La igualdad llevada a extremos puede convertirse en una forma de tiranía que nace dentro de la democracia. Tal fue la temprana advertencia de Alexis de Tocqueville, quien estudió el sistema político de Estados Unidos a mediados del siglo XIX.

El trabajo del pensador francés fue el objeto de análisis en el viernes de filosofía y poesía del programa Desde donde sea, que conduce Miguel Ángel Pérez Pirela.

La igualdad llevada a extremos puede convertirse en una forma de tiranía que nace dentro de la democracia. Tal fue la temprana advertencia de Alexis de Tocqueville, quien estudió el sistema político de Estados Unidos a mediados del siglo XIX.

El trabajo del pensador francés fue el objeto de análisis en el viernes de filosofía y poesía del programa Desde donde sea, que conduce Miguel Ángel Pérez Pirela.

“Alexis de Tocqueville fue un personaje del siglo XIX, que estudió el concepto de democracia en lo que él llamó la América, es decir, en Estados Unidos. Él viaja a EEUU cuando la aristocracia ha caído en Europa (a partir de 1789, con la Revolución francesa) y cuando aún en EEUU no existía un concepto de democracia. Para ubicarlo en su tiempo, se encuentra entre la aristocracia europea y el nacimiento de las democracias”, explicó al iniciar su disertación.

“En mayo de 1831, Tocqueville llegó a Nueva York tiene 25 años. Iba acompañado por Gustave de Beaumont, otro magistrado francés. Le preocupa lo que está pasando en Europa porque no encuentra un punto de referencia, un sistema en el cual fundamentarse. Pasa un tiempo recorriendo EEUU y al regresar a Francia publica La democracia en América, que fue una especie de best seller, aunque es una expresión impropia para la época. En el primer volumen estudia las instituciones de EEUU y si podían salvaguardar la libertad del individuo. Luego se centra en el estudio de espíritu de los estadounidenses, del hombre moderno, para el que la igualdad es un concepto fundamental. Esta búsqueda es clave en América. Lo caracteriza como una revolución democrática, buscando más que la libertad, la igualdad. Las sociedades aristocráticas están muertas porque se fundamentan en desigualdad, de jerarquía, mientras las sociedades democráticas oponían al poder absoluto de un individuo, a la tiranía de un príncipe, la libertad del colectivo. Esto cambia la historia del pensamiento político. Empieza a morir el poder de algunos para empezar a buscar el poder de todos. Lo que aparecía como natural, el poder que Dios supuestamente le da al rey, comienza a relativizarse, y se habla más bien de un poder colectivo, fundamentado en la democracia”, continuó.

“Para 1835 se considera que ya el régimen igualitario ha triunfado sobre las aristocracias, pero surge el desafío de cómo conservar la igualdad. Esto es a través de la ley. Nacen los derechos  de los individuos y también los deberes cívicos. Tocqueville plantea que quizá en un sistema aristocrático todo brilla más, es más lujoso, pero eso no significa que sea mejor o peor. En la democracia hay menos esplendor que en la aristocracia, pero también menos miseria. Hay menos altura en el conocimiento, pero hay menos ignorancia. Hay menos placeres externos, pero hay un bienestar general más importante. Es decir, que en su concepto, la democracia es más efectiva para la vida cotidiana del individuo”.

Al observar los riesgos del sistema naciente en EEUU, Tocqueville planteó que estos surgen cuando los individuos se dejan llevar por los instintos salvajes. Él dice que los individuos crecen como niños sin padres. En un gobierno donde todos deciden hay más peligros que un gobierno donde uno solo decide. Pero solo en el primero es posible la igualdad.

