Miguel Ángel Pérez Pirela destinó la edición 129 de Desde Donde Sea correspondiente al «viernes filosófico», a presentar ante la audiencia los principales fundamentos del concepto de contrato social desarrollados por Jean Jacques Rousseau en su obra homónima. 
 
La exposición de estas ideas, explicó, se sucede a la presentación de las nociones platónicas acerca del conocimiento recogidas en el Mito de la Caverna, a los desarrollos de Nicolás Maquiavelo en El Príncipe y se emparenta en cierto sentido con lo que Thomas Hobbes presenta en el Leviatán, pues se trata de una teoría del contrato, distinguiéndose en que para Rousseau el estado de naturaleza no parte de una concepción negativa del ser humano sino de su opuesto: el buen salvaje. 
 
Pérez Pirela sostuvo que Jean Jacques Rousseau, quien vivió entre 1712 y 1778, coincidiendo con el tiempo del Iluminismo, fue perseguido por sus ideas y sus libros, Emilio o de la educación y El contrato social, fueron proscritos por el poder legislativo de París de entonces, lo que le obligó a vagar por Europa durante largos años y lo sumió en la pobreza. Empero, la trascendencia de sus planteamientos –cuya influencia marcó a toda la Filosofía Política posterior a él, incluso la del siglo XX– lo posiciona «como uno de los más grandes pensadores de la historia de la humanidad».
 
En líneas generales, acotó el experto, su obra puede inscribirse dentro del contractualismo, una corriente a la que también pertenecen los filósofos Thomas Hobbes y John Locke. 
 
En El contrato social, Rousseau plantea un estado de naturaleza idílico que se degenera moralmente por efecto de la civilización, a la que caracteriza en términos de degradación y corrupción del ser humano. Ese estado de naturaleza «no es histórico ni verificable» y funciona más bien como «una hipótesis de trabajo en la que el hombre es independiente, libre y solitario», de lo que se desprende que en tal orden de las cosas, no existe comunidad alguna. 
 
Incluso, continuó explicando, el apareamiento persigue fines estrictamente reproductivos y se concreta a partir de encuentros casuales. Ni siquiera la relación filial madre-hijo escapa de esa aparente ausencia de vínculos, pues para Rousseau, la atadura troca su fin cuando el hijo ya no depende de ella. 
 
Así las cosas, bajo esta definición de estado de naturaleza, el hombre no posee noción de futuro ni proyección de sí mismo, vive en el presente, pues su objetivo es la sobrevivencia.
 
En este estado de naturaleza definido por Rousseau, los hombres son egocéntricos, aunque ello no entraña ningún peligro para la relación con los otros, porque se compensa con una suerte de «piedad» natural frente a los problemas de la alteridad y sus deseos están ligados a las necesidades, siempre sencillas. Por tal razón, no entran en conflicto con los del resto. Y si bien asume que existen desigualdades naturales como la edad, la fuerza y el cuerpo, la sencillez de las necesidades en el estado de naturaleza y la abundancia de bienes, impiden que dichas desigualdades se traduzcan en competencia.
 
No obstante, ese estado de naturaleza idílico no es ni por mucho permanente y Jean Jacques Rousseau afirma que al comenzar la especie a multiplicarse, crece la escasez de bienes, aparecen los conflictos y los humanos se ven forzados a cooperar entre sí, un punto que marca el nacimiento de la sociedad primitiva, en la que surgen el lenguaje y la comparación entre individuos.
 
De la comparación brota a su vez la envidia y surgen «las primeras acciones culturales», agricultura y metalurgia, que en tanto «empresa humana», signan la aparición de la propiedad privada, de cuyo tronco germinan a su vez la acumulación, el poder y la riqueza; es decir, nace la desigualdad, que se expresa, según Rousseau, en que prontamente unos individuos comienzan a tener más que otros y ello trae consigo un primer momento de conflicto, en tanto quienes más tienen, más quieren tener y los que menos tienen, quieren poseer aquello que tienen los que más tienen. 
 
Es en este caldo de cultivo aparecen los conceptos de egoísmo y envidia y como inevitable consecuencia, muestra la quilla el barco del conflicto violento y también la inseguridad. 
 
