#LoÚltimo
¿Por qué no arde Catia? Artículo de un periódico extranjero
Mayo 21, 2017
La Iguana Google Plus

cuadro-queees.jpg

En Caracas hay en estos momentos un Este salvaje y un Oeste pacífico. Las manifestaciones y las batallas diarias entre policía y jóvenes antichavistas tienen lugar en los distritos acomodados del este como Chacao, Altamira, Sucre. Delante de las sedes del Banco Santander y Telefónica y los hoteles de cinco estrellas, arde la ciudad, mueren veinteañeros todos los días y resuenan caceroladas por las calles cada noche.

 

Sin embargo, en Catia, el enorme barrio popular al oeste de la ciudad, reina la tranquilidad. Así, al menos, lo parece. En el parque Alí Primera (llamado así en honor del mítico cantautor venezolano), se celebra la tarde “Boleros de sabor” y una treintena de parejas baila con movimientos impropios de sus sesenta o más años. Las familias pasean por los jardines bajo la sombra de enormes samanes. Los niños juegan en el tobogán hinchable. “En el este hay disturbios, pero como ustedes pueden ver, aquí en el oeste se mantiene una completa normalidad y acá en el parque se respira la alegría y la paz que caracteriza a los venezolanos”, afirma con celo evangélico Osiris Villanueva, la coordinadora del evento.

 

“Catia es un sector (barrio) batallador; somos muy productivos,” prosigue Osiris. “Hemos aprendido gracias al gran hombre que fue el comandante Hugo Chávez, que nos ensenó un plan de la patria”. Nos presenta a Fausto Zamorano, el responsable del parque, licenciado por la universidad bolivariana de Mérida. “En el este, la clase media y alta se está trancando (encerrando) a sí misma con esas protestas. Hacia el oeste somos clase baja, clase media emergente. Esta es una zona de paz, de disfrute, recreación y rumba”, explica en su oficina adornada con fotos de Hugo Chávez, Che Guevara y Fidel Castro. Pero al otro lado de la calle no hay ni rumba ni paz, al menos paz interior. Una larga cola se extiende desde la parada de autobús y termina unos 50 metros más abajo en la panadería Los Frailes. Hay un precio regulado. Pero en Venezuela hay que elegir entre precios inalcanzables o escasez crónica.

 

De repente se acaba el pan. “Mierda!”, dice una madre que ha venido de otro barrio con su hijo pequeño y lleva media hora esperando. “El arroz está a 8.000 el kilo, pero el pan vuela”, se lamenta y se marcha para coger el autobús de vuelta a casa. “La gente viene de muchos sectores (barrios) donde no hay pan. Yo soy de este sector, pero me quedo sin”, dice Nelson Almeida, costurero de calzado, de 58 años. Otra madre intenta comprar pan a los bachaqueros, los contrabandistas, en la acera de enfrente, donde una barra de pan de campesino se vende por más de 1.000 bolívares frente al precio regulado de 600. “Mi hija se ha ido a Barranquilla, en Colombia. Están mejor allí”, dice.

 

Dentro del establecimiento, el panadero José Ribeiro está a punto de sacar del horno pan dulce. “El pan es el último recurso. No hay espaguetis ni arroz ni harina de maíz para las arepas. Es un desastre y aquí va a haber mucha sangre derramada”, dice Ribeiro, cuya sonrisa de gato de Lewis Carrol delata quizás que el desastre del desabastecimiento no le está viniendo del todo mal.

 

Si la gente pide más pan salado, ¿por qué hacer tanto pan dulce? “Yo recibo 450 kilos diarios de harina de trigo, tengo que vender de todo”, dice. Un cliente responde con menos ambigüedad: “Vende pan dulce porque su precio no está regulado, así que más dinero para él”. “Los panaderos dicen que hay escasez de harina… eso dicen”, resume Nelson, que se ha resignado a comprar 30 unidades de pan dulce por casi el doble de lo que habría gastado en el pan regulado.

 

Esta pequeña escena tal vez ayude a calcular la posibilidad de que se agote la paciencia de Catia y otros grandes barrios populares, hasta la fecha pacíficos, salvo algún saqueo orquestado por bandas de delincuentes. La gran mayoría de la población de Caracas vive en barrios como Catia y si se sumasen a las protestas de las clases medias y altas, difícilmente habría escapatoria para el Gobierno de Nicolás Maduro.

 

No sería la primera vez que Catia derrocase a un presidente. El polígono del 23 de enero que se asoma en el montículo justo detrás del parque Alí Primera fue uno de los focos de los disturbios que estallaron en 1989 tras una subida de los precios. Allanó el camino para un fallido intento de golpe liderado por el joven militar Hugo Chávez que marcaría el principio del fin para el presidente Carlos Andrés Pérez, despreciado por las políticas de ajuste adoptadas con la colaboración del Fondo Monetario Internacional. La estrategia del Gobierno ante el desplome del precio del petróleo ha sido pagar la deuda de la petrolera PDVSA con los ingresos de divisas por la venta del petróleo. Esto supone restringir drásticamente el suministro de divisas a las empresas agroalimentarias que importan materias primas como arroz, trigo, cebada, azúcar… Estas responden mediante subidas de precios y recortes de producción. Para proteger a la gente de la hiperinflación, el Gobierno ha endurecido los controles sobre los precios de los alimentos básicos y ha creado tasas de cambio paralelas del bolívar. Pero, aunque las intenciones sean buenas, el resultado es más escasez y un mercado negro bachaquero. Incluso economistas de izquierdas que han trabajado con la Unasur para ayudar al Gobierno venezolano a salir del atolladero cuestionan esta estrategia contraproducente de control de precios.

 

¿Habrá una explosión en Catia como en el caracazo de 1989? Por mucho que la oposición lo quisiera, la respuesta probablemente es que no. En parte porque los programas de distribución de alimentos, conocidos como CLAP, están empezando a funcionar en barrios populares como este. Las panaderías populares en el centro de Catia, donde no existen los distorsionados incentivos del sector privado de rentabilizar el desabastecimiento, empiezan a generar un suministro público de pan.

 

En segundo lugar, porque sigue habiendo un apoyo residual a Chávez en una población desconfiada respecto a una oposición liderada por miembros de la élite empresarial. Tercero, porque mucha gente rechaza la violencia ya ritualizada de las protestas. “Aquí la gente es chavista, no van a protestar. Yo no soy chavista, pero necesitamos un diálogo. No estoy de acuerdo con las protestas, sólo traen muertes“, afirma Oscar Ávila, de 45 años, que vende plátanos delante de la panadería. La última razón es la más preocupante. “En Catia no pasa nada, las protestas son para el este”, nos cuenta un residente de Catia que conduce taxis para un hotel en el municipio Chacao. “Aquí hay gente que sí quiere manifestarse, pero les dan miedo los colectivos chavistas. El otro día pasaron más de cien de ellos en motos de alta cilindrada y muchos llevaban armas; lo vi yo”, añade.

 

Mientras la cola se alarga ante la panadería Los Frailes, en el vivero-semillero experimental del parque Alí Primera, Fausto Zamorano propone soluciones. “Yo estoy comiendo mucha más banana; mezclada con huevo para desayunar es un buen sustituto del arroz o el pan. Y tenemos que empezar a consumir alimentos nuestros como la yuca (un tubérculo más fácil de cultivar en Venezuela que la patata)”, dice.

 

Luego, para recordar que los chavistas no sólo son soñadores, añade: “Nosotros vamos a defender la paz pero, si en algún momento fuese necesario, tenemos medio millón de colectivos preparados para defender la revolución”.

 

(lavanguardia.com)