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El mismo día que a unos manifestantes violentos en Caracas les arrojaron gases lacrimógenos y chorros de agua, Estados Unidos le metió más de 50 misiles crucero a la semidestruida Siria. ¿Y por quién se preocuparon los organismos internacionales, las ONG de derechos humanos y la prensa mundial? Respuesta: por los manifestantes venezolanos, entre ellos el pobrecito gobernador de Miranda, Henrique Capriles Radonski, a quien le dio un desvanecimiento y un ataque de tos y de estornudos.

 

“Son crímenes de lesa humanidad, que no prescriben, sépanlo, canallas”, advirtieron los políticos extranjeros y los analistas de alto coturno, pero no refiriéndose a la decisión del alocado señor Trump de disparar sus armas de alta tecnología, cual cowboy en una taberna del Lejano Oeste. No. Se referían a los funcionarios venezolanos que mantuvieron el orden público en la ciudad capital, enfrentando los planes de generar el caos, mil veces repetidos, de la derecha local, tutelada por los asesores del Norte.

 

Por cierto, el mismo día, hubo también escaramuzas en Bogotá y en Buenos Aires, con gases y chorros de agua incluidos, pero como esos gobiernos son panas del aparato político-diplomático-mediático, sobre esos otros casos no se hizo alharaca alguna. En esos casos no se habló de “brutal represión”, sino de enfrentamientos entre manifestantes y efectivos policiales. Todo muy objetivo, pues.

 

Con mucha frecuencia se habla del mundo al revés y de la doble moral de los organismos internacionales y de la prensa al servicio de los poderes hegemónicos. Pero esa recurrencia no impide que la gente se sorprenda y se encolerice cada vez.

 

Llevemos las cosas al extremo y traigamos como ejemplo al señor Almagro. Cada vez que un opositor venezolano, con pruebas o sin ellas, salta a denunciar que fue agredido, el secretario del imperio suscribe la queja, sin investigación previa ni llamada a la contraparte y pide derrocar ya a la dictadura venezolana. En cambio, uno de los estados miembros ha salido a agredir a otra nación, sin declarar la guerra, sin plantear el tema ante la ONU, sin avisarle a nadie, y él no es capaz de juntar aunque sea un poquito de dignidad y decir, al menos, que “está preocupado”, ese comodín del vocabulario diplomático, tan apropiado para cualquier cosa.

 

¿Qué pasaría si algún otro país del hemisferio hubiese emprendido un ataque militar contra otro Estado, por la razón que fuera? ¿No habría al menos un llamado de atención, una reunión de emergencia para pedir información? Ni pensar en las desaforadas acciones que se hubiesen desatado si ese país hubiese sido Venezuela.

 

La actitud de Almagro y de la mayoría de perros de alfombra que domina nuevamente el Ministerio de Colonias debería ser cuestionada incluso por la gente de pensamiento de derecha, si tuvieran algo de visión estratégica. El que el país imperial, cuyo territorio está de este lado del planeta, intervenga de manera tan bestial en un conflicto donde se están dirimiendo asuntos de fondo en lo que respecta al dominio geopolítico y militar del mundo, es un tema de seguridad para el hemisferio completo, no un asunto interno estadounidense. ¿O es que acaso no se pone en riesgo al continente entero si se desata una conflagración de mayor envergadura, con participación de otras superpotencias militares (con armas nucleares y otras de destrucción masiva) o de las tan temidas fuerzas irregulares de las que tanto se habla, con las que tanto se aterroriza al mundo? ¿No son México y Canadá zonas de influencia directa, por razones de vecindad geográfica? ¿No son blancos directos los lugares de América Latina donde los canes alfombreros han permitido la instalación de bases militares?

 

Tan solo por esas razones de autoconservación, la deplorable OEA debería estar ahora mismo declarada en emergencia. Pero, más allá de ese instinto primario, una organización que dice estar resteada con las causas humanitarias tendría que exigir explicaciones, de manera muy enérgica, a uno de sus socios cuando demuestra, una vez más, su vocación belicista. Sobre todo por tratarse del socio que con más frecuencia utiliza a la organización como herramienta de intervención en asuntos internos de otras naciones.

 

Por suerte para los burócratas de la diplomacia multilateral, para las ONG de derechos humanos y para la maquinaria mediática global, existe Venezuela, un país donde a un señor gobernador le provocaron un soponcio y un ataque de estornudos.

 

(Por: Clodovaldo Hernández/[email protected])

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