Como continuación de lo planteado el pasado viernes sobre el debate entre Liberalistas y Comunitaristas, en el cual el individuo contemporáneo es considerado como enfermo, Miguel Ángel Pérez Pirela disertó en torno a por qué en la sociedad actual vemos a individuos perdidos, atomizados, con escaso interés en la política y en la vida social, y analizó los efectos de la desilusión que los atraviesa. 
 
Según refirió, la respuesta a estas preguntas tienen su raíz en los planteamientos filosófico-éticos, filosófico-políticos e incluso filosófico-éticos derivados de la Modernidad. 
 
Para centrar la discusión, inició preguntándose si en la actualidad existe algún tipo de valor moral que preceda a la política o, por lo contrario, la política modela los valores morales de los individuos.
 
El desencantamiento del mundo y el dogma de la autenticidad
 
Pérez Pirela precisó que el individuo contemporáneo se caracteriza por un desencantamiento del mundo y ha sido empujado a ello por el llamado dogma de la autenticidad, un planteamiento filosófico cuya raíz se encuentra en la crítica moderna hacia la racionalidad que imponía el orden divino acerca del bien y el mal, basado en recompensas y castigos en el más allá, de acuerdo con cómo hubieran sido nuestras acciones durante nuestra existencia.
 
A esta idea de construcción de una moralidad a partir de parámetros exteriores al sujeto, recordó el experto, se opusieron de distintos modos filósofos como Friedrich Nietzsche y Jean-Paul Sartre, quienes, por lo contrario, sostenían que la libertad del individuo y la responsabilidad asumida con respecto a sus acciones, lo dotaban de una medida para para ver el mundo y a relacionarse de manera más congruente con el cosmos. 
 
Sin embargo, esta manera de pensar, al prescindir de figuras como cosmos, la religión o la familia, lo condujo al desencantamiento, pues su moralidad se define entonces en términos de sus propios sentimientos. 
 
El origen de estos planteamientos éticos se remonta a finales del siglo XVIII, cuando Cartesio invitaba a pensar independientemente de todo, así como en las teorías de John Locke, que planteaban una voluntad personal prioritaria a la voluntad social, ideas que dieron origen a la noción de emancipación del individuo.
 
Durante la época romántica, ya en el siglo XIX, se levantaron críticas en contra de los alegatos de Cartesio y Locke, en las que se aducía que tales ideas representaban formas desencarnadas de la racionalidad, que conducirían al atomismo social. 
 
En el llamado «Siglo de las Luces» –el XVIII–, acotó el director de LaIguana.TV, la noción predominante sostenía que el individuo era capaz de juzgar al mundo a partir de un sentido intuitivo. Con ello, se produjo una sustitución de Dios por el individuo mismo como sentido de lo verdadero y poco a poco se teje a un individuo más racional, pero también más separado de los otros.
 
Entre los pensadores que más influyeron en la consolidación de esta ética del individuo moderno, destaca Jean Jacques Rousseau, que apostaba por un diálogo continuo con el sentimiento de la existencia e insistía que «encontrarnos con nosotros mismos es más importante que cualquier otro imperativo categórico exterior». 
 
De su lado, el filósofo alemán Johann Gottfried Herder posicionó por vez primera la idea que cada uno de nosotros posee una manera original de ser hombre y con ella, de acuerdo con el filósofo criollo, inicia la perversión de la idea de autenticidad fundamentada en el individuo mismo. 
 
La resulta de este desvío es que el individuo acaba por convertirse en un ser angustiado, solitario y deprimido. 
 
Siguiendo con la idea de Herder, entonces se concluye necesariamente que cada persona posee en sí una medida propia del mundo y con este tipo de mentalidad surge una idea de libertad sustentada en la autodeterminación. Así, el ser humano será libre solo en la medida en que individualmente decida lo que lo fundamenta. 
 
«Con eso se mata la moral y lo que es peor, se crea una dimensión moral en la que el individuo es el creador de todos los conceptos de bien y de mal. El hombre se pone en el lugar de Dios, lo destrona y no depende de sus mandamientos morales y éticos», explicó Miguel Ángel Pérez Pirela.
 