“La igualdad entre todos los individuos implica un peligro, que los individuos prefieren ser iguales entre ellos aunque esa igualdad sea para abajo. Prefiere ser igual a ser libre. Así, paradójicamente, la igualdad democrática que se opuso a la pirámide aristocrática, termina lentamente ahogando a la libertad. Esto es lo apasionante de Alexis de Tocqueville”, dijo y citó textualmente al intelectual francés:

“Llegué al mundo al final de una gran Revolución, después de haber destruido al antiguo régimen, a la aristocracia. Ese régimen no había creado nada durable. La aristocracia estaba ya muerta cuando yo comencé a vivir, y la democracia no existía todavía. Mi instinto no podía entonces llevarme ciegamente ni a la aristocracia ni a la democracia. Vivía en un país, Francia, que durante cuarenta años había probado un poco de todo sin pararse definitivamente en nada. No era yo feliz, entonces, con ilusiones políticas. No tenía ni odio ni celos naturales hacia la aristocracia y, ya que esta había sido destruida no tenía yo ni siquiera amor por ella”.

Puntualizó Pérez Pirela que por la democracia, Tocqueville tampoco sentía nada porque no la conocía. “Como uno de los primeros sociólogos de la historia se propone describir lo que está pasando. Contrapone la igualdad a la libertad y dice que la libertad es el contraveneno de la extrema igualdad porque si llegamos a ser absolutamente iguales, dejamos de ser libres. Plantea que la igualdad y no la libertad es el elemento distintivo de la democracia”.

Volvió a citar:

“Los males más recurrentes de la igualdad terminan matando la independencia del individuo. La libertad es libre arbitrio, escogencia, poder moral, propio destino, para el individuo es su deber y su derecho de cuidarse a sí mismo, sin dejarle a nadie la posibilidad de proteger la sacrosanta libertad”.

Resumiendo estos aspectos, indicó que para Tocqueville, la igualdad trae, entonces, consecuencias naturales negativas. Y leyó nuevamente:

“La igualdad es una pasión poderosa, más poderosa para el corazón del hombre que la libertad. No es que los hombres de la edad democrática no tengan un gusto instintivo por la libertad. El gobierno que conciben inicialmente viene electo a través de las personas. La igualdad da naturalmente a los hombres el gusto por las instituciones libres. Pero la libertad no está ligada a ningún estado social. No se podría entonces tener como deseo principal aquel de la libertad por sí misma en un sistema democrático. Los hombres buscan la igualdad y la buscan aunque sean iguales en el mal”.

Enfatizó que Tocqueville nos pone así frente a un peligro grandísimo, lo que él llama la tiranía de la mayoría. Este es el peligro fundamental de las democracias. Todos aplastan las libertades individuales. Recordó que se está hablando del siglo XIX, de las primeras formas de estado democrático. De ahí nace lo que plantea como individualismo. Citó una vez más al autor analizado:

“En los siglos igualitarios, cada hombre busca sus propias ideas, sus propias opiniones, sus propias creencias, no en Dios, no en la iglesia, sino en sí mismo”.

Para Pérez Pirela, esto conduce a una paradoja, pues siempre pensamos que el individualismo nace en sociedades no iguales. Él dice que es todo lo contrario: si se impone la igualdad estamos imponiendo también el germen del individualismo. También dice que en las sociedades igualitarias se pierde de inmediato la autoridad intelectual:

“En tiempos de igualdad, los hombres no tienen ninguna fe los unos en los otros a causa precisamente del hecho de que se asemejan. Pero este mismo hecho de asemejarse les da una fe casi ilimitada en el juicio del público. No les parece a ellos verosímil teniendo todos la misma inteligencia, la verdad pueda encontrarse en la parte, más que en el gran número. El  público asume que la verdad termina siendo una especie de dictadura de la masa”.

Consideró que el autor nos coloca frente a los peligros que puede traer obligar a la gente a ser iguales, cuando dice estas palabras:

“Esta imposición de la igualdad por encima de la libertad tiene  el riesgo de apagar la independencia intelectual de los individuos que paradójicamente, la igualdad en un primer momento había propiciado”.

