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Son las 5:00 de la mañana, aún no ha entrado el rayo de luz que habitualmente atraviesa por mi ventana y me avisa que debo despertar, tampoco la alarma ha sonado, eso significa que puedo seguir acostada y seguir mi placentero sueño.

 

Este cómodo momento fue interrumpido cuando recordé ¡hoy es martes! ¡sí!, día que me corresponde por terminal de cédula, ir a comprar productos regulados en Makro.

 

¡No lo puedo dejar pasar! Entonces salto de la cama, me cambio de ropa y sin tomar mi acostumbrado “cafecito mañanero” seguido de un pellizco de pan, agarré un bolso reusable grande, (ya que en Makro no dan bolsas) y salí al ruedo a enfrentar la travesía para comprar a precio justo dos harinas precocidas. 

 

Luego de varias horas, avanzando como morrocoy en la kilométrica cola en las afueras de Makro, aguantando calor, mosquitos, sed y hasta dolor de barriga porque no desayuné, no puedo creer que pronto esas harinas llegarán a mi mano, sin darle el gusto a los bachaqueros y me la revenden hasta cinco veces su precio real.

 

La gloria estaba por llegar, me acercaba a la caja registradora. Mi humor había mejorado, el stress se había ido y hasta mi rostro pálido ya no brillaba por el sudor que hace minutos la cubría. 

 

Cuando estoy allí, justo frente a la cajera, algo pasa que me deja un mal sabor al tragar una bocanada de aliento, ¡oh, no! había olvidado mi cédula laminada, requisito indispensable para comprar. Nunca antes había añorado tanto este documento. Mis manos se fueron vacías luego de la travesía. 

 

(LaIguana.TV)

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