La crítica contemporánea a la ética de la autenticidad
 
El filósofo canadiense Charles Taylor sostiene en su libro La ética de la autenticidad y las fuentes del yo que «si los jóvenes no se preocupan realmente de las causas que trascienden al yo, qué se les puede pedir entonces». 
 
Para él, la falta de comunicación y el atomismo social son dos de las consecuencias del ideal de autenticidad y aquello que inició como una ética de la autenticidad, se convirtió en un ideal narcisista. 
 
Este ideal narcisista descrito por Taylor se funda en una ley general según la cual, todo el mundo tiene derecho a desarrollar su propia forma de vida fundada en un sentimiento propio de lo que realmente tiene importancia y tiene valor. Por ello, nada tiene importancia o valor si no está fundado en un sentimiento interior. 
 
La consecuencia es la relatividad moral, en la que nada es bueno o malo si el individuo no lo siente o intuye de ese modo. 
 
El canadiense asegura que la contradicción presente en este individualismo moral radica en colocar en el lugar del fin, no una idea de bien, no un valor de bien, sino la capacidad misma de escoger que tienen los individuos, de manera que «la afirmación del poder de elección como un bien que ha de maximizarse, constituye un producto pervertido del ideal de autenticidad».
 
Se trata, por tanto, de una suerte de «callejón sin salida», puesto que el individuo moderno parece proponer una forma de vida que no es realizable ni individual ni colectivamente y si antes todos los valores venían impuestos desde el exterior, en el presente, el individuo se da cuenta de que su jerarquía moral se funda en sí mismo, configurando entonces al individuo narciso propio de este tiempo, cuya moral es un solipsismo. 
 
Uno de los problemas más serios que trae consigo esta concepción, a juicio del analista venezolano, es que bajo este punto de vista, todas las elecciones de los individuos poseen el mismo valor, independientemente de su contenido, puesto que la elección misma confiere el valor moral y la relatividad misma pasa a ser el ideal moral: nada es bueno y nada es malo en sí mismo. 
 
«¿Qué pasa en un mundo así? Pasaría algo similar a lo que plantea Hobbes: una guerra del todos contra todos», opinó el experto, que cerró este punto aludiendo a lo que Allan Bloom afirma en su obra El cierre de la mente moderna:»la relatividad de la verdad no es una intuición teórica sino un postulado moral y es la condición misma de una sociedad libre».
 
Nietzsche, matriz teórica del individualismo contemporáneo
 
Pérez Pirela estima que la filosofía de Friedrich Nietzsche constituye un fondo teórico sobre el cual se asientan las ideas del individualismo presuntamente autodeterminado que vendió la modernidad, sobre la base de que sus ideas pretenden «cancelar los horizontes de significado», al otorgar al individuo un poder infinito de acción, al tiempo que el mundo se presenta como una entidad pasiva.
 
En crítica al filósofo alemán, Pérez Pirela refirió que éste, al hacer la crítica a la moral de las sociedades occidentales, pretendió una una objetividad imposible, puesto que «es iluso» pensar que se puede juzgar un tiempo histórico sin estar influido por las ideas presentes en ese tiempo, un rasgo que, asegura, también es común al narciso moderno. 
 
La estrategia nietzscheana, que comparten aún sin saberlo los individuos contemporáneos, consiste en negar todas las posiciones y afirmar la propia, conduciendo, por tanto, a una autocreación de todos los valores y las elecciones. Empero, advirtió, la negación constituye también una forma de afirmación. 
 
Siguiendo lo por él desarrollado en su libro Perfil de la discusión filosófica contemporánea: una propuesta aristotélica, publicado en 2005 por la Universidad Gregoriana de Roma, afirmó que «nos encontramos frente a un dogma antropomórfico que coloca al hombre como fundamento de toda moral y toda concepción del bien y del mal».  
 
