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En EE.UU.: El Partido Republicano antes y después del “show” que es Donald Trump (+elecciones)
Enero 26, 2016
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La actuación de Donald Trump es lo que más llama la atención en el actual proceso de elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Trump no es un político profesional, ni siquiera está afiliado a ninguno de los dos partidos mayoritarios que funcionan en el país. Ha alcanzado notoriedad como empresario de bienes raíces y protagonista en conocidos programas de televisión. En 2012 estuvo considerando la idea de presentarse como aspirante a la presidencia, pero no lo hizo. En junio del pasado año anunció oficialmente su candidatura por el Partido Republicano y casi inmediatamente se colocó y se ha mantenido en los primeros lugares de las encuestas de preferencia del electorado republicano.

 

Desde el primer dia, Trump ha tenido como punto central de su campaña, los ataques personales  incesantes contra sus rivales republicanos y demócratas en la aspiración a la nominación como candidato presidencial, contra los dirigentes gubernamentales por debilidad o inefectividad en sus tratos con gobernantes extranjeros o contra los empresarios que financian las campañas electorales. Una idea recurrente expresada es eliminar el lenguaje de lo “políticamente correcto”. Siempre su posición ha sido la de no retractarse de ninguna de sus declaraciones o ataques.

 

Esta actuación y la acogida favorable que ha tenido en un sector del electorado de los Estados Unidos, especialmente entre la población blanca, de mediana edad, de bajos ingresos y de nivel educacional medio  y la inmunidad demostrada ante las tergiversaciones y falsedades de sus escandalizadores pronunciamientos, ubicaron al mega-empresario convertido en político, en figura central de la actual campaña electoral.

 

Quedó relegado a un segundo plano el “establishment” republicano que comienza a considerar la posibilidad de que el “cerrero” aspirante pueda llegar a tener éxito en sus pretensiones de alzarse con la nominación como candidato a la presidencia. Estas señales vienen de personajes como el presidente del Comité Nacional Republicano, Reince Priebus, quien declaró al Washington Post en un artículo publicado el 3 de enero pasado: “Yo no soy de esa gente que piensa que Donald Trump no puede ganar la elección general. De hecho yo creo que hay una  enorme atracción  para pasarse a su lado de personas que no están políticamente comprometidas a las cuales él les llega … Donald Trump se conecta con la cultura. Alguna gente en la política no lo capta, no lo entiende, les frustra eso. No importa. Él sí”. Spencer Zwick, presidente financiero nacional de Mitt Romney en 2012, comentó al Washington Post sobre la actitud entre los financistas de las campañas electorales: “Una buena cantidad de donantes están tratando de encontrar un camino para entrar en la órbita de Trump”.

 

Trump no es la causa de esta revuelta republicana, sino el catalizador de una crisis en el sistema “bipartidista” de los Estados Unidos.

 

Para arrojar luz sobre la actual situación, vale la pena repasar aunque sea brevemente el desarrollo histórico de este proceso.

 

El Partido Republicano ha jugado desde su fundación en 1854 un papel preponderante en la política de los Estados Unidos. Un republicano (Abraham Lincoln) presidió el país durante los años de la Guerra Civil (1861-1865). En 56 años, de los 72 que abarca ese período, la presidencia estuvo ocupada por republicanos. Para cerrar esa etapa, al último de ellos, Herbert Hoover, le correspondió la espinosa tarea de  ejercer la presidencia durante los años iniciales (1929-1933) de la Gran Depresión.