En este punto, Pérez Pirela subrayó que la idea presentada previamente podría asemejarse a la que desarrollara Hobbes, quien sostenía que en aras de la seguridad colectiva, los individuos cedían parte de esa libertad individual que les sometía al conflicto al Leviatán. Sin embargo, para Jean Jaques Rousseau, esa cesión no se hace a un ente externo, sino que el poder se cede a una «voluntad colectiva».  
 
En esta sociedad primitiva surge un primer contrato social que Rousseau no comparte, puesto que se le da poder a los poderosos y la ley se ejerce por la fuerza. De esta manera, los individuos renuncian a sus derechos naturales y se los otorgan al Estado, que plantea un contrato cimentado en un pacto injusto.
 
La razón de esta injusticia, aclaró, consiste en que aunque el Estado se compromete a preservar la paz social, ello se hace a costa de mantener el orden social injusto vigente, que se sustenta en la ambición de los ricos y contrapone a la envidia de los pobres. Así, la desigualdad, que es consecuencia de la propiedad privada, queda legitimada por este pacto y se le garantiza el uso de la fuerza a los más poderosos. 
 
El orden social resultante permite el advenimiento del llamado «progreso científico y técnico», una idea que a contramarcha de sus contemporáneos ilustrados, Rousseau criticará con vehemencia, asegurando que éste no se ha traducido en progreso moral para la humanidad ni ha hecho a los seres humanos más felices. Más bien afirma lo contrario: las ciencias y las artes han traído corrupción –en amplio sentido– y de ellas han surgido la ambición y la mentira. De la elocuencia del orador, sostenía, había surgido la superstición y de ésta, la Astronomía, mientras que la avaricia del comerciante –atada a la ambición– habría dado lugar a la Aritmética.  
 
En síntesis, para Rousseau, ese contrato social soportado en las raíces de la desigualdad, da lugar a una sociedad fundamentada en ideas absurdas, donde reina la hipocresía. 
 
Al referirse concretamente a la propuesta de contrato social que Jean Jacques Rousseau desarrolla para superar el existente, Miguel Ángel Pérez Pirela advirtió que no es posible regresar a ese estado de naturaleza del «buen salvaje», porque no es un estado histórico sino una hipótesis. En su lugar, el filósofo suizo apuesta por definir dos caminos necesarios: en primer lugar, a través de la educación, un aspecto que desarrolla en su Emilio o de la educación y en segundo, por medio de la acción política, que es sobre lo que versa El contrato social. 
 
En este último tratado, Rousseau afirma que el pacto heredado de la sociedad primitiva es ilegítimo porque es injusto, en vista de que la ley derivada de él no defiende el bien común sino el privilegio de los ricos y los poderosos. 
 
En contraste, el nuevo contrato social que propone, exige que los contratantes estén en un nivel equivalente de condiciones, entendida ésta en términos de la riqueza que poseen. Citando textualmente a Rousseau, ilustró: «nadie tendrá tanto que pueda comprar a otro ni tan poco que se vea obligado a venderse».
 
La frase, que puede considerarse el epicentro de su definición de contrato social, en su parecer «determina absolutamente todo el devenir jurídico, político y ético de la modernidad y del mundo contemporáneo» y todavía más lejos, pues su alcance se extiende incluso hasta la obra del contractualista contemporáneo John Rawls.
 
En su obra «A theory of justice» –Una teoría de la justicia, por su título en castellano–, Rawls impone como condición para su contrato que las condiciones entre los contratantes han de ser exactamente iguales y como garantía a este supuesto, indica que todos los contratantes han de tener un cierto velo de ignorancia acerca de quién es el otro, para evitar las actuaciones egoístas y garantizar una especie de «igualdad de origen».
 
Volviendo a El contrato social, Pérez Pirela insistió en que Jean Jacques Rousseau «desconfía mucho de la propiedad privada» y puntualizó que en muchas de las ideas desarrolladas por el filósofo alemán Karl Marx puede identificarse «un componente y una fundamentación en el concepto de propiedad privada de Rousseau», si bien en ningún momento éste último prohíbe la existencia de la propiedad privada.
 
