individualismo, que los condena a deambular como zombies por las principales ciudades para alimentar, con sus adicciones, las ganancias de las corporaciones bancarias y financieras beneficiarias finales del narcotráfico, un negocio que mueve cerca de un billón de dólares anuales? ¿Hay acaso en Cuba miles de desquiciados mentales, traumatizados por su participación en las guerras que el imperio libra en ultramar y que, una vez regresados a sus hogares, “sienten voces” que les dicen que hay que liberar al mundo de tantos malvados y que pertrechados con dos fusiles de asalto entran de improviso a una galería comercial, a una iglesia, a una escuela y asesinan a mansalva a quien quiera que se le cruce a sus ojos? ¿Es esa sociedad profundamente enferma la que se utiliza como parámetro para juzgar al resto del mundo?

Podríamos continuar con esta enumeración hasta incluir muchos otros ítems que demostrarían como pese a la brutalidad del bloqueo la sociedad cubana ha demostrado estar en posesión de reservas morales como para evitar la degradación civilizacional que carcome desde sus entrañas a Estados Unidos y que se manifiestan en las aberrantes realidades arriba mencionadas. Pero demos un paso más allá y preguntémonos, si la Revolución Cubana ha fracasado, ¿por qué no levantar el bloqueo por cinco o diez años y dejar que el sistema se desmorone por sus propias incoherencias e ineficiencias, privando a sus gobernantes del conveniente “pretexto” del bloqueo para ocultar lo que en realidad son los incorregibles defectos del modelo socialista?

Pero el imperio y sus administradores saben demasiado bien que si tal cosa se realizara se contaría con un “test ácido” que demostraría la enorme superioridad del socialismo sobre el capitalismo. Y eso es algo que la Casa Blanca y sus lamebotas europeos saben muy bien. Por eso persisten en el bloqueo, un crimen de lesa humanidad, pese a que la comunidad internacional con la sola excepción del propio Estados Unidos y su hampón israelí, más un par de miniestados insulares del Pacífico, vota año tras año en la Asamblea General de las Naciones Unidas exigiendo que se ponga fin al bloqueo. Pero Washington es un “estado fallido” (por su violación reiterada de la legalidad internacional) que sueña con restaurar su ya definitivamente desvanecida hegemonía global, lo cual lo impulsa a mantener su criminal bloqueo contra viento y marea. Sería catastrófico para el capitalismo como sistema que, liberada de la asfixia del bloqueo, en pocos años Cuba ascienda como una estrella polar que ilumine la búsqueda de la justicia social, la libertad, la autodeterminación nacional y la democracia en este mundo. Y que demuestre que ese progreso sólo es posible si se abandona al capitalismo. Y Washington, como sheriff imperial, no puede permitir que eso ocurra y sigue impertérrito manteniendo el bloqueo universalmente condenado.

(Atilio Borón)


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