Un tuit, el sábado 8 de marzo más o menos a las 6 de la tarde. El video registra, al fondo del pasillo, la llamarada que ya casi toca el techo. El resplandor deja a oscuras el primer plano que está tomando la cámara del celular. De pronto, de esa negrura surge un hombre, joven o viejo no se sabe, que arrastra como puede una carretilla con unas pocas máquinas de votación. Debe ser un trabajador del Consejo Nacional Electoral (CNE) y seguro ya sabe el destino del resto de los equipos. Pero son “sus” maletas y él parece dispuesto a salvarlas aunque sean las únicas.

 

Cuando las autoridades del CNE –la presidenta Tibisay Lucena, las rectoras Sandra Oblitas, Socorro Hernández y Tania D’Amelio, y el rector Luis Emilio Rondón- llegaron ese sábado en la tarde al galpón de Mariches, en pleno incendio, esa era la imagen: trabajadores que entraban y salían del “infierno” en un intento vano por recuperar lo irrecuperable; trabajadores tristesal ver esfumarse años de trabajo.

 

Al final de ese día, se extendió en el país una red de mensajes telefónicos de solidaridad entre las funcionarias y los funcionarios con quienes ya no trabajan allí y hasta con venezolanas y venezolanos preocupados por lo sucedido. A mediados de la semana, nada de llorar sobre la leche derramada. Qué hacer y cómo hacerlo ocupa la concentración, la conversación y las acciones de todos y todas. Así funciona el sentido de pertenencia en el CNE.  Ese que les hace tener la convicción de que de ellos y ellas dependen las elecciones y, por ende, la soberanía del país.

 

Así son los trabajadores y las trabajadoras del “consejo”. Gente con la que trabajé por 12 años y de quienes aprendí cómo defender lo nuestro de los ataques de sectores extremistas que por años han intentado destruir la institucionalidad electoral para evitar que las venezolanas y los venezolanos dirimamos nuestras diferencias por la vía democrática del voto.

 

En el Poder Electoral trabajan personas de todos los partidos, de todas las religiones e, incluso, de todas las artes y deportes. Allí se debate, y hasta se pelea. Pero es gente que defiende lo que hace y que está orgullosa del sistema automatizado de votación. ¿Excepciones? Las hay. Pero esos se han ido yendo por donde vinieron.

 

En el 2017, cuando los extremistas asumieron la violencia para impedir las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente no escuché una sola queja por trabajar en medio de las agresiones físicas. Lo que sí registré fue la muerte de una coordinadora municipal de Aragua cuyo cuerpo no resistió la presión del acoso y las amenazas de varios de sus “vecinos”; la golpiza que le dieron a un trabajador por pasar con una franela del CNE cerca de una guarimba en Caracas; el secuestro, amenazas a la familia y las agresiones a una trabajadora del Táchira porque se negó a decir dónde estaban guardadas las máquinas de votación que los violentos pretendían destruir. No fueron los únicos. Son muchos los testimonios de agresiones no sólo de ese año sino también del 2014, cuando a los grupúsculos les dio por “protestar pacíficamente” frente a las oficinas del CNE y apedrearon y hasta quemaron instalaciones.

 

Quien trabaja en el CNE es guerrero, como se dice coloquialmente. Muchos de quienes tienen una vida allí tuvieron que aprender nuevos oficios cuando la automatización se impuso y las viejas tareas dieron paso a las nuevas. Hay quienes prefieren el trabajo de calle y se les conoce en barrios y caseríos porque van de allá para acá atendiendo a venezolanas y venezolanos que nunca habían sido inscritos en el Registro Civil. También profesionales de muy alto nivel –abogados, informáticos, educadores y un largo etcétera- con cuyos aportes se ha construido un importante y reconocido acervo de conocimiento electoral. Hay obreros en cuya memoria reposa buena parte de la historia gestada alrededor de los procesos electorales y a quienes aun le debemos el registro de sus recuerdos. Cuando, en el “consejo” se inicia un proceso electoral, la entrega es absoluta. Con un promedio de uncomiciopor año, la planificación y ejecución de las tareas es hoy algo rutinario. Pero la concentración es total porque, como dicen allí, toda elección es nueva, inédita.

 

El galpón de Mariches representa en el imaginario de los ceneistas, el orgullo por la excelencia. La última vez que entré allí fue en el año 2018. Extremadamente organizado, limpio. La mayoría de las instalaciones aledañas de servicios fueron construidas por los propios trabajadores. Allí había, incluso, una exposición permanente de las máquinas de votación que hemos utilizado las venezolanas y los venezolanos. Hasta las lectoras de Indra estaban allí como un recordatorio de lo que no debemos volver a hacer. ¿Por qué hablamos de los trabajadores del CNE a propósito del sabotaje? Porque ellos son guerreros y, otra vez, reconstruirán lo que haga falta para defender lo que hacen.

 

(Taynem Hernández / LaIguana.TV)

Comentarios Facebook