Renunciar los principios de bien y mal basados en la religión y otros factores externos puede mirarse como un gran salto adelante de la humanidad después de la Edad Media, pero las distorsiones sufridas luego, basadas en una moralidad con acento en lo subjetivo de cada persona, han derivado en una moral terapéutica, en la que el individuo es un enfermo al que hay que curar.

En los Viernes de filosofía y poesía del programa Desde donde sea, Miguel Ángel  Pérez Pirela, de la mano de varios autores, hizo el recorrido por estos sucesivos cambios de enfoque, desde que el ser humano creyó liberarse de viejos yugos al asignarse a sí mismo el rol de juez moral, hasta el individuo actual, carcomido por la incertidumbre y la angustia.

Para la disertación utilizó un libro de su autoría, Perfil de la discusión filosófica-política contemporánea. Una propuesta aristotélica, publicado en 2005 por la Universidad Gregoriana de Roma.

«El hombre actual se caracteriza porque ha sido empujado a un desencantamiento del mundo que nace del dogma de la autenticidad. Está obligado a ser auténtico. La idea del nacimiento de la autenticidad viene relacionada con la crítica moderna a un tipo de racionalidad que juzgaba aquello que era justo o equivocado partiendo del cálculo de consecuencias basado en un orden divino de castigo y recompensa ya estipulados. Es decir, que el bien y el mal se fundamentaba en una idea religiosa, de dios, porque nos juzgarían desde el más allá, para recompensarnos o castigarnos por nuestras acciones», expuso, para situar el tema.

Recordó que respecto a este punto insurgen filósofos con Friedrich Nietzsche y Jean-Paul Sartre, ya estudiados en anteriores Viernes de filosofía.

«Contrario a la moral de origen religioso nace un tipo de sentimiento intuitivo que parte del fuero interno del individuo y juzga la verdad de los actos y de las cosas. Este cambio del orden cosmológico, que pone a la subjetividad como centro de la discusión trajo aspectos negativos y positivos. Dio al individuo la libertad y la responsabilidad de ver en su interior, le dio un metro con el cual medir el mundo. De ese modo pudo conocerse más y relacionarse de manera más congruente con el cosmos. Pero al eliminar a dios, la religión, la moral y la familia, surge el desencantamiento», planteó.

Antecedentes

«Las raíces filosóficas modernas de este tipo de ética se encuentran en el tardío 1.700, donde la evocación cartesiana llamaba a pensar independientemente de todo, con su cogito ergo sum, pienso luego existo. Otra base son las teorías de John Locke que planteaban una voluntad personal, prioritaria a la obligación social, y que dieron inicio a la emancipación del individuo durante la modernidad. Luego, en la época romántica, comenzó a desarrollarse una crítica contra Descartes y Locke, considerando la racionalidad de la que ellos hablaban como desencarnada y portadora de un atomismo social. Si antes el absoluto, la divinidad disponían de todo el poder, ahora parecía ser el individuo y su especie de profundidad interna lo único verdadero», prosiguió.

«Otro autor fundamental en esta reflexión es Jean Jacques Rousseau, quien se mostró como uno de los personajes más influyentes en esta nueva visión del individuo moderno -precisó el filósofo y comunicador-. La salvación moral está en diálogo continuo con el sentimiento de la existencia. Encontrarnos con nosotros mismos es más importante que cualquier otro imperativo categórico, producto de órdenes que no dependen de nuestra interioridad».

«Con Johann Herder, quien plantea que cada uno posee una manera específica de ser hombre, se marca el inicio de una cierta perversión de la idea de autenticidad, que termina haciendo del individuo un ser solipsista, solitario, angustiado y deprimido -añadió-. ¿Cómo se llegó a la perversión de la ética de la autenticidad? Según Herder, cada persona posee en sí una medida propia del mundo. Es un concepto de libertad entendida como mera autodeterminación. El ser humano será libre en la medida en que individualmente se determine a sí mismo, sin impedimento externo; en la medida en que decida individualmente lo que le interesa. Desaparecen los horizontes morales y se genera una dimensión moral en la que el individuo es el creador de todos los conceptos de bien y mal. Es la moral como creación  propia. El hombre se pone en el lugar de Dios, lo destrona y ya no depende de sus mandamientos morales o éticos. Allí radica su peligro: en la fuerza absoluta que le otorga al individuo».

