La desintegración de la MUD es la más reciente victoria de Chávez

Por Clodovaldo Hernández
Si usted cree en la vida después de la vida, puede atribuirle al Comandante el mérito de la última derrota de la oposición: el descalabro de la Mesa de la Unidad Democrática.

Puede pensar que, desde su existencia en otro plano, está protegiendo a la Revolución justo en momentos en que más se necesita. Pero, si usted no cree en esas cosas, puede apegarse al estricto análisis científico social y decir que, en rigor, la alianza opositora entró en barrena y está a punto de desintegrarse “por falta de Chávez”. O sea, que para los efectos finales, es lo mismo.

Ahora que renunció, los analistas dicen que el mérito de haber unido a partidos y movimientos tan disímiles en ideología, tamaño y trayectoria fue de Ramón Guillermo Aveledo, pero la verdad es que ese señor lo que hizo fue tratar de poner un poco de estructura en una organización cohesionada única y exclusivamente por su aversión enfermiza al líder de la Revolución Bolivariana.

Al fallecer Chávez, el saco de gatos opositor estaba condenado a sufrir una crisis de identidad. Tardó un poco en concretarse porque 2013 fue un año demasiado intenso, con la elección presidencial sobrevenida en abril y unas municipales en diciembre.

La derrota de abril, aunque por un margen pequeño, pudo haber sido el martillazo desarticulador, pero los jefes de los diversos partidos apostaron por pasarse el año desestabilizando -junto a sus aliados empresariales e imperiales-, para luego convertir los comicios locales en un plebiscito contra el gobierno nacional y derrocarlo. La apuesta no pudo salirles peor, pues la derrota en alcaldías y concejos municipales terminó siendo también un nocaut fulminante para la MUD como ente nacional.

Maltrecha, en ausencia de Chávez y sin unas elecciones a la vista a las cuales aferrarse, la MUD quedó en 2014 a la buena de Dios, o dicho de una manera menos hereje, quedó dependiendo de quién tomara la iniciativa o se apoderara del timón. Capriles Radonski, que había sido “el líder de la oposición” (así lo llamaban, orgullosamente, los medios privados) durante los dos años anteriores, estaba políticamente hablando en cuidados intensivos, luego del plesbicitazo recibido en diciembre, y con él todas las fuerzas políticas relativamente moderadas. En ese escenario de vacío de poder interno, estaba cantado que el golpismo ramplón iba a hacer de las suyas. Leopoldo López, María Corina Machado y el coleado Antonio Ledezma, se lanzaron con una nueva apuesta arriesgada: tumbar a Maduro a punta de guarimbas y medios internacionales. Una vez estrellados (López preso; Machado sin curul; Ledezma renegado) ya no hay manera de parar el deslave. Moderados y golpistas ramplones están, por igual, tratando de salvar su propio pellejo para luego reinar sobre las ruinas.

Es, no cabe duda, otra victoria del Comandante, esta vez desde la serenidad de su Cuartel de la Montaña. Sea por su influencia desde mundos sutiles o sea por el desarreglo que genera su ausencia, esa Mesa en el despeñadero tiene su nombre y su apellido.

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