Subrayó el concepto de Tocqueville sobre el despotismo suave, que consiste en someter al individuo sin la represión que era característica de los regímenes absolutistas. “Dice que es una especie de despotismo intelectual que va a atacar directamente al alma y vaticina que en el futuro ya no se va a torturar físicamente en una plaza pública a las personas porque lentamente las democracias van a esclavizarlas, a torturarlas haciéndolas encerrar en tus pequeños y vulgares placeres”.

Interpretando este pensamiento, el filósofo y comunicador señaló que en las democracias que Tocqueville vislumbraba, los gobernantes le dirían a los gobernados que pueden encerrarse en sus vidas particulares mientras una élite se dedica a pensar. “El poder en manos de todos (que no sé si existe) supuestamente, es el poder en manos de algunos, es decir, de ninguno. Dice Tocqueville que el individualismo no nace del instinto, sino nace de un falso juicio, de un error del espíritu, es un sentimiento ponderado y pacífico que dispone a cada uno a aislarse en la masa de sus similares, a retirarse con su familia y sus amigos. Después de haberse creado una pequeña familia individualista, abandona a la sociedad en general. Los individuos que luchan contra la aristocracia terminan creando una gran igualdad entre todos, una inteligencia colectiva que aplasta al individuo, a la inteligencia individual. La igualdad aplasta a la libertad. El individuo prefiere su pequeño mundo que la sociedad que lo hizo igual. La democracia, que derrotó a la aristocracia, te termina encerrando en tu propio corazón”.

Citó otro pasaje del libro:

“El individualismo es un mal político y un mal social, es  la ruina de la sociedad  porque priva al ciudadano, ahora libre, del civismo, de lo priva de cada sustancia  y hace del individuo un súbdito, un esclavo sin dignidad, de la igualdad democrática por la cual tanto luchó”.

“De la igualdad nace la enfermedad que Tocqueville dice que será la de los países democráticos en el futuro: la anarquía. Los individuos se vuelven incapaces de influenciarse los unos a los otros y son secuestrados por el poder. Si por casualidad el poder falta, en vez de unirse a sus similares, terminan por separarse y nace el desorden, la anarquía y eso da paso a la servitud. Paradójicamente, el individuo en democracia corre el riesgo de terminar siendo un esclavo de su propia igualdad. Y esto lo escribió un señor en el siglo XIX. Él ya sabía que en el futuro no te van a torturar en una plaza, pero te van a encerrar en tu pantalla, en tu restaurant, en tus pequeños ocios, y te van a torturar espiritualmente. Una plácida tortura. Te van a decir que la única manera de que seas algo es que tengas muchos ‘me gusta’ en Faccebook o en Instagram y que la única manera de que existas es que puedas entregarte a tus placeres. Te van a hacer igual para aislarte del resto de los individuos”, dijo.

Pérez Pirela relacionó este contenido con el de dos anteriores estudios hechos en los viernes de filosofía: el mito de la caverna de Platón, con la referencia a las imágenes que reemplazan a la realidad; y Maquiavelo, con la política como lugar del aparecer, no del ser. Luego volvió a citar a Tocqueville:

“Frente a la idea aristocrática de los poderes intermediarios, frente a los derechos inherentes a ciertos privilegiados, nace la idea democrática de un derecho omnipotente, único, de una sociedad de unidad, de ubicuidad, de omnipotencia del poder social para establecer un poder central”.

Para el analista, este es un aspecto fundamental, pues se plantea que  los individuos son absolutamente iguales, pero esa igualdad debe tributar a un poder central que lo acompañe. Leyó otro fragmento:

“La revoluciones igualitarias suprimen entonces todos los poderes intermediarios y solo dejan subsistir una masa que debe soportar el peso de todo”.

Tocqueville se adelanta a criticar ese poder central. Es un peligro inmanente. Es sorprendente porque es el mismo riesgo de la aristocracia, en la que el pueblo se opone a un rey, pero terminan dependiendo, haciéndole caso y sometiéndose a un funcionario de una gobernación, una alcaldía, una vicepresidencia.