Glosó a Charles Taylor, en La ética de la autenticidad y Las fuentes del yo, cuando expresa: «Si los jóvenes no se preocupan realmente de las causas que trascienden al yo, qué se les puede pedir entonces. La falta de comunicación y el atomismo del yo son entonces dos de las consecuencias de la ética de la autenticidad, que había nacido en el curso de la modernidad y que pasó a ser un ideal narcisista. La ley general sobre la cual se funda este tipo de concepción es que todo el mundo tiene derecho a desarrollar su propia forma de vida, fundada en un sentimiento propio de lo que realmente tiene importancia o valor. Nada lo tendrá si no se funda en una intuición individual. Comienza a configurarse una relatividad moral, nada es bueno o malo si yo no lo siento e intuyo así».

Aseveró que la contradicción del individualismo moral radica en que la capacidad de escoger se coloca en el lugar del fin, de los objetivos. Ya no se trata de una idea de bien, un ideal o valor moral, sino de la capacidad misma de elegir. Dice Taylor que «la afirmación del poder de elección como un bien que ha de maximizarse constituye un producto pervertido del ideal de autenticidad».

«Esto nos lleva a un impasse, a un callejón sin salida, pues el individuo moderno parece proponer una forma de vida que  no es concretizable ni individual ni socialmente. Mientras tanto, regresar a las formas que ya fueron suprimidas significaría regresar también a discriminaciones y opresiones intolerables. El individuo se da cuenta de que es en sí mismo que se funda su jerarquía moral. Se estaba formando el individuo individualista, narcisista, una moral moderna cuyo fundamento es el solipsismo», recalcó.

«Adicionalmente, todas las escogencias de los individuos tienen el mismo valor por haber sido elegidas libremente. La elección misma confiere el valor moral. Propone la relatividad como ideal moral. Nada es bueno, nada es malo. ¿Qué pasa en un mundo así? -interrogó Pérez Pirela, y ofreció su respuesta- Algo parecido a lo que plantea Thomas Hobbes, la guerra de todos contra todos».

Otro autor mencionado fue Allan Bloom, quien en El cierre de la mente moderna, dice que la relatividad de la verdad no es una intuición teórica sino un postulado moral y la condición misma de una sociedad libre.

Nietzsche, filósofo al que se le dedicó un programa completo, se presenta como fondo conceptual de estas teorías de matiz moderno porque ellas caen en una especie de nihilismo, en cuanto a que buscan cancelar los horizontes de significado. Terminan por dar al individuo un poder absoluto de acción y decisión. El individuo es pura acción organizadora y el mundo aparece como una pasividad en la que no existe ningún valor a priori.

«En su Crítica a la moral existente, Nietzsche pretendió ser totalmente objetivo, como si fuera coherente querer separarse de los valores propios. El problema está en que esta separación no existe, es una ilusión que pretende negar sin afirmar, pero la negación es también una forma de afirmación. Esa ilusión es común al narcisismo moderno, basado en una neutralidad de valores.

Si se niegan todas las posiciones existentes y se afirma la propia, esta será la única válida y el único fundamento de la propia elección. Ello conduce a una autocreación de todos los valores y las elecciones. Es un dogma antropomórfico, una verdad indiscutible, que coloca al hombre como fundamento de toda concepción de bien y mal».

