domingo, 31 / 08 / 2025
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El de Capriles ha sido un fusilamiento con puputovs (+Clodovaldo)

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No es ningún descubrimiento impactante, pero en estos últimos días se ha puesto de manifiesto de un modo muy sobresaliente: la oposición venezolana es una familia tóxica.

¿Cuáles son los síntomas? Pues, no pueden estar juntos sin descalificarse, hacerse críticas malsanas, agarrarse de las greñas. Y aun estando muy separados, cuando se refieren al otro sale a relucir eso que llaman la peor versión de cada uno. Huy.

Si usted, inteligentemente, ha estado al margen del debate político intraopositor reciente, sepa que al doble excandidato presidencial Henrique Capriles Radonski, alguna vez llamado “líder máximo de la oposición”, se lo han comido vivo sus propios correligionarios antichavistas por posiciones que ha asumido en relación a la amenaza estadounidense de agresión militar y al argumento (si es que se puede llamar así) de que es una lucha contra el Cartel de los Soles.

Ni siquiera el comandante Chávez fue tan cáustico cuando —al fragor de su última campaña electoral— lo bautizó como “el Majunche” y exclamó “¡Ah, muchacho pa’bobo!”. Los de su propio bando han hecho que aquellas mofas del líder bolivariano parezcan ingenuas mordacidades de salón. Le han dicho de todo y un poco más. Ha sido como un fusilamiento con puputovs.

Que la oposición sea un clan disfuncional no es algo para sorprenderse: la madre de esa familia es la plutocracia nacional y el padre es el poder imperial estadounidense… ¿qué podía salir mal de semejante arrejunte?

La cosa viene de atrás. Los ancestros de esta clase política pueden hallarse en la corona española, de la que fueron hijos negados, menospreciados, recogiditos. Nunca supieron superar el abandono y la malquerencia real, así que a estas alturas siguen soñando con ser reconocidos por esos malos progenitores.

En el árbol genealógico también figura la godarria antibolivariana que parió la Cosiata. En la parentela hay varias tías que tuvieron noviazgos con aventureros europeos y luego se quedaron pa’ vestir santos; hay tíos violentos domésticos, vivarachos y donjuanes; algún cura pederasta y, por supuesto, unos cuantos fenómenos con cola de cochino, al estilo de Cien años de soledad, producto de las costumbres endogámicas de esta clase social.

En lo que va de siglo XXI, las taras de esta élite han quedado más expuestas que antes, cuando no incursionaban directamente en asuntos políticos y sólo eran material para la comidilla de los country clubes. Después del ascenso al poder del zambo-campesino-teniente-coronel, la oligarquía se lanzó a la arena política y, en gran medida, ha desplazado a los políticos tradicionales de la IV República, que eran más populares o, al menos, populacheros. Los adecos y una parte de los copeyanos se aplicaban engullendo sancochos y bailando tambores, como parte de su formato de liderazgo. En cambio, los de la derecha y ultraderecha que han salido a combatir a la V República son, casi todos, caprichosos hijos de papá y mamá, burguesitos malcriados, acostumbrados a hacer su voluntad o montar una rabieta. Por eso, las alianzas opositoras se han llenado de una toxicidad manifiesta.

Pelea por ser el preferido (o la preferida)

Los estudiosos de la hermandad tóxica afirman que una de las habituales causas de este fenómeno es la lucha abierta o secreta por la preferencia de los padres. ¿Y quién o quiénes asumen la figura paterna en el caso del liderazgo opositor de estos casi 27 años? Pues, debería ser el pueblo antichavista, ¿no es verdad?, pero no. Es, en sentido muy estricto, el poder imperial.

Los muchachos toñecos y las muchachas toñecas de nuestra oposición (es nuestra, nadie nos la puede quitar) no se caen a insultos y piñas por el amor del fiel electorado que vota por ellos a pesar de conocerlos bien. El objeto erótico que se disputan es el de los gringos. Parece una visión caricaturesca, pero hasta las caricaturas más mordaces se quedan cortas cuando reflejan este rasgo de una clase política tan infantiloide y traumada.

Las escenas que estamos viendo en estas horas pueden compararse con esos momentos desgarradores y bochornosos cuando, finalmente, un miembro de la familia tóxica resuelve decir las verdades que hasta entonces ha mantenido entre pecho y espalda, y, en respuesta, los otros integrantes reaccionan insultándolo, ridiculizándolo, excluyéndolo del grupo, convirtiéndolo en un paria. Lea u oiga usted lo que han escrito y dicho del diputado electo Capriles y verá que no exagero.

