Luego de  23 años de guerra mediática sin tregua contra Venezuela, Estados Unidos anuncia que irá a la guerra mediática contra la nación suramericana. Es cínico, es trágico, es hasta cómico.

Desde 1997, cuando el comandante Hugo Chávez Frías comenzó a despuntar en las encuestas como opción presidencial, y hasta el sol de hoy, EEUU ha encabezado las más violentas iniciativas mediáticas para incidir en la política venezolana y cambiar el rumbo que, mediante elecciones, el pueblo ha tomado. Un breve recuento de los principales episodios de esta guerra comunicacional pone en claro cuán vieja y pertinaz es esta estrategia.

El genocida en serie Elliott Abrams (autor intelectual de masacres y atentados en El Salvador, Guatemala y Nicaragua, que se sepa) fue el encargado de dar esta «noticia» con más de dos décadas de atraso.

Los reportes periodísticos dicen que «Estados Unidos alista una nueva estrategia contra Venezuela en la que usará los medios de comunicación como parte de su campaña de presión contra Maduro».

Abrams, también instigador de las guerras e invasiones de EEUU en este siglo, explicó que Washington planea la puesta en marcha de medios de comunicación para radio, televisión e internet, con el fin de lograr penetrar el territorio venezolano.

Abrams hizo su intervención en una conferencia en línea patrocinada por el Instituto Hudson, uno de los más influyentes think tanks de Washington, entes que, como dice el profesor canadiense Rodrigue Tremblay, «proporcionan funcionarios gubernamentales para realizar informes políticos sobre diversos temas, normalmente con una visión muy conservadora».

23 años de guerra

Los primeros movimientos de la guerra mediática de EEUU en Venezuela fueron contra el potente movimiento político que tomó el cauce electoral en 1997. Cuando el establecimiento político de entonces se percató de que su bote salvavidas, la candidatura de la exmiss Universo Irene Sáez, comenzaba a desinflarse, y que la opción de Chávez crecía aceleradamente, casi toda la industria mediática del país se alineó detrás de las desesperadas jugadas de la derecha para evitar la debacle.

Washington fue parte protagónica de esas alineaciones, a través de frecuentes intromisiones diplomáticas y mediante la acción unificada de los medios estadounidenses de la época, que fue de gran desarrollo para las cadenas de noticias como CNN y Fox News.

Ya con Chávez en el poder, la casi totalidad del aparataje mediático intentó en vano impedir la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente y, en vista de que tampoco fue posible detener ese proceso, dirigió el esfuerzo a tratar de que el pueblo rechazara la nueva Carta Magna.

Todos contra Chávez

Para el 2000, los pocos medios que habían dado apoyo a Chávez, se le voltearon al constatar que el nuevo presidente no sería su marioneta. La guerra se tornó entonces en un todos-contra-el-gobierno y en esa tónica llegó el golpe de Estado de abril de 2002, que según todas las evidencias, incluyendo confesiones e infidencias de los protagonistas, fue principalmente un golpe mediático, estrechamente coordinado por el Departamento de Estado. Ya en ese momento, la perversa figura de Abrams aparece detrás de bastidores.

Rabiosamente mediáticos fueron también los siguientes capítulos de la saga, incluyendo la “rebelión militar” de plaza Altamira y el paro-sabotaje petrolero y patronal. La intoxicación comunicacional de esos meses llevó a sectores de la población a estados mentales alterados de los que a estas alturas, 18 años después, muchos siguen sin recuperarse.

Tal vez sea en algo así en lo que están pensando ahora Abrams y sus secuaces. Solo que muchos de los medios que entonces eran estelares ya no existen, han modificado sus líneas editoriales o están limitados a pequeños públicos. En buena medida, el hecho de estar convertidos en chatarra es la consecuencia de su incursión en una guerra mediática en la que salieron perdedores.

2004 a 2013: de conjura en conjura

El uso de los  medios de comunicación como arma de primera importancia en el ataque contra la Venezuela bolivariana siguió en 2004, con el respaldo al primer intento de la ultraderecha por derrocar al Gobierno mediante focos de disturbios urbanos, las mal llamadas guarimbas.

También ese año, los medios, actuando al unísono en un escenario que dominaban ampliamente, hicieron todo lo posible para relativizar y ridiculizar la denuncia del Gobierno sobre la operación paramilitar de la finca Daktari, desmontada por los organismos de inteligencia. Igualmente en 2004 todos los medios nacionales y extranjeros se alinearon contra Chávez en el referendo revocatorio.