Agregó que el enfoque planteado por Nietzsche lleva a pensar en una postura moralmente amoral, pues se fundamenta en la amoralidad. «No es la inmoralidad, sino una acción que no tiene detrás de sí ninguna base moral. Explica el silencio en relación al pasado y la tradición como fuente de valores. Se destruye todo concepto de pasado, familia, religión, tradición. De la teoría nietzschiana surge el expresionismo. Solo a través de la expresión de lo que llevamos por dentro, entendida como modo de vida, podemos llegar al conocimiento de nosotros mismos. Solo será expresado eso que yo soy, dejando de lado historia, pasado, religión, tradición, familia, moral, educación. El individuo moderno es una creatio ex nihilo, una creación de la nada de su propia identidad».

El arte moderno, un ejemplo

¿Qué efectos ha tenido este mecanismo de anulación de la moral anterior?, se preguntó el expositor y procedió a dar un ejemplo referido al ámbito del arte. «En el arte, a partir del siglo XIX, esa nueva visión se convierte en modelo del ser humano, en autodefinición, en medida de la identidad. Taylor señala que el arte deja de ser mímesis, imitación, para pasar a ser creación. El arte griego era crear una imagen idéntica a lo existente. En algunos textos de Platón (El sofista, La república, Fedón) y  de Plotino (Enéadas) se nos muestra cómo el ideal del arte está en la imitación de la naturaleza. La modernidad, contrariamente, exalta ideales de creación y originalidad del autor. Lo bello será el resultado de la visión individual y original del autor».

Más allá del arte, cada persona se  encuentra consigo misma y ha de plasmarse de acuerdo a su sentimiento de la existencia. «Yo soy en cuanto lejano de los otros y sus imposiciones. El ideal al que debo perseguir no es un ideal anterior a mí ni exterior a mí, sino que está dentro de mí. Yo soy el artista y autor se mí mismo, la obra mayor que debo crear -explicó-. Estamos hablando de un hombre que se crea de la nada cual si fuera un Dios. Estos son los fundamentos morales que la historia de la filosofía moral nos ha dejado».

Una moral terapéutica

Al analizar los resultados de esta nueva moral individualista, observó que no existen elementos teleológicos, es decir un valor que es finalidad para el individuo fuera de sí mismo. «Se crea una ética de la autoconservación, que va de la mano con una nueva moral, que es una moral terapéutica. Hacen de los valores morales una opción y del yo, un dogma. Contraponen realización personal y sentido de moral y surge un nuevo tipo de supervivencia psíquica. El individuo autofundamentado comienza a sentirse perdido porque él mismo construye toda idea de sentido. En este conflicto abierto, se pierde el individuo narcisista pues es él mismo quien lo construye. Sin una brújula que lo ubique en relación a los otros, le es difícil encontrarse. Una brújula solo individual no basta. Se nos presenta como un individuo que hay que curar. Un ser enfermo. El hombre contemporáneo, atormentado por la incertidumbre de su propia conciencia no vuelve la mirada hacia nuevos cultos y terapias para liberarse de alguna obsesión, sino para encontrar sentido y propósito de vida. Es despojado de sus responsabilidades, sus acciones dejan de ser suyas, es un enfermo que solo necesita ayuda. La modernidad enfermó al individuo».

Apeló a La cultura del narcisismo, de Christopher Lasch para sostener que la terapia rotula como enfermedad lo que de otro modo podría enjuiciarse como actos de porfía. De este modo dota al paciente de recursos para batallar con (o rendirse ante) la enfermedad, en lugar de buscar irracionalmente la falta dentro de sí mismo. «Nos convirtieron en enemigos enfermos que buscamos marcos referenciales anteriores que la modernidad ya nos hizo descartar.

Entra en juego un nuevo tipo de jerarquía de valores que este autor y otros, como Robert Bellah y Charles Taylor llaman terapéuticos. El sacerdote o al shaman son desplazados para dar paso al terapeuta».

Citó a Bellah, quien indica que para el terapeuta y para el directivo, los fines están establecidos, la atención se centra en la eficacia de los medios. Aunque no utilicen el lenguaje de la moral tradicional, en su lugar aparecen los tipos ideales, imágenes de una vida satisfactoria y métodos para conseguirlos. Nos quitaron la Biblia para darnos ¿Quién se robó mi queso?«.