Históricamente, otros objetos de la disputa por la atención de los dirigentes de la derecha han sido los medios de comunicación. El afán de figuración en la gran prensa convencional de otros tiempos (periódicos, radios y, sobre todo, televisión) mutó en la disputa por la atención de los influenciadores de las redes, demostrando que, como decía un viejo amigo, las cosas nunca están tan malas como para que no puedan ponerse peores.

La riña por la atención mediática y de redes ha deformado aún más a esa familia ya muy echada a perder. Los dueños de medios y periodistas de alto perfil les hicieron mucho daño a los líderes del antichavismo en sus primeros años como opositores. Desempeñaron el papel de niñeras consentidoras y nodrizas complacientes. ¿El resultado? Por un lado, unos tarajallos que, ya adultos, pretenden que los comunicadores sociales los sigan amamantando y sacándole los gases con mucho cariño; por el otro, una banda de mamás de leche que se secaron por exceso de uso.

Las innovaciones que han cambiado radicalmente el universo comunicacional dejaron atrás a las ayas del periodismo convencional e hicieron surgir nuevos actores, con grandes prótesis mamarias pero poca sustancia que dar. Estos personajes hacen, básicamente, lo mismo en el campo virtual: alimentar el ego de los y las dirigentes de la oposición, esos nenés y esas nenas que se niegan a crecer.

Culebras vivas

Cuando se trata de individuos que admiten odiar a sus familiares, los profesionales de la salud apuntan hacia un conflicto no resuelto. Parece una ruta muy pertinente para estudiar el caso de la oposición venezolana. Son muchas las “culebras” que estos personajes tienen pendientes. Que si Fulanito no apoyo a Sutanito en tal año; y que si Perencejito se hizo el desentendido cuando Menganita necesitaba respaldo.

Hay casos de casos. Por ejemplo, si se quisiera resolver el trauma general de la oposición (una tarea que no creo que le interese a nadie) habría que estudiar las envidias, los celos, los enconos entre los integrantes de ese club de chicos llamado Primero Justicia. De allí parten buena parte de las tensiones actuales.

Varios de esos conflictos no se resolvieron en su momento debido a alguna coyuntura política. Puede ser porque el país estaba envuelto en uno de sus muchos procesos electorales o —más probable todavía— porque las fuerzas opositoras andaban ilusionadas con alguno de sus típicos planes de asalto al poder. En ambas circunstancias, al producirse una derrota o un desenlace no acorde con las expectativas, los que se odian mutuamente dejan brotar sus resentimientos y culpan al otro por la nueva decepción.

Se puede encontrar una larga lista de situaciones así, pero, ¿para qué ir hacia atrás si hoy mismo tenemos un ejemplo el desarrollo? El sector encabezado por María Corina Machado ha protagonizado este vergonzoso capítulo de pitiyanquismo y traición a la Patria y, ante las discrepancias de algunos otros dirigentes opositores —Capriles, el más destacado— ella y sus secuaces se han dedicado a lapidarlos con una sevicia que sólo se compara con pasajes bíblicos, tipo Caín y Abel, Jacob y Esaú o el profeta Jeremías y su pérfida familia.

Feo espectáculo

En estas situaciones, la reyerta suele trascender las paredes de la casa de la familia enferma. Los vecinos se convierten en espectadores del intento de linchamiento de Capriles y de todo aquel que ose ponerse en contra de las órdenes de la hermana más tóxica de la progenie. La bronca es agotadora, incluso para quien solo la presencia. Se forja un clima negativo que le quita energía a los contendientes y también al entorno. ¡Zape!

Como bien señalan los psicólogos, en las pendencias sale a flote lo peor de cada sujeto. En la tribu opositora, un defecto de fábrica común a todos y todas es que se culpan entre sí. Por ejemplo, algún criado resabiado anda por ahí diciendo que sí, ahora Capriles es la víctima de una cayapa mediática, pero que antes, en sus tiempos de candidato, fue el victimario, manejando a una de esas pandillas de opinadores-sicarios. Uno, que sólo está viendo el altercado desde el balcón no puede decir que sea verdad o no. Ellos sabrán.

Por supuesto que la militancia se contamina. Toma partido por uno o por la otra. En las redes a Capriles lo ponen como saco de boxeo. Lo mismo le pasa a quien lo defienda. Irónicamente, entre quienes lo apedrean destacan esos señoritos democráticos que llevan años denunciando que acá se les persigue por pensar distinto. Uno trata de entender, pero es mejor no meterse mucho en eso, no vaya a ser que, como dijo uno de los más prominentes “Toto” (toñecos-tóxicos), la de ellos sea una enfermedad contagiosa.

(Clodovaldo Hernández / Laiguana.tv)


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