Cuando el Covid-19 empezaba a propagarse por España, Sofía Siveroni y José Castañares lo contrajeron. Ella estaba embarazada y la tuvieron que sedar para dar a luz, a falta de 12 semanas de gestación.

El relato de Sofía Siveroni no concuerda con la forma de contarlo. La historia parece un drama de tintes épicos y, sin embargo, esta mujer de 38 años suena alegre y cercana. Como si la distancia telefónica o la curiosidad indecente del interlocutor no importasen. Como si, en definitiva, todo hubiera sido un susto y el final se pintara con letras y filtros de celebración.

Cuando el Covid-19 empezaba a propagarse por España, Sofía Siveroni y José Castañares lo contrajeron. Ella estaba embarazada y la tuvieron que sedar para dar a luz, a falta de 12 semanas de gestación.

El relato de Sofía Siveroni no concuerda con la forma de contarlo. La historia parece un drama de tintes épicos y, sin embargo, esta mujer de 38 años suena alegre y cercana. Como si la distancia telefónica o la curiosidad indecente del interlocutor no importasen. Como si, en definitiva, todo hubiera sido un susto y el final se pintara con letras y filtros de celebración.

Sofía descuelga el aparato en medio del fragor doméstico y atiende sin prisas. Ha avisado poco antes: es buen momento porque «la niña se ha dormido». Se refiere a Julia, su hija. El talismán. La superviviente. El centro de una historia que habría sido de portada si las portadas no hubieran estado entonces plagadas de historias como la suya.

Porque este bebé habría nacido estos días y no hace tres meses, cuando lo hizo con apenas seis de gestación y con una madre intubada. Cuando una pandemia universal provocaba en España más de 900 muertes al día. Cuando los hospitales vencían los impedimentos físicos, arquitectónicos y emocionales con tal de luchar contra un enemigo invisible que los colapsaba.

Intercalando datos, palabras de agradecimiento o comentarios de su chico, Sofía va narrando un periplo que podía haberse quedado sin verbalizar. El arranque llega con una frase de novela negra: «Se quedó esperando en la puerta y lo que iba a ser media hora fueron 21 días».

Antes de ese giro de guion, habría que situarse. Sofía y su chico —José Castañares, de 48 años— dieron la bienvenida al mes de marzo en un piso en el distrito de Usera al que se acababan de mudar desde el centro de su ciudad, Madrid. Ambos trabajaban (ella es directora de casting y él músico) y esperaban un nuevo miembro en la familia. Todo correcto, incluso la despdedida de su centro de salud con el análisis del segundo trimestre de embarazo.  

Era viernes, día 6. Lo saben con precisión porque están convencidos de que fue allí. Fue allí donde creen, «en un 99%», que se contagiaron de un virus que más tarde provocaría el estado de alarma y una parálisis total del planeta. «Lo creo porque justo esa semana hacía frío, llovía y yo no había salido casi a la calle», arguye Sofía.

Sea o no el foco de contagio, al día siguiente los dos empezaron a notar un malestar todavía no reconocible como ese nuevo virus procedente de Wuhan, China. «Tuvimos fiebre, mal cuerpo», rememora. Lo sortearon unas horas gracias a una fiesta familiar. «Algunos dicen que fuimos una vacuna, porque muchos tuvieron síntomas leves, lo pasaron y ahora están inmunizados», ríe Sofía, que tuvo que ir dos veces en las siguientes jornadas al nuevo ambulatorio, el de su nuevo barrio. «Me dieron paracetamol y a casa».

Cuando ya notaron que era algo serio, que la tos impedía a Sofía hablar por teléfono o que se ahogaba con cualquier movimiento, fueron a urgencias. «Me salvó mi amiga Natalia, que es médica y nos dijo que tiráramos corriendo», alega Sofía, que entonces, como casi nadie, desconocía el alcance de una patología que en España ha matado a 27.121 personas y contagiado a casi 240.000.

Y ahí es cuando llega ese cebo de suspense lanzado al viento: la espera en la puerta del hospital 12 de Octubre de Madrid. Llegaron a los servicios de urgencias de maternidad y José Alberto se quedó fuera. Cabalgaban entonces las micropartículas del Covid-19 con virulencia y él no pudo ni entrar al vestíbulo. Lo que iban a ser 10 minutos se convirtió en 21 días: del 17 de marzo al 6 de abril.