El individuo que se nos vendió como libre, autónomo, independiente se convierte en dependiente de un nuevo orden terapéutico y termina consumiendo libros estúpidos de autoayuda o los mensajes de youtubers y falsos profetas y sofistas que dicen cómo vivir la vida. El individuo busca frenéticamente un diálogo con el terapeuta como forma de liberación del propio yo. Paradójicamente, el mismo individuo que procura restringir sus comunicaciones a pequeños círculos, termina en el paradigma enfermo-terapeuta y escucha y cumple sus órdenes».

Fármacos, publicidad y propaganda

Otra de las soluciones que se le dan al individuo solipsista, individualista, narcisista son los fármacos. «En esta sociedad del silencio de los valores, que cosa más idónea que el silenciador existencial de las pastillas antidepresivas, antiestrés y los somníferos. La promesa es llegar a un cierto nivel de felicidad entendida como éxito personal, bienestar corporal y total autonomía del ambiente. Para llegar a ello, el individuo moderno debe respetar ciertos mandamientos, que ya no se fundamentan en la religión, sino en la publicidad y la propaganda como las nuevas fuentes de valores. Se nos quitó la idea de bien y mal, se nos dijo que nos creamos a nosotros mismos nuestra moral, se nos dijo que estamos enfermos, nos trajeron el terapeuta y no pusieron la publicidad y la propaganda como fuentes de valores morales».

«En la sociedad contemporánea, la publicidad posee rango de fuente de moralidad. Entre los valores que rigen a los individuos actuales están las indicaciones sobre el mejor modo de vida que emite la publicidad. Lasch dice que la industria de la publicidad alienta una falsa emancipación de la mujer, halagándola con recordatorios  insinuantes y fingiendo que la libertad de consumir es genuina autonomía. También alaba a la juventud con la esperanza de elevar a los jóvenes a la posición de consumidores hechos y derechos, cada uno con un teléfono, un televisor y un equipo de alta fidelidad en su cuarto. Para Lasch, la publicidad olvida al individuo en su interior e invita a suplir las certezas internas por objetos que adquirir. Busca crear formas de necesidad, en vez de satisfacer aquellas ya existentes y genera nuevas formas de angustia en vez de aplacar las naturales. En lo familiar, la publicidad como sistema educador de las masas,  alteró la relación de fuerzas al interior del núcleo familiar. La forma de pensar, hablar, vestir, jugar y desear de los niños contemporáneos es determinada por la información que circula en el mundo publicitario. La educación de los padres es terriblemente relativizada y determinada por los objetos y la información ofrecida por la industria del marketing infantil. La verdad ha dado paso a la credibilidad. Los hechos a afirmaciones que parecen autorizadas sin que necesariamente brinden alguna información válida. Vivimos en un mundo de seudoacontecimientos y cuasi-informaciones, donde la atmósfera está saturada de afirmaciones que no son verdaderas ni son falsas, sino meramente creíbles. Se configura filosóficamente la idea del fake news».

Impacto político

¿Qué impacto y qué tipo de político surge de estos planteamientos?, inquirió nuevamente Pérez Pirela. Para contestar, volvió a apoyarse en Lasch, quien afirma que hasta el mundo de la política actual posee una importante determinación publicitaria. «Todo ese sin fin de elementos valorizantes deriva en la política del espectáculo. La degeneración no solo ha transformado la actividad política en publicidad, menoscabado su discurso y convertido  las elecciones en acontecimientos deportivo en los que cada parte enarbola la ventaja que le confiere su impulso y también ha hecho más difícil organizarse como oposición política. La política se resumen en un hecho en el cual todo se reduce a comunicar al adversario el costo creciente de sus elecciones políticas, a través de enormes campañas publicitarias».

