sábado, 30 / 08 / 2025
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¿Qué tienen en común capos de la mafia, narcos y quién se cree emperador del mundo? Raúl Cazal en la crónica “La cara de la moneda de Al Capone”

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Hay capos de la mafia que a veces pasan inadvertidos porque buena parte de ellos son representados por Hollywood como unos seres despiadados y asesinos sin precisar por qué lo son o qué los llevó a tomar ese camino reprochable para la sociedad.

Las explicaciones generalmente están ausentes porque la misión de La Meca del Cine es mostrar para entretener, pero siempre oculta algo.

Recuerdo que mi viejo tenía ciertas preferencias por las películas de acción. Un sábado cualquiera nos decía: “El domingo en la tarde van a pasar una película de cowboys que parece va a estar muy buena”. Era su manera de invitarnos, que remataba con una frase que nos comprometía a verla juntos: “En el comercial matan a 15 indios”.

Una vez frente al televisor, decodificaba con comentarios jocosos el discurso supremacista de los blancos anglosajones —léase WASP—: “¡Qué bárbaro John Wayne! Mató a 100 indios y a él no le hicieron ni un rasguño”.

—Ni siquiera se despeinó —llegó a decirnos con sorna mientras apagaba el televisor—. Se salvó porque es una película.

Sin embargo, los filmes que más disfrutaba eran los de policías y ladrones. La invitación era con el mismo guiño: “En el comercial acribillan a más de una docena de gánsteres”.

Después de ver dos horas de acción y suspenso, robos, tiroteos y escapes con desenlaces esperados, reflexionaba en voz alta: “No importa si atrapan o queda libre Capone. Son partes del mismo sistema”. 

Cuando decía “sistema” no hacía falta que hiciera hincapié en que se refería al capitalista. Acto seguido, un comentario de cinéfilo: “Qué actorazo ese Robert de Niro como Al Capone”.

Pasaron dos décadas de aquellas tardes dominicales cuando me topé con un ejemplar de Las grandes entrevistas de la historia (1859-1992), compiladas por Christopher Silvester, del que no me pude despegar hasta que culminé la lectura de todo el libro. 

Esta obra genera la impresión de lo entrañable por el abordaje de los entrevistadores y sus percepciones —que más que abonar subjetividad, le da claridad al contexto—; pero sobre todo, por la calidad de respuestas de los personajes que fueron procesadas, esencialmente, en un tiempo analógico.

Están reunidos artistas de cine como Marilyn Monroe y Mae West, los escritores Mark Twain, Oscar Wilde, Rudyard Kipling y Ernest Hemingway; además de Carlos Marx, Iósif Stalin (hay dos y una de ellas es realizada por H. G. Wells), Mahatma Gandhi y Mao Zedong; Theodore Roosevelt, Adolf Hitler, Benito Mussolini y Al Capone, entre otros.

Leyeron bien. Al Capone es uno de los entrevistados. Lo que menos uno sospecharía en estos días de fake news y dictadura del algoritmo es que un gánster haya tenido buena relación con la prensa y él, al parecer, no tenía problemas ni limitaciones para hacer declaraciones a los medios de comunicación de aquella época. La entrevista seleccionada por Silvester es la que realizó el periodista Cornelius Vanderbilt Jr., publicada el 17 de octubre de 1931 en la revista Liberty.

Sin embargo, dos años antes, The Times de Londres le encargó a Claud Cockburn que entrevistara a Capone, pero el periodista decidió no transcribirla porque se dio “cuenta de que la mayoría de las cosas que Capone había dicho eran esencialmente idénticas a las que publicaba el propio The Times en sus editoriales”, por lo que dudó que “al periódico le hiciera gracia verse encuadrado en la misma línea política que el gángster más famoso de Chicago”.

Vanderbilt Jr. no se autocensuró, pero el editor de la revista Liberty se tomó la libertad de hacer una nota introductoria a la publicación:

“Cuando Al Capone concedió esta entrevista al señor Vanderbilt se enfrentaba a un juicio por evasión de impuestos y a la perspectiva de varios años en la cárcel, caso de ser condenado. ¿Qué se le pasaba por la cabeza a este autoproclamado rey del hampa? ¿Se sentía afectado, abatido, como le habría ocurrido a cualquier otro en sus circunstancias? Todo lo contrario. Como pone de manifiesto el señor Vanderbilt, se dedicó a pontificar fríamente sobre asuntos de interés nacional, a dictarle al presidente de Estados Unidos qué debía hacer y a apuntar el nombre de su posible sucesor, y —como guinda de tanta desvergüenza— a denunciar la corrupción y la estafa”.

La descripción que hace el editor de Liberty no dista mucho de quien actualmente se cree emperador —o capo— del mundo. Ahora quien habla es Capone, que es como si fuera Donald Trump o cualquiera de sus vasallos:

“Debemos mantener América íntegra, a salvo, y libre de corrupción. Si las máquinas arrebatan puestos de trabajo al obrero, habrá que encontrar otra cosa en la que pueda ocuparse. Quizá vuelva a cultivar la tierra, pero deberemos cuidar de él durante el periodo de cambio. Hemos de mantenerle alejado de la literatura y las triquiñuelas de los rojos, asegurarnos de que su mente permanezca sana”.

Los capos de la mafia y del narcotráfico son las caras de la moneda del capitalismo. Nada ha cambiado, incluso desde mucho antes de Al Capone, cuando se trata de imponer una narrativa falsa y de ocultar la verdad.

Reza un poema de León Felipe: “que la cuna del hombre la mecen con cuentos, /[…] que los huesos del hombre los entierran con cuentos,/y que el miedo del hombre…/ha inventado todos los cuentos./Yo no sé muchas cosas, es verdad,/pero me han dormido con todos los cuentos…/y sé todos los cuentos”.

Y con el poeta decimos: vayan con su cuento a otra parte, yanquis…

(Raúl Cazal / Laiguna.tv)

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