«Tenía neumonía bilateral y la prueba del PCR positiva», comenta Sofía. Fue inmediatamente ingresada en planta. «Probaron dos tratamientos y no funcionaban. Empecé a empeorar y me dieron hasta ataques de ansiedad, que no podía ni dormir», recuerda quien dice ser «una marmota».

Viendo la evolución, los sanitarios decidieron realizar una cesárea para sacar a Julia. «No querían que la neumonía la afectara y, con la tos que tenía, pedí que me anestesiaran totalmente, por si me movía y cortaban mal», dice Sofía con guasa. Le hicieron caso. Y la media hora de parto sedada aumentó hasta 36 horas en blanco.

«Me intubaron y me desperté un día y medio después, desnuda, sin tripa, con un tubo en la tráquea y en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), con la gente saludándome como si me conocieran y sin saber qué hacía allí», apunta.

Ni ella ni su chico (que, como en una pantalla paralela a la historia, estaba en casa solo, enfermo y sin poder visitarla) vieron el instante en que asomó Julia. En el vientre rondaba el kilo y medio, pero se quedó en 1,1. «Yo la conocí a los 13 días y él a los 18», señala mientras se intuye alguno de los movimiento que ya hace Julia en casa y envía el mensaje que leyó al salir de la sedación.

Mismo hospital, distinta planta

«Tenemos una niña preciosa que está esperando en la pecera a que pases a recogerla. Es bien bonita y la has criado tan bien que ha salido bien fuerte», le escribió José, que había atravesado una odisea desde el ingreso hasta la recuperación del parto, padeciendo el virus y escuchando cómo hasta su amiga médica lloraba por la ineficacia de los medicamentos.

«Estaba en el mismo hospital que mi niña y en distinta planta. Y no podía verla por si la contagiaba. Hasta que me hicieron otro test y di negativo», continúa. Allí le dijeron unas palabras que hoy resuenan como una fórmula mágica: «Puedes ver a tu hija».

Desde entonces, Sofía y José pudieron observarla en la zona de neonatos. Separados. En turnos de mañana y tarde. «Según le quitaban vías, íbamos descubriendo la cara», añade. Antes habían podido disfrutar de primeros planos por videollamada. Fue posible gracias a Andrea, una amiga de la hermana que resultó ser enfermera de ese departamento del 12 de Octubre. «Andrea y Natalia son dos de las personas clave de toda la historia», incide Sofía.

Una historia con el licor del final feliz recién descorchado. La semana pasada, Julia recibió el alta. Sumaba 2,2 kilos, según anota la madre, que enarbola el peso como si cada gramo ganado fuera una victoria. Fueron a buscarla los dos e inmortalizaron el momento con el puño en alto. «Llevábamos mes y medio en el mundo de los neonatos, viendo tragedias y habituándonos al un lenguaje al que no estábamos acostumbrados, como ‘microinfartos cerebrales’ o ‘solidificación’ de los pulmones», sostiene.

La segunda parte de este desenlace positivo fue la presentación en sociedad. Su madre, que cumplía años el 13 de mayo, pidió como regalo «ver a su hija». Y se le ha concedido: se aseguró de no tener el COVID-19 con un análisis negativo y pudo achucharla. A su nieta, no obstante, la saluda desde la distancia, aún protegida de bacterias externas. «Nos hemos dado cuenta de que con salud podemos con todo», sentencia, «relativizando» las pérdidas de ingresos que han sufrido estos meses u otros problemas pasajeros, como que carguen con una fatiga o con alguna secuela tenue que previamente no existía.

Salía del hospital «con muchos miedos». «Es la primera vez que te planteas que puedes morir. Y ahora nos invade una sensación de ser invencibles», justifica, mencionando continuamente la labor de los profesionales: «Nos han salvado literalmente la vida a los tres. Yo ya tenía una idea fantástica de la sanidad pública, pero lo de este equipo ha sido increíble». «Son los auténticos héroes, que si llamabas porque estabas con ansiedad te cogían la mano y no se iban hasta que te calmabas», dice, nombrando a los psicólogos y psiquiatras que también les han acompañado.

«Yo notaba lo mal que estaba, lo que estaba pasando, por la avalancha de gente que me escribía», afirma Sofía, convencida de que Julia va a crecer «al lado» de todas esas personas que les han apoyado. Para algo ha tenido que superar este drama que ahora relata alegre, como si hubiera sido un susto y no un milagro.

(Sputnik)

Sofía Siverino y José Alberto Castañares, padres de Julia, en una foto reciente

Sofía Siveroni y José Alberto Castañares en el hospital, con su hija Julia

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