En continuación con el cuestionamiento a la crítica nietzscheana de la moral existente en su tiempo, señaló que el filósofo, en su intento por mostrarse objetivo, consiguió construir una moral basada en la amoralidad, carente de fundamentos acerca del bien o de mal o, desde otro ángulo, anulando todo aquello que se asume como bueno. 
 
Este tipo de fundamento, en su criterio, explica el silencio en relación al pasado como fuente de valores y es perfectamente coherente con el planteamiento de la Modernidad, que destruyó los conceptos de pasado, familia, tradición, etcétera, dejando a los individuos sin referentes ni anclajes.
 
De la teoría nietzscheana, explicó, surgieron modelos expresionistas, según los cuales toda expresión de lo que llevamos dentro nos conduce al conocimiento de nosotros mismos. 
 
Así, se expresa solamente «eso que soy», dejando de un lado tradición, pasado, religión, moral, educación, etcétera. Para Nietzsche, el modelo de moralidad que surge no puede basarse en modelos anteriores, sino que es una creación, literalmente, «de la nada».
 
Para ilustrar este punto, Pérez Pirela hizo referencia a la transformación del arte, que a partir del siglo XIX se convirtió «en una especie de modelo todo para el ser humano», pues se fundamenta en la autodefinición y se convierte en medida de la identidad». 
 
De esto, Charles Taylor dirá que «deja de ser mímesis –imitación–, para convertirse en creación».
 
En Occidente, la concepción mimética del arte estuvo vigente desde la Antigua Grecia, en la que, por ejemplo, se creaban estatuas realistas, en lugar de apelar a representaciones figurativas de la realidad.
 
Inclusive, en algunos textos platónicos –La República, el Fedón– y plotinianos –Enéadas–, se muestra de forma clara cómo el ideal del arte está en la copia de la naturaleza, es decir, de lo que ya existe. En contraste, el del siglo XIX resalta los ideales de creación: lo bello será el resultado de una visión original del autor. 
 
Sobre el individuo moderno pesa, por lo tanto, el imperativo de encontrarse consigo mismo y plantearse su identidad de acuerdo con sus sentimientos acerca de su existencia. «Soy en cuanto lejano de los otros», puede ser una frase que resuma este propósito, que no es más que una continuación de lo que ya dijera Rousseau: «El ideal que debo atender es un ideal que está dentro de mí. Lo debo conocer, conociéndome; soy la obra mayor que debo crear». 
 
De este modo, el individuo de la Modernidad es un hombre que se crea a sí mismo de la nada, cual si fuera un Dios.
 
Las fundamentaciones de esta moral se encuentran en el legado de la Filosofía Moral, con Cartesio, Locke, Rousseau, Herder, expresionismo, Nietzsche y hasta las teorías del arte.
 
La ética terapéutica: el individuo está enfermo
 
Los resultados de esta nueva moral individualista y solipsista es que ya no existen elementos teleológicos –fines o propósitos que orienten la acción humana– y la ética destruida por el proyecto moderno es reemplazada por una ética de la autoconservación, que va de la mano con una moral terapéutica. 
 
Adicionalmente, ha de recordarse que las teorías antes referenciadas hacen de los valores morales una opción y del yo, un dogma, y que de la contradicción entre la realización personal y la moral, surge un nuevo tipo de moralidad. 
 
En el individuo narcisista, el sentido parece perderse, pues al asumirse como autofundamentado, comienza a sentirse perdido, visto que él mismo construye toda idea de sentido. «Sin una brújula que le indique su posición respecto a los otros, le es difícil encontrarse. Una brújula solo individual, no basta», agregó el experto.
 
En este contexto, el individuo se presenta como un ser enfermo que ha de ser curado. La moral terapéutica resultante lo reduce a la condición de ser dependiente, que necesita de directrices exteriores para poder vivir.  
 
El hombre moderno no vuelve la mirada hacia nuevos cultos y terapias para liberarse de alguna obsesión, sino para encontrar un propósito de vida. Es despojado de sus responsabilidades y de concausas, para convertirse en un sujeto que solo necesita ayuda. 
 