Los medios fueron el factor decisivo en 2005 en la decisión de la coalición opositora de boicotear las elecciones parlamentarias, según lo reveló luego uno de los principales dirigentes partidistas, Henry Ramos Allup.

En 2007, la canalla mediática sufrió una gran baja con la no renovación de la concesión del canal de televisión de señal abierta RCTV, uno de los más encarnizados enemigos del proceso revolucionario desde 1997. En ese año, sin el concurso contumaz de los medios no hubiese sido posible crear el clima de agitación que condujo a la derrota del proyecto de Reforma Constitucional y a la promoción de un grupo de jóvenes de ideas ultraderechistas, al estilo de los movimientos fascistas que llevaron a cabo las llamadas revoluciones de colores en Europa oriental.

Durante los años siguientes, hasta 2011, la maquinaria mediática no descansó en sus conspiraciones, pero fue poco lo que pudo lograr. Le ocurrió lo mismo que a su par, la oposición política, que andaba de capa caída ante un Chávez en todo su esplendor. Pero ese año encontraron una veta en la que mostraron su impronta más perversa, al cebarse en la enfermedad del presidente Chávez. En eso estuvieron hasta marzo de 2013, cuando el mandatario falleció y aún luego porque han seguido trabajando sistemáticamente en contra de la memoria que de él guarda buena parte del pueblo venezolano y de muchos otros países.

2013: bajas en el frente de batalla

Ese año, el batallón mediático sufrió también bajas considerables, cuando los dueños de varios de los medios más radicalmente antichavistas decidieron venderlos a grupos empresariales que asumieron líneas editoriales e informativas diferentes. Fue una derrota infligida a la derecha mediática con las armas melladas del capitalismo, como hubiese dicho el Che Guevara, porque habló la voz del dinero. Sea como sea, en fin, fue una derrota.

Es posible que los medios que pretende crear Abrams sean los que hagan el papel que dejaron de desempeñar los medios vendidos (por sus dueños) en ese tiempo.

En ese mismo 2013, mientras se completaban estas jugadas, el resto de la maquinaria mediática, especialmente la que tiene su sede en otros países se mantuvo en guerra alentando aventuras como la «calentera» del derrotado Henrique Capriles, que ocasionó más de una decena de muertes, y trabajando en intensas y cotidianas campañas de desprestigio del presidente Nicolás Maduro. Ese mismo año se intensificó la guerra económica y el componente mediático fue fundamental para que tomara cuerpo.

2014-2017: Más y peor violencia con apoyo mediático

En 2014, aliados a los sectores más antidemocráticos de la derecha, los medios de comunicación le dieron ánimos a un nuevo intento insurreccional mediante un tipo de violencia foquista. Se trata de hechos muy localizados en enclaves de la clase media y alta por lo que el papel de los medios es trascendental para generar, a escala global, la impresión de que está en marcha una gran rebelión popular antigubernamental. 

Entre ese año 2015 y 2017, los medios fueron un pertrecho estratégico en la intensificación de la guerra contra el pueblo a través del desabastecimiento, el acaparamiento y la especulación con bienes de primera necesidad. En este tiempo, una red de diarios en EEUU, América Latina y Europa dedicaban varias páginas diarias a denunciar temas como las grandes colas para comprar pan o papel higiénico. Su finalidad era pintar a Venezuela como un infierno y culpar al Gobierno de los males ocasionados intencionalmente por el empresariado y la clase política reaccionaria.

En 2016, tras la victoria opositora en las elecciones legislativas, la derecha mediática enloqueció tanto como la partidista. Se lanzaron juntas por rumbos que pretendían un final anticipado del Gobierno de Maduro. Los medios le dieron aliento a tesis tan descabelladas como la destitución del presidente en seis meses, el abandono del cargo, las dudas sobre su nacionalidad y un forzado adelanto de elecciones.

En 2017 sobrevino otro de los episodios en los que los medios de comunicación están metidos hasta la coronilla. Se trata de la tercera y más cruenta aún ola de violencia terrorista, que esta vez duró cuatro meses e incluyó linchamientos y actos bárbaros como pocos se habían visto en muchos años en Venezuela. La maquinaria comunicacional antichavista (ahora reforzada por los nuevos medios nativos digitales, muchos de ellos financiados abiertamente por EEUU y la Unión Europea) glorificó a los manifestantes violentos; convirtió en mártires a jóvenes que fueron llevados a la muerte por la dirigencia política de la ultraderecha; y ocultó o relativizó los crímenes de odio y actos de lesa humanidad perpetrados en el aquelarre opositor, entre ellos el vil asesinato de personas que fueron quemadas vivas.