 

Entre los hechos más destacados de ese período están el desmantelamiento del modo de producción esclavista en los estados sureños mediante la ocupación militar de sus territorios por tropas norteñas y la imposición de gobernadores designados en Washington; la conversión en estados de los territorios situados al oeste del río Mississippi  y el desarrollo capitalista en esa región; la instauración de un régimen de segregación racial basado en normas legales ratificadas por decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos; el enlace de todo el territorio nacional mediante el ferrocarril y el transporte fluvial y marítimo (incluyendo la construcción del canal de Panamá); el desarrollo de las casas financieras y de las corporaciones monopólicas; la captura de territorios fuera del territorio continental en el Pacífico y el Caribe mediante la anexión forzosa de Hawaii y la guerra de conquista lanzada contra España  decadente  que resultó en la ocupación de Filipinas, Puerto Rico, Guam , las islas Marianas y la imposición de un régimen neocolonial en Cuba;  y la participación en la I Guerra Mundial, cuando ya los estados Unidos había alcanzado la fase imperialista de su desarrollo histórico. En  los años desde el inicio de la Guerra Civil y el de la Gran Depresión, fueron electos 13 presidentes, 11 de ellos republicanos y 2 demócratas Los republicanos fueron vencedores en 14 elecciones, mientras que los demócratas lo hicieron en 4 ocasiones. Un presidente demócrata, Andrew Johnson ocupó la presidencia desde el 15 de abril de 1865 hasta el 4 de marzo de 1869 para cubrir los años que restaban del segundo mandato de Lincoln y otros dos republicanos, también cubrieron el resto del  mandato  de dos presidentes republicanos asesinados: Chester A. Arthur ocupó del 19 de septiembre de 1881 al 4 de marzo de 1885 el del asesinado James A. Garfield y  Calvin Coolidge lo hizo del 2 de agosto de 1923 al 4 de marzo de 1925 para reemplazar a Warren G. Harding, muerto por causas naturales.

 

Solo hubo dos presidentes demócratas electos: Woodrow Wilson entre 1913 y 1921(en gran medida debido a las contradicciones internas entre las facciones republicanas) y anteriormente,  Grover Cleveland en dos períodos no consecutivos: 1885-1889 y 1893- 1897.

 

Hubo un brusco cambio en los veinte años entre 1933 y 1953: la presidencia estuvo solo en manos demócratas. Franklin D. Roosevelt fue electo en cuatro ocasiones consecutivas: 1933, 1937, 1941 y 1945. Falleció el 15 de abril de 1945 y su vicepresidente electo para ese último mandato, Harry S. Truman, lo sustituyó por el resto del término presidencial. En las elecciones generales de 1948, Truman ganó la presidencia para un nuevo mandato, frustrando las esperanzas republicanas de recuperar el cargo con la candidatura del gobernador de New York, Thomas Dewey, quien ya se había enfrentado a Roosevelt en las elecciones de 1944. Las encuestas y la mayor parte de los comentaristas y analistas daban como ganador a Thomas Dewey y muchos periódicos aventuraron en las ediciones primeras de esa noche, a pesar de no tener confirmación oficial, titulares de primera plana anunciando: “Dewey derrota a Truman”; el más famoso de ellos lo publicó el Chicago Tribune. En realidad, Truman ganó la elecciones por 303 votos del Colegio Electoral y los demócratas también obtuvieron la mayoría en el Senado y la Cámara de Representantes.

 

Franklin D. Roosevelt dirigió con mano fuerte el país durante los años de la Gran Depresión y de la II Guerra Mundial. El objetivo esencial de su política fue salvar el capitalismo como elemento rector de la sociedad norteamericana. El lema bajo el cual agrupó este programa fue el llamado “Nuevo Trato” (New Deal), el cual había prometido en su discurso de 1932 aceptando la nominación como candidato a la presidencia por el Partido Demócrata y cuyas  bases estableció  mediante más de una docena de importantes leyes promulgadas entre el 9 de marzo y el 16 de junio en los famosos primeros “cien días” de su  mandato. Impuso este programa tanto al sector empresarial con estrictas normas de control económico como a los trabajadores. Esta etapa que fue escenario de fuertes luchas intestinas en los Estados Unidos, eventualmente se trasladó a un  nuevo escenario: la Segunda Guerra Mundial, período en el cual Roosevelt continuó ejerciendo una presidencia autoritaria y obtuvo el respaldo necesario para ser electo en tres ocasiones sucesivas para dirigir el gobierno de la nación.