En plena correspondencia con la actualidad, indicó que Rousseau nos advierte que una sociedad con grandes diferencias de riqueza, es una amenaza continua para las libertades políticas y achaca el fracaso fundamental del pacto original a esa desigualdad, puesto que los ricos no solamente desearán serlo cada vez más, sino que pretenderán que la ley les garantice ese privilegio. 
 
Por ello, en su parecer, «es lo que se ve en sociedades desiguales actuales»: verdaderas bombas de tiempo, en las que los que tienen más, quieren tener cada vez más y los que menos tienen, quieren poseer aquello que poseen los que más tienen.  
 
A continuación, procedió a explicar en qué consiste el concepto de pueblo, fundamental, desde su punto de vista, para comprender cómo es que Rousseau plantea que se puede superar el pacto social corrompido en el que devino «el buen salvaje».
 
En Rosseau, detalló, «el pueblo tiene un poder absoluto, indivisible e irrepresentable» y es en el soberano es que debe fundamentarse el contrato social. De este modo, el individuo renuncia a sus derechos naturales y se somete a la voluntad popular –que no es en este caso, sinónimo de voluntad de la mayoría, que puede equivocarse– fundamentada en la razón, que por estarlo es la única que puede elaborar las normas que rigen la justicia, instancia encargada de procurar el bien común.
 
La voluntad de la mayoría, subrayó, puede estar mediada por intereses egoístas y ello se traduciría inevitablemente en la consecución de objetivos que no apunten al bien común, mientras que «la recta razón», para Rousseau, por una parte dicta igualdad y por otra, libertad. «Nacemos libres e iguales y en la sociedad nacen la esclavitud y la desigualdad» y por ello, la recta razón dicta que debemos volver a ser iguales y libres, porque en la corrupta sociedad civilizada las leyes las hacen unos pocos y el resto, las padece.
 
Haciendo referencia a la importancia que tiene para Rousseau la superación de la desigualdad como base fundamental para suscribir un nuevo contrato social, el también director de La Iguana.TV citó un pasaje del Discurso sobre el origen y el fundamento de la desigualdad entre los hombres:
 
«El primero al que, tras haber cercado un terreno se le ocurrió decir esto es mío y encontró personas lo bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores no habría ahorrado al género humano quien, arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiera gritado a sus semejantes: ‘¡Guardaos de escuchar a este impostor!’; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie».
 
Por el contenido, acotó, hay quien pudiera pensar que se trata de un texto de Marx o una idea derivada de las teorías de liberación que se han producido en América Latina, pero no. Mucho antes, ya en pleno siglo XVIII, Jean Jacques Rousseau advertía que el curso de la historia humana habría podido ser completamente distinta si entonces, cuando se instituyó el acto fundacional de la propiedad privada, alguien hubiera alzado su voz para oponerse a ello. 
 
Justo por esa razón, para superar la sociedad que se sustenta en la desigualdad, Rousseau plantea un contrato social en el que el pueblo todo participa en la creación de las leyes, de modo tal que «en la medida en que creamos las normas y leyes, somos soberanos; en la medida en que obedecemos a dicha ley, somos esclavos», lo que implica que el individuo es a la vez soberano y súbdito.
 
El nuevo contrato social nos hace libres porque obedecer una ley justa que es expresión de la voluntad general, nos orienta hacia el bien común y nos hace libres. También nos trae, por una parte, igualdad política, porque todos participamos del poder al momento de crear las leyes y libertad civil, porque nos sometemos a la ley que nos estamos dando. 
 
Para concluir, Pérez Pirela precisó que «nuestra libertad» se asienta en «la voluntad general fundamentada en la recta razón y no en la mayoría» e invitó a la audiencia a emprender el estudio de la Filosofía, una actividad que, sin dudas nos hace más libres y menos propensos a sucumbir a ofertas engañosas de políticos y politiqueros. 
 
Ese ha sido, agregó, el interés de alimentar «un camino de divulgación filosófica» cada viernes en Desde Donde Sea y que nos ha llevado a estudiar, hasta ahora, el mito de la Caverna, el concepto de contrato social de Hobbes, el de democracia de Tocqueville y los conceptos de estado de naturaleza y de contrato social de Rousseau. 

 

(LaIguana.TV)

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