En La Cultura del narcisismo, de la autoría del historiador estadounidense Christopher Lasch, la terapia rotula la condición de enfermo del individuo y lo pone frente a la elección de batallar con o rendirse con la enfermedad, que no es otra que la búsqueda de marcos referenciales que la Modernidad arrebató.
 
La contemporaneidad, sigue Lasch, en lugar de dotarnos de valores sustentados en el pasado, expulsó a los guías espirituales de la tradición –sacerdotes, monjes, chamanes, etéctera– nos legó una moral terapéutica para la que, de entrada, todos requerimos de asistencia y nos impuso sus propias figuras: el terapeuta y el director. 
 
«Para el terapeuta y para el directivo, los fines están establecidos. La atención se centra en la eficacia de los medios», dirá al respecto el sociólogo Robert Bellah en Hábitos del corazón, lo que en términos más prosaicos se traduce en que nuestras tradiciones fueron desplazadas para vendernos libros de autoayuda que nos «instruyen» cómo alcanzar el éxito, pues en esta moral, la felicidad queda reducida a él.  
 
Así, contrariamente a lo que se cree, el individuo que se nos vendió como libre, autónomo, se convierte en un dependiente de los terapeutas, de falsos profetas que dicen cómo deben vivir su vida y repiten lo que les dicen estos sofistas. 
 
Más precisamente, este nuevo tipo de moralidad crea un despojo con la pérdida de su autonomía y da lugar a un nuevo estado para el ser humano, el de enfermo. De esta manera, en cada acto y en cada acción se reflejarán un sinfín de patologías que serán curadas, según la disciplina que demuestre el «afectado» para seguir las directrices por otros fijadas.
 
El mismo término «enfermo», precisa Pérez Pirela, sugiere una vida que necesita ser curada y la cura implica intensificar al yo para dotarlo de estrategias que le permitan relacionarse en el mundo sin ser aplastado. 
 
Lo anterior no está exento de contradicciones, puesto que mientras que el individuo se cierra a cualquier tipo de comunicación con sus semejantes, al mismo tiempo se encuentra frente a la necesidad de establecer relaciones comunicativas en términos de enfermo-terapeuta. 
 
En otros términos, la propia vida se libera de los otros y se centra en el mismo yo, que a fin de cuentas, se centra en el terapeuta –que anclado en el mito de la objetividad, es acaso el personaje moderno que por autonomasia lo representa–, quien trata de curar el pasado enfermo del individuo a través de sus distintos métodos.
 
Otra de las soluciones que se le ofrecen al «enfermo» son los fármacos –antidepresivos, píldoras antiestrés, somníferos–, que se presentan como un mecanismo que permite la corrección de los problemas internos de los individuos.
 
Las fuentes de los valores contemporáneos: publicidad y propaganda
 
La ética terapéutica impone la equiparación entre felicidad y éxito. Por eso, la idea es llegar a un nivel de felicidad que solamente podrá alcanzarse si se respetan ciertos mandamientos sustentados en la publicidad y la propaganda, que constituyen las nuevas fuentes de valores. 
 
Para Christopher Lash, la industria de la publicidad hace cosas tales como alentar una falsa emancipación de la mujer, presentando al consumo como una expresión de su libertad y algo similar pasa con los jóvenes, cuya emancipación, según la esta industria, supone que gocen de moderna tecnología dentro de sus habitaciones.
 
La publicidad, por tanto, olvida al individuo interior y suple las carencias internas con el consumo, busca crear formas de necesidad en vez de suplir las previas y genera nuevas formas de angustia en lugar de aplacar las ya existentes.
 
Los efectos de este nuevo modelador de valores trascienden la esfera individual. Lash destaca que la publicidad alteró la relación de fuerza dentro del núcleo familiar, al punto tal que las maneras de actuar de los niños está determinada por el estándar publicitario, en desmedro de la educación parenteral, que hoy debe competir, si cabe el término, con los valores posicionados por la publicidad.
 
Asimismo, el precitado autor asegura que la verdad ha dado paso a la credibilidad. «Vivimos en el mundo de pseudoacontecimientos y cuasiinformación, con informaciones que no son verdaderas ni falsas, sino pseudocreíbles», aseveración lapidaria que constituye el fundamento de las noticias falsas (Fake News).
 