 

Roosevelt murió el 15 de abril de 1945, cuando ya la II Guerra Mundial tocaba a su fin. Fue el demócrata Harry S. Truman quien ocupó la presidencia de los Estados Unidos en los primeros años de la post-guerra, de la cual Estados Unidos emergió como la mayor potencia económica y militar del mundo. El nuevo orden internacional no abrió una era de cooperación internacional. Por el contrario, primó la confrontación. La “guerra fría” representó la voluntad de confrontación con la Unión Soviética y el campo socialista europeo. La Organización de Naciones Unidas  se creó bajo la égida de un Consejo de Seguridad controlado por los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la China de Chiang Kai Shek, además de la Unión Soviética. El mundo se llenó de pactos y bases militares bajo la égida de los Estados Unidos con el declarado propósito de enfrentarse a la comunidad de naciones socialistas, con una política bautizada de diversas maneras, pero cuyo fin ulterior era la eliminación de esa comunidad; sus más conspicuos ejemplares han sido la OTAN y otros pactos militares ya desaparecidos como la OTASO y el CENTO. Las llamadas “potencias occidentales” emplearon todos los medios a su alcance, incluyendo el militar, para impedir el movimiento de independencia de los territorios coloniales, particularmente en Asia y África, como lo demuestra, entre muchos otros, la guerra lanzada contra Vietnam. En América Latina se elaboró el llamado “sistema interamericano”, del cual la Organización de Estados Amerricanos (OEA) ue el ente coordinador, para imponer una política continental afín a los intereses de los Estados Unidos. Los acuerdos de Bretton Woods establecieron el domino del dólar sobre el sistema financiero internacional. Se desató la carrera armamentista y la práctica del chantaje nuclear.

 

En el orden interno, prevaleció la persecución “macarthista”, persistió la segregación racial y la promoción del consumismo desenfrenado, lo cual sembró las semillas de las cuales germinaron las movimientos de contracultura, contra las discriminación por motivos raciales, contra la guerra y por la paz  que conmovieron al país durante las siguientes generaciones, especialmente en la década de los años sesenta del pasado siglo.

 

Los veinte años de dominio político del Partido Demócrata llegarían a su fin con la ascensión a la presidencia de la nación de Dwight D. Eisenhower. Podemos afirmar que a partir de entonces comienza la etapa más reciente de la política electoral “bipartidista” de los Estados Unidos, que se prolonga ya por 64 años,  Un simple cotejo aritmético indica que el control “bipartidista” en ese período ha sido dividido de manera prácticamente equitativa entre demócratas y republicanos. Hasta la actualidad, de los once presidentes actuantes desde 1953 hasta 2017, cinco han sido republicanos para un total de nueve mandatos electorales (en realidad ha habido seis presidentes republicanos, pero uno de ellos, Gerald Ford, no fue electo directamente ni para el cargo de vicepresidente ni para el de presidente) y cinco demócratas que han obtenido el triunfo en siete ocasiones. El 56% del tiempo los republicanos han ejercido la presidencia y los demócratas, el 44%.

 

Sin embargo, se han producido importantes cambios en la situación nacional. Las características demográficas van cambiando y dentro de pocas décadas la población blanca, anglo-sajona y protestante (los “wasp” – white, anglo-saxon-protestant-, como se conocen en los Estados Unidos), dejarán de ser una mayoría absoluta con relación al conjunta de otros grupos de diferentes características étnicas, de origen geográfico o de profesión religiosa, tales como afroamericanos, latinos, asiáticos, ateos, agnósticos, musulmanes y otros. La distribución de la población por regiones se va polarizando entre urbanos y rurales. El peso específico de la  economía norteamericana  con relación a la mundial ha descendiendo notablemente con respecto al que tenía al terminar la II Guerra Mundial. Valores sociales tradicionales sobre el matrimonio, la familia o las relaciones sexuales se han transformado sensiblemente. Los sustanciales avances en la ciencia y la tecnología, especialmente en las llamadas ciencias del conocimiento como la computación y la informática han introducido cambios en las comunicaciones interpersonales y sociales. En fin, han crecido nuevas generaciones cuyas condiciones de vida y necesidades son sustancialmente distintas a las de las generaciones anteriores al fin de la II Guerra Mundial.

