oEl que quiere creer o hacer creer algo busca la manera, aunque haya toneladas de pruebas de lo contrario. Quien desee observar este fenómeno antropológico puede aprovechar ahora que está ocurriendo en Venezuela.

 

Ciertamente, los capos del intento de derrocar al presidente Nicolás Maduro, sus operarios mediáticos y mucha gente que milita en la oposición busca nuevas fórmulas para seguir haciendo creer –o creyendo- que fue el gobierno venezolano el que quemó los camiones de la llamada “ayuda humanitaria estadounidense” en la frontera colombo-venezolana, aun después de que hasta algunos de sus propios medios aliados han aceptado que los autores de esa acción fueron guarimberos al servicio de la oposición.

 

Las contorsiones a las que se someten los hechos son casi dignas de inscribirse en el realismo mágico o quizá en una nueva tendencia literaria de estos tiempos de posverdad. Veamos algunos de los reacomodos hechos para que la realidad se ajuste al deseo:

 

Fueron los colectivos

Esta es una excusa de quita y pon. Ha servido desde el comienzo de la Revolución, solo que antes no eran los colectivos sino los Círculos Bolivarianos. La oposición desata la violencia en las calles, llega a extremos de enfermedad psicopática, como quemar a personas rociándoles gasolina, amarrarlas desnudas de árboles o postes o arrojarles botellas llenas de excremento, pero a la hora de echar el cuento, todos los manifestantes eran pacíficos, desarmados, casi hippies en onda de paz y amor, mientras la violencia se atribuye a unos chavistas a los que se califica de malandros asesinos.

 

En este caso, la acusación es peculiarmente fantasiosa porque la acción ocurrió del lado colombiano de la frontera y los videos muestran claramente como las molotov son lanzadas desde esa parte, no desde el territorio venezolano.

 

Para hacer la nueva hipótesis un poco más creíble, algunos llegan a afirmar que las filas de los “libertadores”, es decir de los pacíficos voluntarios que querían introducir la ayuda humanitaria, fueron infiltradas por los malvados colectivos. La pregunta es cómo los dirigentes opositores venezolanos que estaban allí a cargo de la “operación” pudieron ser tan ingenuos como para dejarse infiltrar. También cabe preguntarse ¿por qué no los neutralizaron una vez que cometieron el desafuero de quemar los camiones?

 

Para creer -o tratar de hacer creer- esta versión hay que ignorar no solo los materiales recientemente publicados por The New York Times, sino también otra gran cantidad de videos, fotos y audios que difundieron CNN, televisoras colombianas, Telesur, LaIguana.TV y centenares de particulares.

 

Ese New York Times es comunista


Otro argumento viejo, tan viejo como la Guerra Fría, es acusar de comunista a cualquiera que discrepe de la verdad impuesta por Estados Unidos. Lo curioso es que en este caso se acuse al diario neoyorquino de ser agente del gobierno venezolano o de tener tendencias de izquierda.

 

Se podría pensar que una idea tan desmelenada solo puede salir de mentes febriles de la ultraderecha más recalcitrante. Pero no. A la hora de tratar de creer –o de hacer creer- que Maduro quemó los camiones, hasta ciertos personajes antes dotados de alguna sindéresis han terminado haciendo este tipo de afirmaciones.

 

Curiosamente, la conjetura de que la investigación del NYT es una manipulación mediática va a contramano de sus constantes prédicas acerca de la prensa libre made in USA. Aceptar que un medio como ese podría estar falseando la realidad es una manera de admitir que es cierto lo que los gobiernos de izquierda de América Latina han venido denunciando durante décadas.

 

La imagen de un grupo de venezolanos en Nueva York acusando a este diario de desinformar debe quedar registrada en cualquier estudio que se haga acerca del fenómeno de la posverdad.

 

Pero, igual, el culpable es Maduro


Otros de los que quieren creer –o hacer creer- que el gobierno fue el culpable de lo ocurrido en la frontera se valen de una afirmación que no puede refutarse en términos racionales: si Maduro no se hubiese opuesto al ingreso de la ayuda, nadie la hubiese quemado: luego, él es el culpable.

 

La verdad no importa


Algunos opositores se dejaron de medias tintas y dijeron que cualquiera que no esté alineado con la versión de que el gobierno quemó los camiones es un colaboracionista de la dictadura. Dejaron claro que lo que importa en este caso no es la verdad, sino a quién favorece o perjudica una narrativa determinada de los acontecimientos.

 

Esta postura ha sido asumida por numerosos periodistas, lo cual luce natural porque ellos (y ellas) fueron parte activa de la simulación del 23 de febrero, al respaldar y repetir el relato opositor de que fueron guardias, policías o civiles venezolanos los que causaron el siniestro de las gandolas.

 

En rigor, ante tanta evidencia adversa, deberían admitir al menos que su versión de los hechos podría estar equivocada. Pero ni eso. Con una insólita arrogancia siguen repitiendo un cuento que ya no se sostiene en pie porque lo demolió un medio arquetípico del periodismo capitalista.

 

Desde el punto de vista de la ética periodística, esta posición de que la verdad no importa sino a quién beneficia y a quién perjudica implica un tremendo dilema. Los códigos deontológicos en todo el mundo, y el de Venezuela en particular, exigen al periodista un compromiso nodal con la verdad. Tal parece que esos códigos también fueron quemados.

 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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