La crisis política de la derecha continental es profunda y la prueba es que tiene tanto expresiones electorales como no electorales.

 

Se derrumban uno tras otro varios de los mitos que el capitalismo hegemónico global ha tratado de imponer en su reacción ante la ola progresista de la década pasada.

 

Empresarios “exitosos” son buenos presidentes

 

Uno de los mitos más golpeados en los años recientes es el de que los empresarios que han tenido eso que en el mundo de los negocios llaman “éxito” son automáticamente buenos presidentes.

 

Los pueblos que han caído en esa trampa (o que han sido forzados a entrar en ella) lo han pagado caro.

 

Empresarios “exitosos” son el impresentable Donald Trump, el oportunista Michel Temer, el traidor Lenin Moreno, el destituido Pedro Pablo Kuczynski, el pinochetista Sebastián Piñera y el derrotado Mauricio Macri. También lo es Enrique Peña Nieto, cabeza de uno de los peores gobiernos de México, un país donde esa competencia es muy reñida.

 

En buena medida, el desastroso resultado de los empresarios “exitosos” convertidos en presidentes tiene que ver con lo cuestionable que resultan las historias de sus éxitos como capitanes corporativos. Una revisión seria de sus historias conduce a pensar, casi en todos los casos, que no son más que hijos de papá que han dilapidado las fortunas familiares; mangantes que se enriquecieron a la sombra de dictaduras o de otros gobiernos corruptos; especuladores financieros; o personajes que se han ido una o varias veces a la quiebra. Sin embargo, la propaganda y las manipulaciones mediáticas los han hecho ver como grandes fenómenos de la actividad empresarial.

 

El desempeño de estos personajes en la política ha sumido en el desprestigio a la figura de los presidentes-empresarios. Mal momento para los que siguen acariciando esos planes.

 

El neoliberalismo puede ser popular

 

Otra creencia que el capitalismo hegemónico se ha esforzado por imponer es la que dice que el neoliberalismo puede tener amplio apoyo en los sectores populares.

 

El mito que se ha difundido es que los pueblos reaccionaron contra lo que se califica como “dádivas” (es decir, contra las políticas de inversión social) y ha entendido que debe pagar, a precios de mercado, por todos los beneficios que reciba, incluyendo la salud y la educación.

 

Ha sido una campaña muy bien orquestada, que ha logrado hacer carnes en los estratos medios de la población y en algunos sectores populares. Pero la insaciable codicia del capitalismo atenta contra la cristalización de tal creencia. Los empresarios no se conforman con obligar al ciudadano a apretarse el cinturón, sino que quieren exprimirlo hasta el bagazo. Cuando los trabajadores comprenden que los están explotando sin misericordia con el cuento del libre mercado, reaccionan en las urnas o en las calles, según sea la coyuntura.

 

Los líderes progresistas son corruptos, los conservadores no

 

Otro de los dogmas de fe que ha intentando consolidar la derecha con su más reciente oleada neoliberal es que los líderes progresistas son corruptos, mientras los conservadores son honestos y transparentes.

 

En este caso, la realidad ha sido una dura ejecutora de los desmentidos. Los escándalos de corrupción y hasta de delitos violentos han aflorado alrededor de presidentes y expresidentes de derecha como Kuzcynski, Alberto Fujimori, el desaparecido Alan García y Alejandro Toledo (Perú), Temer (Brasil), Ricardo Martinelli (Panamá), Jimmy Morales (Guatemala), Juan Orlando Hernández (Honduras) y Mario Abdo Benítez (Paraguay). En las calientes calles de Chile se señala a la camarilla de Piñera (incluyendo a su hermano) se ha enriquecido brutalmente con los servicios públicos trastocados en negocios (las pensiones, por ejemplo) y en Argentina no fue por sus dotes felinas que le cancharon el apodo de “Gato” a Macri, sino porque es sinónimo coloquial de ladrón.

 

El servilismo a EEUU tiene apoyo en los pueblos

 

Otra convicción que ha entrado en crisis en estos tiempos –especialmente este año- es la de que el servilismo a EEUU es una postura que tiene apoyo popular.

 

Quienes impulsan esta idea sostienen que la actitud “antigringa” es exclusiva de las minorías comunistas o socialistas de cada país y que, en cambio, las mayorías admiran a la superpotencia y aspiran a que sus naciones se parezcan a ella.

 

Los hechos están demostrando que tal visión corresponde solo a facciones de las clases medias y altas por el corte de los “momios” chilenos, los “pelucones” ecuatorianos y los “escuálidos” venezolanos. En el grueso del pueblo no se rechaza abiertamente a EEUU, pero tampoco se llega al servilismo. La postura supremacista de Trump y otros altos funcionarios del actual gobierno han hecho que muchos simpatizantes de EEUU se tornen al menos neutrales o que pasen al lado del repudio.

 

Los medios de comunicación manejan la opinión pública

 

Una de las creencias más sólidas que se resquebrajan aceleradamente en medio de esta crisis sistémica es la de que los grandes medios de comunicación pueden seguir imponiendo matrices de opinión a través tanto de sus viejos mecanismos de manipulación como de los más modernos, vinculados a las fake news y la doctrina de la posverdad.

 

En pocos meses se ha demostrado que ya no tienen tanto poder como antes. Los resultados electorales en Bolivia, Argentina y Colombia, las protestas masivas en Ecuador y Chile y (en un sentido opuesto) la tranquilidad reinante en Venezuela y Nicaragua son pruebas de que la realidad no es establecida unívocamente por los grandes diarios, radioemisoras y televisoras. Ni siquiera los nuevos medios digitales, con sus batallones de influencers, han logrado torcer la voluntad de las grandes masas. Una buena noticia.

 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

 

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