 

Y luego de la Gran Recesión  que irrumpió a partir de septiembre de 2008 con el estallido de la burbuja financiera, se extiende entre gran parte de la población la percepción de que el país se encuentra en una etapa de  declinación.

 

Políticamente ha habido una polarización en cuanto a la prevalencia de republicanos y demócratas. El 90% de los republicanos son “wasps”, mientras que los afroamericanos y latinos son mucho más numerosos entre los demócratas. La población masculina, de edad madura o avanzada, se inclina mayoritariamente por el Partido Demócrata, mientras que los más jóvenes lo hacen hacia el Partido Demócrata, al igual que lo hacen las mujeres. La población rural es mayoritariamente republicana, mientras que la urbana es mayoritariamente demócrata, especialmente en las más populosas  áreas metropolitanas.

 

Esta polarización también se presenta en cuanto a la inclinación política por estados. Entre el 70% y el 80% de los estados se considera que son sólidamente, unos de votación favorable a los candidatos presidenciales demócratas y otros, a los republicanos, mientras que el resto “pendula” entre favorecer a los demócratas o a los republicanos y es en ellos donde realmente se decide la elección presidencial; los más importantes de estos estados “pendulares” debido al número de “votos electorales” según el número de la la población son Florida, Ohio, Carolina del Norte, Virginia y Pennsylvania, pero cualquier estado puede aportar al menos tres votos electorales que hagan llegar a un candidato a alcanzar los necesarios 270 votos de los 538 que constituyen el Colegio Electoral. Los afiliados a los partidos Demócrata y Republicano representan aproximadamente a partes iguales las dos terceras partes de las personas con derecho al voto, mientras que la tercera parte restante se considera independiente.

 

Por último, hay una concentración del voto demócrata que es mayoritario en los estados del norte y centro de la Costa Atlántica y de los de la Costa del Pacífico, mientras que en el resto de las regiones que conforman la mayor parte de la superficie del país, desde la frontera norte con Canadá hasta la costa con el Golfo de México y   la parte sur de la Costa Atlántica el voto mayoritario es por los republicanos.

 

Este es el marco de funcionamiento del “bipartidismo” en los Estados Unidos, elemento esencial para la repartición de las cuotas de poder entre los sectores dominantes y marco para la solución negociada expresa o sobrentendida de los conflictos o contradicciones de intereses entre dichos grupos. Al menos, así es como ha funcionado desde mediados del siglo XIX hasta la fecha.

 

La situación de crisis sistémica que se vive en los Estados Unidos, se refleja con fuerza en este proceso electoral debido a lo vital que resulta para el “establishment” republicano conquistar el poder presidencial, lo cual unido al control hegemónico que ejercen sobre los gobiernos de los estados y los respectivos poderes legislativos le permitiría llevar a cabo su programa conservador republicano. De lo contrario, corre el peligro de ser relegado durante los próximos ocho años a un papel segundario en el esquema “bipartidista”. Diversos líderes republicanos han declarado que si el Partido no conquista la presidencia de la nación es imposible materializar los cambios concebidos en el programa republicano.

 

El problema para el Partido Republicano radica en los conflictos que en su interior se desarrollan entre las fuerzas que integran esa coalición, principalmente entre los conservadores ortodoxos (o tradicionales), los diversos e inconexos grupos del movimiento Tea Party, los cristianos evangélicos y los “libertarios”. Originalmente, los conservadores republicanos han tenido como objetivo un gobierno de poca envergadura, con intervención limitada en la actividad empresarial que no debe ser coaccionada por la actuación gubernamental, con mínimos impuestos y mínimas regulaciones, con un mercado laboral liberado, con un aparato militar fuerte y con una orientación aislacionista en el plano internacional. De ahí el interés del Partido Republicano  en deshacer todos los programas establecidos por la política del “Nuevo Trato” de Roosevelt.