Efectos en el individuo

«¿Cuáles son los efectos en el individuo? El primero es la confusión en la que vive el individuo moderno y contemporáneo. El segundo es la huida. Se observa la coexistencia de una auténtica idolatría de la tecnología con el resurgimiento de viejas supersticiones, la creencia en la reencarnación y la fascinación por lo oculto y por extrañas formas de espiritualidad, asociadas al movimiento New Age. Nos vendieron individuo racional, cartesiano, autónomo, pero ha derivado en un individuo que está fascinado por la tecnología, pero ha vuelto a viejas formas de espiritualidad de coach, de libros de autoayuda o yendo al centro comercial a comprar.  Luego de haber renunciado a las religiones tradicionales, cae en manos de sectas religiosas en las que cumple al pie de la letra los mandamientos y prácticas. La coexistencia de tecnología avanzada y espiritualidad primitiva nos sugiere que ambas arraigan en condiciones sociales que impiden que el individuo acepte la realidad que supone el pensar en la pérdida, la vejez, la muerte. El peligro está en la vulnerabilidad del individuo causada por su confusión interior».

Resultado en la sociedad

Indicó Pérez Pirela que desde el punto de vista social surge una situación aparentemente contradictoria, pues el individuo moderno y contemporáneo es aislado, narcisista, pero se encuentra más cerca que nunca de los otros. «Al analizar con profundidad el punto, entendemos que nos hacen estar unidos para estar separados. Hay una preocupación ansiosa por la impresión causada en otros, por tratarlos como espejos del yo. No queremos estar con los otros, pero vivimos angustiados por caerles bien, por saber qué piensan de nosotros, porque nos den un like en redes sociales. Es un individuo que depende del otro para alimentar su propio ego, su narcisismo, que es un uno más uno que jamás será dos. Pese a sus ocasionales ilusiones de omnipotencia, la autoestima del narcisista depende el otro. No puede vivir sin una audiencia que lo admire. Y en este punto es necesario distinguir entre una unión narcisista de los individuos y una unión fundada en verdaderos lazos sociales. En la primera, el individuo se une a los otros con un fin meramente individual, en la segunda existe un horizonte común».

Tiempos de apatía política

«De esa forma de relacionamiento social surge la apatía política. Lasch dice que sin esperanza de mejorar su vida en ninguna de las formas que verdaderamente importa, la gente se convenció de que lo importante es la mejoría psíquica personal, implicando así un alejamiento de la política y un rechazo al pasado reciente. De este cuadro surge el Estado liberal de las sociedades contemporáneas que, al contrario de lo que nos quieren vender, no se trata de un Estado débil, sino de un Estado con rígidos puntos de base que se institucionalizan bajo la consigna del respeto de todas las libertades».

Puntualizó que, de acuerdo con Lasch, «el individuo era libre de toda amarra o determinismo, pero no es así porque nació una nueva forma de paternalismo que no ha sustituido la dependencia individual por la racionalidad burocrática, como suponen por unanimidad, los teóricos de la modernización, partiendo de Max Weber, sino de  una nueva forma de dependencia burocrática. Lo que ante el cientista social aparece como red de interdependencia sin costuras, representa la dependencia del individuo a la organización, del ciudadano respecto al Estado y del trabajador en relación a su jefe. Se nos vende como una especie de despotismo débil, como lo llamó Alexis de Tocqueville, es decir que el Estado no desapareció como creador de determinaciones, sino que se hizo más fuerte, aunque de otro tipo de dependencia. La crisis contemporánea política requiere entender la crisis existencial, moral y social».

«Lasch muestra como en la actualidad se ven las soluciones meramente políticas como fútiles  y la revolución, en este contexto, conseguirá apenas un cambio en la forma de gestionar la enfermedad».

A modo de conclusión, planteó que contrario a lo que generalmente se piensa, la sociedad contemporánea, lejos de fundar una verdadera autonomía en decisiones y modo de vivir, hace siempre más difícil el cultivo del propio fuero interno. Esto se aprecia en la dificultad cada vez más grande del individuo contemporáneo para establecer amistades profundas o comenzar una aventura matrimonial. Para Lasch, la esfera social se presenta cada vez más con una marcada agresividad y violencia, determinando el encerrarse en el propio ego como la solución más idónea».