“El despotismo antes era violento, pero limitado. El despotismo que vendrá en el futuro será más suave, más dulce y degradará a los hombres sin atormentarlos. Será violento y cruel pero solo en momentos de grandes peligros. El despotismo que viene es inédito y habrá que encontrarle un nuevo nombre para poder señalarlo. Quiero imaginar bajo qué características inéditas el despotismo podrá producirse en el mundo. Veo una masa de muchos hombres símiles e iguales que se esconden en sí mismos, en sus pequeños y vulgares placeres, para de ellos llenar sus almas (…) Cada uno de ellos se hace extraño al destino de todos los otros, y sus hijos y amigos personales forman para ellos toda la raza humana. Por encima de ellos se eleva un poder inmenso y tutelar que, por sí solo, se encarga de asegurarles placeres y de cuidarles su suerte (…) En las democracias donde todos somos iguales, terminamos dándole el poder central al Estado, que al fin y al cabo nos termina quitando la fatiga de pensar y la pena de vivir”.

Para Tocqueville, la única manera de luchar contra los riesgos de la absoluta igualdad es la libertad política y la creación de instituciones libres, participativas, que logren ir más allá del encerramiento del individualismo. El seguro de vida para las democracias futuras es el empoderamiento del territorio a través de pequeñas organizaciones dispersas en todas partes.

Como cierre de la clase sobre Tocqueville leyó:

“Las naciones de nuestros días no podrán impedir que en su seno las condiciones sean iguales, pero depende de ellos que  la igualdad no conduzca a la servitud y que la igualdad pueda llevar a la libertad y no a la barbarie y la miseria”.

“Podemos concluir que Tocqueville era un visionario. A partir de su visión de aristócrata francés en 1835 de la naciente democracia estadounidense, alertó sobre los riesgos de la igualdad y la entrega del poder a quienes terminan encerrándonos en una pequeña y mísera libertad”, finalizó.

Los libros para preparar la disertación fueron:

Alexis de Tocqueville, Tre esercizi di lettura, de Nicola Matteucci 

Profilo de Tocqueville, de Vittorio Decaprariis

Dizionario delle idee, Tocqueville, de Graziella Pisano (editora)

Alexis de Tocqueville 1805-1859, de André Jardin

Tocqueville, de Giuseppe Bendeschi

Grandes obras del pensamiento político, de Jean Jacques Chevallier

Filosofía política contemporánea, de Will Kymlika

Aspectos del pensamiento medieval en la filosofía política moderna, de Yves Charles Sarka

La democracia en América, de Alexis de Tocqueville

Viernes de poesía

Pasó entonces al segmento de poesía reservado para el final del programa de cada viernes. Comenzó leyendo un poema de Jaime Sabines, titulado Espero curarme de ti:

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Luego, leyó el poema Abismo, de Eczoida Ruza, editora de LaIguana.TV:

Parada en el borde escabroso de tu alma
miro una profunda oscuridad
casi tan negra como el sótano sagrado de mis soledades.
Es una pequeña luz, mínima, tipo luciérnaga,
lo que mantiene mis ojos fijos en ti
Y hace que me mantenga armando tus miserias
sabiendo que cualquier día puedes acabar devorándome.
Las piedras más expuestas se sueltan bajo mis pies
y no se escucha cuando tocan fondo.
Con un solo dedo logro sostenerme
de lo que hasta ahora he llamado experiencia.
Eso de ir en caída libre no ha sido nunca mi estilo
pero reconozco que quizás, un día de estos, me suelte.

Atendiendo peticiones del público, declamó Pleito de amar y querer de Andrés Eloy Blanco:

Me muero por preguntarte
si es igual o es diferente
querer y amar, y si es cierto
que yo te amo y tú me quieres.

 —Amar y querer se igualan
cuando se ponen parejos
el que quiere y el que ama.

 —Pero es que no da lo mismo.
Dicen que el querer se acaba
y el amar es infinito;
amar es hasta la muerte,
y querer, hasta el olvido.

 —Dile al que te cuente historias
que el mundo es para querer,
y amar es la misma cosa.