 

El problema radica en que los republicanos nunca han podido conjugar los diversos intereses de cada uno de los factores que integran su coalición. Por ejemplo, los evangélicos rechazan la idea del matrimonio entre personas del mismo género, aunque esto es aceptado por los “libertarios”, por la mayoría de la población y hasta por el Tribunal Supremo; mientras, esos “libertarios” son contrarios a las acciones militares en Siria, cuestión que es reclamada por los grupos del Tea Party; en tanto, el Tea Party es  partidario de reducir los programas de Seguridad Social y de Asistencia Médica (Medicare) a lo que se oponen los pensionados gran parte de los cuales están integrados en los grupos evangélicos cristianos. Incluso entre los forasteros (outsiders) como Donald Trump hay oposición a buscar una solución a la regularización del status de los inmigrantes indocumentados, mientras que el “establishment” republicano es partidario de esa solución. Buscar una fórmula de unidad entre estas posiciones contrapuestas en el interior del partido es una misión imposible.

 

Esta situación da base para elaborar una hipótesis  acerca de cómo la aspiración de Trump puede afectar de manera sensible la estabilidad y hasta la integridad del Partido Republicano y de la fórmula “bipartidista”, manera tradicional que desde hace  más de 162 años atrás funciona el sistema político electoral de los Estados Unidos.

 

Tratemos de imaginar las variantes que pueden presentarse en estas elecciones a partir del papel central que por el momento está jugando Donald Trump:

 

Variante 1: En la etapa de elecciones primarias ninguno de los aspirantes gana la mitad más uno de los delegados necesarios para ser proclamado como el candidato del Partido Republicano a las elecciones del 6 de noviembre. Se producen negociaciones entre las distintas facciones y aspirantes para llegar a un acuerdo sobre el candidato a elegir. En el caso más extremo este acuerdo no se alcanza hasta la propia Convención Nacional luego de varias rondas de negociaciones. El resultado es una fragmentación de la unidad del partido y el desorden en la logística de la campaña electoral, que conspira contra las posibilidades de una victoria republicana.

 

Variante 2: Uno de los aspirantes “anti- establishment”, presumiblemente Trump o Ted Cruz, logra asegurar la mitad más uno de los delegados atrayendo a toda la gama de descontentos  con el “establishment” y a otros grupos que lo ven como la variante menos mala. La tradición indica que el candidato proclamado se convierte en el líder nacional del partido que en este caso significa “poner la iglesia en manos de Lutero” y de ganar las elecciones del 6 de noviembre tendría lugar una recomposición del liderazgo del partido donde el control pasaría a manos de los descontentos. El resultado es que habría un replanteamiento de las políticas o líneas de acción del partido.

 

Variante 3: Uno de los integrantes del liderazgo del “establishment” (Jeb Bush, Marco Rubio, John Kasich, Chris Christie)  es nominado y gana la elección. Como resultado disminuye la influencia de los “anti-establishment” aunque estos reafirman su confrontación con el liderazgo republicano. Si, por el contrario, el representante del “establishment” pierde la contienda se abre la posibilidad de la división del partido y, en caso, extremo su desaparición.

 

Esta visión hacia el futuro tendrá que pasar la prueba de la verdad a partir del comienzo  de las elecciones primarias el 1º  de febrero, cuando se celebren los caucus de Iowa. Después vendrán las primarias de New Hampshire el 9 de febrero, que son una especie de eliminatorias pero pruebas decisivas sobre el potencial que tiene cada candidato para alzarse con la nominación. Habrá que esperar a mediados de marzo para tener una idea más clara de lo que será el futuro. Por ahora, debemos conformarnos con este panorama inicial y sus antecedentes.

 

(Cubadebate)