La necesidad de levantar la producción petrolera venezolana ha vuelto a poner la mirada sobre los campos convencionales, que durante 100 años han producido petróleos livianos, ubicados entre los estados Zulia, Monagas y Anzoátegui.

 

Aunque no llegamos a los extremos del profesor Carlos Mendoza Potellá, quien califica la producción en la Faja del Orinoco como una ilusión, ciertamente los costos de producción del petróleo extrapesado de la Faja no parecen ser la salida para la difícil situación de Petróleos de Venezuela.

 

Aquí vuelvo a citar el trabajo de Carlos Mendoza Potellá para poner en perspectiva las potencialidades de Venezuela en la producción de petroleo ligero.

 

“Según las cifras oficiales, en nuestros campos convencionales, la mayorías de ellos proyectos ancianos descubiertos desde hace más de medio siglo, se encuentran reservas probadas reales que superan en conjunto las de muchos países. De acuerdo con las cifras del reporte estadístico de British Petroleum de junio 2018 (…) las reservas probadas de más de 10 grados API de Venezuela son de 89 mil millones de barriles, cifra superior a la de Estados Unidos, Libia, Nigeria, Kasajastán, China y Catar, individualmente considerados”.

 

Es importante considerar los aspectos técnicos de la producción de crudos ligeros. Si bien no tiene las complejidades del crudo pesado, las condiciones de madurez de los campos implican en primer lugar una evaluación de la factibilidad para extraer petróleo en cada campo. No es tarea sencilla. Estamos hablando de 4 mil campos y 14 mil pozos distribuidos en la geografía nacional.

 

En segundo lugar y no por ello menos importante, la definición de la tecnología a usar para la extracción de este petróleo va a determinar en mucho la rentabilidad de las operaciones. De acuerdo con la información que nos han suministrado trabajadores de la industria, desde Pdvsa se optó por una “renovación” tecnológica que en lugar de optimizar las operaciones las complejizó por tratarse de tecnología que nos hace más dependientes, cuyo funcionamiento además se ha visto mermado por fallas recurrentes.

 

En este punto queremos reiterar nuestra preocupación por este aspecto de las operaciones de Pdvsa -el uso de la tecnología y su optimización- porque de ello va a depender en mucho la rentabilidad, un aspecto que parece haber sido olvidado por la tecnocracia que promovió y promueve inversiones con resultados muy pobres para la industria.

 

Operaciones rentables: esa debe ser la premisa en la actual coyuntura geopolítica y económica del país, que también es la coyuntura de Pdvsa. Y el criterio que debe orientar las decisiones en materia de inversión. Un ejemplo sencillo clarifica esta afirmación: los cálculos de los trabajadores señalan que con 5 millones de dólares se puede abrir un nuevo pozo, que en condiciones óptimas produciría alrededor de 800 barriles de petróleo al día, y con esa misma cantidad de dinero se puede restablecer producción en unos 25 pozos, que producen bastante menos de manera individual –unos 100 a 120 barriles diarios- pero que juntos suman entre 2 mil 500 y 3 mil barriles diarios.

 

Con esos números se hace palpable lo que venimos afirmando: las decisiones tienen que volver al sentido común, a priorizar la producción rentable para garantizar que se detenga la caída de la producción y se pueda elevar la misma a los niveles que el Presidente de la República le ha exigido a Pdvsa.

 

Comparto parcialmente el criterio de Mendoza Potellá sobre la factibilidad de la producción de 2 millones de barriles diarios para finales de 2019, lo que luce muy cuesta arriba si no se toman las decisiones correctas, en particular sobre la producción de petróleo liviano, que implica una inversión más manejable en las condiciones actuales y con unos resultados más rápidos.

 

Elevar la producción de petróleo liviano tiene además otros beneficios para la industria: implica aumentar la cantidad de petróleo disponible para la dieta de nuestras refinerías, cuyas operaciones están mermadas por diversas razones que no vamos a detallar en este artículo. Pero también implica un beneficio importantísimo para la industria petroquímica: elevar la cantidad de gas asociado a petróleo disponible para las operaciones de Pequiven, particularmente en el estado Zulia.

 

Allí entra la evaluación de los importantes proyectos gasíferos que se emprendieron en la industria y que permitirían el aprovechamiento de recursos disponibles en abundancia, que abordaremos en una próxima entrega.

 

Unos cálculos conservadores estiman que las inversiones correctas y su seguimiento en la puesta en marcha de las operaciones pudieran elevar la producción de crudos livianos en unos seis meses a cerca de 800 mil barriles diarios. Una cifra nada subestimable pero, insistimos, que va a depender de las decisiones correctas en la industria.

 

Eso incluye los términos de participación de los socios internacionales, así como de la empresa privada que a través de la Cámara Petrolera está haciendo una propuesta para elevar la producción en el corto y mediano plazo. Y sobre todo, incluye el escuchar a los trabajadores. Los mismos que levantaron la producción contra todos los pronósticos en 2002-2003 cuando la tecnocracia saboteó por razones políticas las operaciones. Los mismos que en medio de la crisis económica se han mantenido bajo las más difíciles condiciones en los campos. Es a los primeros a quienes se debe escuchar.

 

(Esther Quiaro / LaIguana.TV)

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