 —Querer no es amar. Amando
hay tiempo de amarlo todo:
a Dios, al esposo, al mundo;
tocar el borde y el fondo
y amar al hijo del pueblo
como al hijo del esposo.

 —¿Querer es ser para uno
y amar es ser para todos?

 —No; amar es amar, y amar
es como amar de dos modos:
a unos como hijos de Dios,
y como a Dios, a uno solo.

 —¿Amar y querer? Parece
que amar es lo que abotona
y querer lo que florece.

 Dicen que amar no hace daño
donde querer deja huella.
Si querer es con la uña
donde amar es con la yema…

 —Querer es lo del deseo
y amar es lo del servicio;
querer puebla los rincones,
amar puebla los caminos;
queriendo se tiene un gozo
y amando se tiene un hijo.

 —Amar es con luz prendida;
querer, con la luz apagada;
en amar hay más desfile,
y en querer hay más batalla.

 —Luego querer no es amar;
querer es guerra con guerra
y amar es guerra con paz…

 —Querer no es lo que tú sientes,
querer no es lo que tú piensas;
tu querer de agua tranquila
ni bulle ni arrastra piedras.

 Querer no es esa apacible
ternura que no hace huella.
Querer es querer mil veces
en cada vez que se quiera.

 Querer es tener la vida
repartida por igual
entre el amor que sentimos
y la plenitud de amar.
Es no dormir por las noches,
es no ver de día el sol,
es amar sin dejar sitio
ni para el amor de Dios.

 Es tener el corazón
entre las manos guardado,
y si ella pasa, sentir
que se nos abren las manos;

 Es tener un niño preso
y envejecido en la cuna;
querer es brasa que vive
de la propia quemadura;
es no reír, porque hay algo
de lágrima en la sonrisa;
es no comer, porque sabe
a corazón la comida.

 Es haber amanecido
sin habernos explicado
cómo sin haber dormido
pudimos haber soñado.

—Todo esto es querer y amar,
y amar es más todavía,
porque amar es la alegría
De crearse y crear.
Es algo como una idea
que inventa lo que se quiere,
porque al quererlo lo crea.

 No hay un hombre que supere
a la versión que de ese hombre
da la mujer que lo quiere;
ni existe mujer tan bella,
ni existe mujer tan pura
como la que se figura
el hombre que piensa en ella.

 Por eso, al estarte amando,
si con un amor te quiero,
con otro te estoy creando,
y tú, en el amor que sientas,
si con un querer me quieres,
con otro querer me inventas.

 Pero allí no se detiene
la creación del amor
e inventa un mundo mejor
para el que ni mundo tiene.

Y el amor se vuelve afán
de gritarle al pordiosero:
—“Quiero, y porque quiero, quiero
que nadie te quite el pan”
Que nadie te quite el vino,
que no te duela en los pies
la limosna del camino;
que te alces, alzado y frío
el puño de tu derecho,
prestado en rabia a tu pecho
el amor que hay en el mío.

 Del obrero y sus quereres
todo el rescoldo se vea
cuando haga la chimenea
suspirar a los talleres,
Y en la voz del campesino
vaya un poco de mi amor,
como de savia en la flor,
como de agua en el molino.

 Y así el amor es caricia
que se nos va de las manos
para servicios humanos
en comisión de justicia.

 

Amar es querer mejor,
y si le pones medida,
te resulta que el amor
es más ancho que la vida.

 Amar es amar de suerte
que al ponerle medidor
te encuentras con que el amor
es más largo que la muerte.

 Y en el querer lo estupendo,
y en el amar lo profundo,
es que algo le toque al mundo
de lo que estamos queriendo.

Luego leyó Amor prohibido, de César Vallejo:

Subes centelleante de labios y de ojeras!
Por tus venas subo, como un can herido
que busca el refugio de blandas aceras.

Amor, en el mundo tú eres un pecado!
Mi beso en la punta chispeante del cuerno
del diablo; mi beso que es credo sagrado!

