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“¡Casi es medianoche! Mi mamá no se ha ido a dormir. Así no puedo escaparme. ¿Qúe hago? Si se dan cuenta, las cosas se pondrán peores”, así contaba aquellos minutos de angustia que vivió Maydelin Carolina Rodríguez Santiestevez, de 28 años, antes de emprender el camino religioso y convertirse en la Hermana Maydelin de la Santísima Trinidad.

 

Ella es una muchacha joven que fue contra todo mandato familiar para cumplir con el llamado divino que sintió, y pese a las adversidades, logró su cometido.

 

¿Quién pensaría que en pleno siglo XXI, en el nuevo milenio, una chica joven se escaparía de su casa para unirse a las filas de una orden religiosa? Pues ocurrió, una muchacha oriunda del municipio La Cañada de Urdaneta, en el estado Zulia, se tomó en serio el deseo vestir hábitos.

 

Ella es la menor de cuatro hermanas, por lo tanto, fue la consentida de la casa. Con una sonrisa en su rostro describe su infancia como una etapa feliz y tranquila. Su seno familiar era tan común como cualquiera. Entre sus parientes no había alguien que sirviera a la iglesia católica, sin embargo, ella siente que “fue llamada”.

 

Transcurrido el tiempo, se graduó como Bachiller en Ciencias y optó por educación en biología en la Universidad del Zulia. A los 20 años, su viaje en la Fe católica comenzó, pues se encontraba entre los catecúmenos preparándose para actividades eclesiásticas. Su familia estaba al tanto de sus preferencias y no había mayor novedad al respecto.

 

Pronto conoce a las Misioneras del Divino Maestro con quienes decide tener un seguimiento vocacional en el estado Bolívar, es decir, cumplir con diversas actividades y vivir como ellas.

 

“Ese fue el instante que dije ‘Esta bien Made, este es el momento de conocer un poco más de esto’ ya no podía seguir con mis estudios porque sencillamente no era mi pasión. Fui a la universidad sin decir nada y congelé la carrera. Obviamente, eso despertó la molestia de mis padres y mis hermanas. Para ellos, esto era un capricho mío, pero no les prestaba mayor atención. Estaba decidida. Por esta razón, me escapé de mi casa”. 

 

En agosto de 2011, renuncia a la congregación de las misioneras. “Mi camino religioso no era con ellas, por lo que la Madre Superiora Tibisay me ubicó a la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara. Dios me regaló la certeza de que este era mi lugar, pues entré en el año de gracia. Viví una experiencia con ellas por lo que decidí quedarme. El 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción comencé como postulante. Estaba muy sorprendida por todo lo que ocurría ya que sentía que cumplía el designio de Dios. El 11 de agosto de 2012 fue el cierre del Año de Gracia, al mismo tiempo, el inicio de mi vida religiosa, lo cual se llama noviciado. Este fue el primer escalón a mi felicidad espiritual al lado de Jesucristo y Santa Clara de Asís”.

 

El Año de Gracia es una etapa de agradecimiento por recibir el carisma franciscano. En el 2011 se cumplieron 800 de la fundación de la orden. Es un momento especial para hacer oración y ganar indulgencias. 

 

Sin pena y con toda fortaleza, la hermana Maydelin rememora esos días como muy duros, “mis padres lloraban porque no iban a tener la oportunidad de conocer a sus nietos. Constantemente, tenía encontronazos con mi papá. Mi madre no estaba de acuerdo con mi decisión, pero mantuvo silencio durante estas duras batallas. Mis hermanas no estaban de acuerdo. Fueron muchas noches en las que lloraba en mi habitación y me quedaba dormida. La falta de comprensión, y quizá la falta de tolerancia de la gente a un pensamiento ajeno es lo que me daba indignación, impotencia y enojo”.

 

Finalizando la tarde, unas horas antes de su escapatoria, Maydelin regresaba de una reunión con los catecúmenos. Se dirigía hacia su casa. “Mi padre estaba en el frente de la casa y me mandó a entrar con una voz estruendosa. Enseguida comenzó la discusión y yo callada todo el tiempo. Mis padres y mis hermanas impedirían a toda costa que me fuera a la experiencia con las misioneras en Ciudad Bolívar al día siguiente. Yo tenía todo listo. Ellos me presionaban con comentarios hirientes y palabras fuertes. Por primera vez le levanté la voz a mi padre y le dije: ‘Esto es lo que quiero y me voy. Esta es mi vida’, resolví ir a mi cuarto y ahí pasé la noche. El me amenazó con mantenerme encerrada en la casa. Le envié un mensaje de texto a unos compañeros de la iglesia. ‘Me voy a escapar. Necesito de su ayuda”.

 

“Luego de cuadrar la estrategia esperé que mi familia se durmiera. Mi madre fue la última. A un cuarto para la una estaba en la sala con mis maletines. Dejé una carta dirigida a mis padres explicándole los motivos y pidiéndoles perdón. Abrí la ventana de la sala y salté al frente de la casa. Recientemente trajeron un perro a la casa de la vecina que siempre ladra a todo el mundo que ve, pero aquella vez solo me veía y movía cola. Ni siquiera un ladrido hizo. Eso fue algo milagroso para mí. Caminé hasta el final de la cuadra donde vivía y llamé a mis amigos para que me buscaran. Tenía mucho frío, estaba asustada, nerviosa, pero decidida. Varios minutos después pasaron buscándome”.

 

La reacción familiar no se hizo esperar en la mañana. Ella sostuvo una discusión acalorada con su familia por el celular, pero eso no fue impedimento para enrumbarse hacia su destino. “No me arrepiento de mi escape. Estoy satisfecha y mi alma está llena de júbilo”.

 

Actualmente, terminó su noviciado y en octubre de 2015 cumple un año de los votos temporales. Comenzó su camino del lado de Catecúmenos y ahora vive en el Monasterio de las Clarisas, en Machiques, donde cumple el voto de pobreza, castidad y claustro. La labor de las hermanas se enfoca a la confección de ornamentos religiosos. Adicional a esto, “hay una tarea especial que todas las hermanas tenemos. Orar por el mundo, es decir, cualquiera puede solicitarnos que recemos por una persona o situación familiar, salud, entre otras cosas. Nosotras ponemos al mundo entero en la oración. Rezamos por todo el que conocemos y el que no, lo que importa es pedirle a Dios para superar un determinado trance”.

 

Maydelin recuerda aquellos días duros. A final, su familia la aceptó como una mujer de Dios. “Algunos vecinos me han comentado que mis padres lloran de orgullo y dicen ‘Allá va el ángel de la casa’ y eso me llena de felicidad y agradecimiento porque ellos entendieron la seriedad de mis pensamientos y acciones. De aquí en adelante, yo deseo cumplir con la misión que Dios me dio. Servirle a Él y al prójimo”, expresó.

 

(Panorama)

 

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