El impacto político derivado del individualismo moderno
 
Para Lash, la política contemporánea está fuertemente determinada por la publicidad, pero al mismo tiempo es una fuente de valores importante porque a menudo vemos en ella reflejadas las cosas que apoyamos o refutamos. 
 
Sin embargo, en la contemporaneidad, la política se ha hecho símil de espectáculo. De este modo, «la degeneración de la política en espectáculo no solo ha transformado la actividad política en publicidad y convertido las elecciones en acontecimientos deportivos», sino que  «también ha hecho más difícil que nunca organizarse como oposición política», por lo que todo acaba restringiéndose a un juego en el que se anuncia al adversario el costo de sus elecciones políticas a través de enormes campañas publicitarias.
 
Los efectos de esta política-espectáculo no son otros que la confusión y la huida, que se traducen en un creciente desinterés por estos temas. 
 
En otro orden, Lash refiere que coinciden una «auténtica idolatría» a la ciencia y la tecnología y el resurgimiento de viejas supersticiones, la creencia en lo oculto y por extrañas formas de espiritualidad asociadas con el movimiento New Age.
 
A esta lista de Christopher Lash, Pérez Pirela añade las «espiritualidades» de coach, las contenidas en los libros de autoayuda o la búsqueda de llenar vacíos interiores por medio de compras desmedidas.  
 
Tales evasiones persiguen, a su parecer, no enfrentarse a la realidad que supone el pensar la pérdida, la vejez y la muerte y en este fuero interno debilitado, estas espirutualidades establecen su imperio.
 
Por otra parte, la sociedad contemporánea, al menos en apariencia, no representa una separación de los individuos entre sí. En la actualidad, estamos más cerca que nunca, pero nos hacen pensar en una unión que implica que nos preocupemos por la imagen que ante otros proyectamos, pero al mismo tiempo, se nos impulsa a estar lejos del otro, en una alimentación permanente de nuestro propio narcisismo.
 
«La autoestima del narciso depende del otro, pues no puede vivir sin una audiencia que lo admire», acotó el experto, quien además precisó que hay que distinguir entre la apatía social y el narcisismo, en tanto lo primero es consecuencia de lo segundo. 
 
En este orden social, los individuos se alejan de la política y muestran crecientes niveles de apatía social, empero, contra la creencia generalizada, el Estado liberal de las sociedades occidentales contemporáneas en el que tales cosas tienen lugar, no es en ninguna medida un Estado débil. 
 
Al respecto, Lash advierte que el nuevo paternalismo no sido ha sustituido por la racionalidad burocrática, como asegurara el sociólogo alemán Max Weber, sino por una dependencia burocrática: lo que ante el científico social aparece como una red de interdependencias sin costuras, representa la dependencia del individuo del Estado, del trabajador con su jefe, etcétera.
 
Esto es signo de lo que Alexis de Tocqueville definiera como «despotismo débil» y la crisis contemporánea sería entonces el punto de partida, que al ser despojada de su carácter político, nos obliga a centrar nuestra atención en los problemas que aquejan al individuo contemporáneo. 
 
Así las cosas, según Lash, «la revolución, en este contexto, conseguirá apenas un cambio de la forma para gestionar la enfermedad» y «el exagerado culto privado no tiene que ver con el respeto con el yo», puesto que el narcisismo actual es el resultado de la manera como concebimos nuestro propio yo.
 
La sociedad contemporánea hace todavía más difícil  cultivar el fuero interno, razón por la cual las personas tienen problemas para construir amistades profundas o instituir alianzas matrimoniales.  
 
«A un narcisismo desesperado que no tiene nada que ver con la autonomía, se le debe criticar, planteando a un individuo encarnado, con un pasado y una tradición», señaló el filósofo venezolano.
 
En su opinión, la comunicación del bien se convierte en una vía necesaria y debe haber un pacto, un contrato. Es un punto importante sobre el cual valdría la pena reflexionar.
 

(LaIguana.TV)

 

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