La manipulación mediática respecto a estos días alcanzó niveles mundiales. El 30 de julio, fecha de las elecciones, la oposición terrorista pretendió impedir el acto electoral y el aparato comunicacional hizo ver al mundo que la violencia era promovida el Gobierno. 

2017-2019: Diáspora, magnicidio y encargaduría

A lo largo de todos estos años y hasta 2019, la fuerza mediática fue primordial en la consolidación de la matriz de opinión de que Venezuela era una nación en crisis humanitaria y al borde de la hambruna como consecuencia de las erradas políticas oficiales. También fue clave para impulsar a cientos de miles de venezolanos, sobre todo jóvenes, a abandonar el país. Los «reportajes» acerca de la llamada «diáspora» fueron parte de una gigantesca operación psicológica que ha tenido consecuencias nefastas para sus víctimas, debido a brotes de xenofobia, trata de personas, explotación de trabajadores y, este año, terribles dramas humanos.

En 2018, los mismos medios fueron cómplices de la derecha política que, luego de negociar y llegar a acuerdos, pateó la mesa de República Dominicana por órdenes del Departamento de Estado. También hicieron todo lo posible por deslegitimar las elecciones presidenciales de mayo y pretendieron descalificar y ridiculizar el magnicidio en grado de frustración de agosto. Solo meses después de los hechos, uno de esos medios decidió dar a conocer la verdad, con testimonios de los autores materiales del acto terrorista. Los demás nunca se han dignado a reconocer que engañaron a sus audiencias.

Desde 2019, toda la maquinaria mediática ha sido esencial en el sostenimiento del arbitrario gobierno encargado de Juan Guaidó, por instrucciones expresas de Washington. El despliegue que le dieron a este personaje, como supuesto líder nacional no tiene nada que ver con el periodismo, sino que es una prueba más de su rol como arma de la conspiración.

Entre los momentos destacados de 2019 en los que el aparato comunicacional fue -o pretendió ser- de gran peso en la estrategia insurreccional se cuentan la autojuramentación de Guaidó; el concierto de Cúcuta y su fallido intento de invasión con la excusa de la ayuda humanitaria; los apagones de marzo, abril y julio; y el golpe de Estado del 30 de abril.

En el episodio de la ayuda humanitaria, todos los medios de la derecha se confabularon para sostener la falsa versión de que el Gobierno venezolano había ordenado quemar los camiones con alimentos y medicinas, pese a numerosas evidencias de que el incendio había sido ocasionado por los opositores desde el lado colombiano de la frontera, tal como lo verificó y reconoció, un mes más tarde, el diario The New York Times. 

Los mismos medios que habían exigido que Maduro fuera juzgado por crímenes de lesa humanidad debido a esa quema, no pidieron ninguna sanción, ni siquiera una reprimenda, contra los autores verdaderos del delito.

En 2020, los supuestos órganos informativos han sido, de nuevo, un engranaje de la estrategia de «cambio de régimen» al empeñarse en mantener a flote al personaje Guaidó, ocultando o restando importancia a los enormes casos de corrupción que se han perpetrado al amparo de su supuesta encargaduría.

Mientras tanto, medios de nuevo cuño, que en su mayor parte operan desde fuera del país intentan usar el argumento de la lucha contra la corrupción para destruir el programa social de los Comités Locales se Abastecimiento y Producción (CLAP), que han sido una respuesta a la guerra económica. De esa manera le sirven a la estrategia de EEUU de asfixiar a la población venezolana hasta que se levante en contra del Gobierno.

¿Qué les falta por intentar?

Luego de este rápido paseo por más de dos décadas de medios de comunicación convertidos en cañones y bombas de la derecha, hay que preguntarse en qué está pensando ahora el genocida en serie Abrams cuando habla de «iniciar» una ofensiva mediática.

¿Qué será lo que van a hacer ahora quienes siguen las instrucciones de este asesino de pueblos y reciben «honorarios» de la USAID, la cara más o menos decente de la CIA. ¿Qué pueden intentar que ya no hayan intentado? Pronto lo veremos.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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