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Miguel Otero Silva es otro de tantos venezolanos que hubiera querido ser pelotero. Destacó como escritor, poeta, humorista, periodista y político, pero él hubiese cambiado mucho de ese éxito por ser un cuarto bate. Al menos así se lo confesó, en 1976, a la por entonces pichona de periodista Paula Giraud, quien le hizo una de esas entrevistas de práctica que pautan los profesores de Comunicación Social.

 

Las circunstancias que le tocó vivir no dieron para que pudiera dedicarse al deporte, pero llegó con sobrados méritos a ser miembro de al menos tres salones de la fama: el de las letras, el de las noticias y el de la echadera de vaina venezolana. Veamos un momento esas circunstancias: a los 19 años, en lugar de enfrentar a un pitcher duro y curvero, le tocó luchar contra el dictador Juan Vicente Gómez, como parte de la Generación del 28. En 1929 se involucró incluso en una fallida acción armada para invadir el país desde Curazao y debió permanecer en el exilio hasta la muerte del tirano, en 1935.

 

Pionero del marxismo, nuevamente fue expulsado por Eleazar López Contreras, quien pese a tolerar algunos avances democráticos, desarrolló un gobierno profundamente anticomunista.

 

Los sobresaltos de su trayectoria política pueden apreciarse en varios hitos de su obra literaria. La primera novela, Fiebre, relata la lucha contra Gómez. Luego, del enfrentamiento con Marcos Pérez Jiménez surgió La muerte de Honorio. Y más tarde, de las desventuras y decepciones de los primeros años de la democracia representativa salió Cuando quiero llorar no lloro. Otras de sus grandes creaciones reflejaron los años de la implantación de la actividad petrolera en el país pobre y rural del siglo XX: Casas muertas y Oficina Nº 1. Dueño de una gran inquietud intelectual, también caminó por los terrenos fronterizos de la narrativa con la historia, con Lope de Aguirre, príncipe de la libertad. Su novela de despedida, La piedra que era Cristo, fue una aventura por el mundo de Jesús. En esos tiempos finales, hace ahora 30 años, declaró que estaba preparándose para escribir otra, sobre los pueblos originarios de América.

 

En el campo del periodismo, MOS (como se le conoció en esa faceta) trabajó en publicaciones legendarias tanto del área política como del humorismo: Ahora, Aquí Está, Fantoches, El Morrocoy Azul y, por supuesto, El Nacional, el diario fundado junto con su padre, Henrique Otero Vizcarrondo, y el poeta Antonio Arráiz. Pese a esa condición de propietario de un medio, consideró necesario estudiar Periodismo en la Universidad Central de Venezuela y así lo hizo, aunque solía bromear diciendo que perteneció a “la Promoción Pirata”.

 

En su rol de humorista fue un verdadero niño terrible, no solo por sus travesuras políticas, sino por los dardos que solía lanzar contra la Iglesia, tal vez pequeñas venganzas por el cura de uno de sus colegios infantiles, que lo obligaba a rezar de rodillas a medianoche. Su obra cumbre en la irreverencia religiosa fue Las Celestiales, un libro firmado con el pseudónimo Iñaki de Errandonea s.j. y con dibujos de Pedro León Zapata y Mateo Manaure. Allí, en versos de medida ortodoxa y contenido muy heterodoxo, describía a todos los miembros del santoral. Acá va un ejemplo: “Magdalena sollozaba /Llorando sus culpas viejas / Y San Pedro Rezongaba / ¡Mira que hay putas pendejas!”. El libro despertó la indignación del cardenal José Humberto Quintero, quien lo calificó como “una colección de blasfemias”.

 

El destacado intelectual Luis Britto García, invitado a resumir a MOS en una frase, se extendió a un párrafo largo, pero sin desperdicios: “Fue comunicador genial, que dominaba a la perfección todos los géneros, desde los sucesos a la crónica deportiva, desde el ensayo hasta el humor. Siendo heredero de una familia con medios de fortuna, sin embargo en su juventud lo arriesgó todo por la militancia comunista y por la insurgencia armada contra la férrea dictadura gomecista. Dirigió su periódico con una orientación progresista, y ello facilitó que una asociación de anunciantes y publicaciones competidoras le tendieran un cerco, vetándole los anuncios y tildando al diario de comunista. Su apertura ideológica le costó renunciar a la tarea de su vida, la dirección de El Nacional. Sus enemigos creyeron hacerle un daño con ello, pero le permitieron así dedicar sus últimas décadas a la creación literaria. En ciertas sociedades alienadas se ataca a las personas por sus virtudes; y así ocurrió con Miguel”.

 

El poeta Luis Alberto Crespo lo expresó de un modo que sirve de colofón: “No he conocido a nadie tan apasionadamente venezolano como Miguel Otero Silva. Fue Venezuela en todo: en su historia dulce y dolorosa, en su gracia y su angustia, en su imaginación y su pensamiento, en su fervor por dignificarla y animar con su pluma y con su palabra su inveterado afán de igualdad común”.

 

(Yvke Mundial / Ciudad Ccs)

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