Espíritu en el horópter que pasa
¡puro en su blasfemia!
¡el corazón que engendra al cerebro!
que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste.
¡Platónico estambre
que existe en el cáliz donde tu alma existe!

¿Algún penitente silencio siniestro?
¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor!
… Y saber que donde no hay un Padrenuestro,
el Amor es un Cristo pecador!

Posteriormente decla el poema La historia de los amores imparables, de una persona a la que solo identificó como Marguan:

Me dicen que es de tontos tropezar tres veces con la misma piedra
pero es que tú eras una piedra sobre la que merecía la pena caer,
resbalarse, hacerse herida
Porque hay personas que merecen nuestra herida.
Personas que mancharon todo de felicidad
y contrataron la alegría y la volcaron sobre ti
como quien arroja un cubo de esperanza.
Personas que empapan tu vida con su risa
Y ahora, que no están, no dejan cuerda de tender
donde seque esta tristeza.
Me dicen que es de tontos, que lo deje
porque huir del compromiso es el deporte que practicas
y tal vez estén en lo cierto, pero no saben que tu boca
es el ticket de entrada al paraíso
como una esperanza que se cuela adentro
Y dueles, claro que dueles
como un regalo que, al abrirlo, está vacío
como el premio que te sacan de las manos
Y dueles, pero yo sé que solo hay miedo tras tu huida
que me tiras las flores de los tiestos por el miedo
a que no haya champange con qué reglarlas.
Que tu huida es un descanso
que el amor se toma un tiempo sobre ti
para que los temores no caven más hondo que tus entrañas.
A veces no hay parejas que no se amen
sino temores que no se vencen.
Pero siempre vuelves, siempre llegas de nuevo
para estampar en mi cuarto el paraíso
para darle un nuevo orgasmo a mi memoria
un motivo más para creer
Y sé que no es fácil, que me hago herida nuevamente
en cada travesía desde mi lengua hasta la nada
Pero me curas de nuevo en tu viaje de vuelta hacia nosotros
Me curas, muerdes mis heridas y las arrancas de golpe
y allí, donde había piel rota y soledad, solo encuentro
piel nueva, alma restaurada.
Por eso acepto todo lo que caiga sobre mí
cuando te vayas.
Acepto que me elijas y me sueltes
que la felicidad sea un disparo
lo que dure este momento
Acepto las tres llamadas pendientes que cuelgan de mi vida
con las que no sé qué hacer para que no revientes de pasado el paisaje
y también los domingos en que siento que la vida está comunicando.
Lo acepto todo si eso abre la puerta
a que mis lunes sean tus lunes y mi foto tu desvelo
y mis guerras un motivo por el que hallar la paz contigo.
Me dicen que te olvide y tienen razón
pero lo dicen porque no saben lo ligeros que son dos amantes
cuando es correspondido
No entienden que te necesito
Te necesito porque despedirse es una palabra demasiado grande
y no lo entienden
y porque me están subiendo los tres polvos de más que te debo.
Como una droga que no consumes pero te afecta
y no lo entienden
Y vuelvo a ti porque no es posible ponerle vallas al amor
y cada uno elige el modo de volarse
y no lo entienden
¿Dependencia? Por supuesto, de la felicidad que traes
de ser nosotros, posiblemente.
Les digo eso. Por eso vuelvo a ti, a chocar de frente contra la felicidad,
a caer de boca contra la felicidad
a romper mis dientes contra la felicidad.
Me equivoque o no, para mí eres eso
la calle que conduce a la felicidad.

Quiso finalizar el espacio con Al perderte, de Ernesto Cardenal:

Al perderte yo a ti
Tú y yo hemos perdido:
Yo porque tú eras
Lo que yo más amaba
Y tú porque yo era
El que te amaba más.
Pero de nosotros dos
Tú pierdes más que yo:
Porque yo podré amar a otros
Como te amaba a ti,
Pero a ti no te amarán
Como te amaba yo.

(LaIguana.TV)

 

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