«Lo cierto es que a un narcisismo desesperado que no tiene nada que ver con la autonomía o con una separación entre la vida pública y la privada, debemos oponerle un individuo que no es pura razón, sino que está encarnado en una sociedad, con una tradición, con un pasado, con una cierta concepción religiosa porque despojado de todo eso, termina siendo un enfermo, que necesita ser curado. Debe existir una idea del bien anterior, debe ser comunicada y esa comunicación se convierte en un aspecto determinante, en una vía necesaria. Tiene que haber un pacto, un contrato, como verbo intercambiado, como acuerdo entre pasado y presente, como unión entre las diversidades».

«Nuestra reflexión trata de escapar de las tentaciones de algunas de las filosofías políticas actuales. Todo conspira a favor de situaciones escapistas al problema psicológico de la dependencia, la separación y la individuación, y en contra del realismo moral que posibilita que los seres humanos acepten los límites existenciales de su poder y libertad. No podemos ser dioses, ni absolutamente libres ni dogmáticamente los creadores del bien y el mal. Esa pretensión trae todas las consecuencias que acabamos de analizar».

Poemas

La sección de poesía de la noche comenzó con una obra del propio Pérez Pirela, titulada Casa de fantasmas

 

Yo no creía en los fantasmas.

Hasta que te fuiste por esa ventana,

dejando las cortinas bailando

en vientos de noche de bruja.

Tan fantasma que tuve que frotarme

los ojos para ver si te veía

viéndome ahí aparecida.

Tus pasos no se notan ni se cuentan

en días sino en cuentos de siglos y medios.

Nadie te ve. Dicen.

Pero aquí adentro llenas de barro

con tus pies goteando barrio

el salón lujoso de mis recuerdos

donde ya no me siento cómodo

en el sillón del arrepentimiento

para verte sin cortes publicitarios

a medianoche y media.

Eres fantasma y asustas

en esas noches en que me canto y recanto

si no duermes, niño

vendrá ella y te comerá.

Así quién duerme, fantasma mío.

Déjame dormir.

Cubierta de sábana blanca

haces UUUUUHHHHH

y yo me asusto de ti

del susto de tu busto que justo

sobresale entre el blancor luminoso

de la sabana infinita de tu ausencia.

Asusta tu presencia fantasmal.

Aterroriza tu ausencia de carne y hueso.

Huelo el olor de tus berenjenas.

Escucho las gotas perdidas del lavamanos

donde lavabas con tus manos mi cuerpo.

Se va llenando la ropa sucia

con tus medias panty medio limpias.

Tu olor me persigue como patrulla

por los rincones que le robamos a esta casa.

Tu voz me persigue como sombra

y mi sombra habla a ti

y me pregunta así

como respondes tú

cuando ya no te pregunto

dónde estás a donde  fuiste si estás aquí y no.

Fantasma mío.

El segundo fue el poema Exceso de cuerpos, de Eczoida Ruza:

Estuve allí viendo sus ojos

todos los ojos

y en esa ternura suya

estaba tu ternura

En esos sus dedos

estaba mi espalda

pero es tu espalda

autografiada con besos

Se abalanzó sobre mí

y en cámara lenta vi venir

tu cuerpo

la maldición de tu cuerpo

Sentí que lo traicioné

contigo

que no existes

y capaz nunca vengas

No te buscaba en él

por eso no te encontré

pero ahí estabas

tan infinitamente ausente

Y viví ese cuerpo

como he vivido tantos otros

y seguiré viviendo tal vez

con alegría,

no hay nada que reprocharles

no hay posturas mal colocadas

no hay besos torpes

ni siquiera un mal ya está hecho,

son toda fantasía cumplida

son perfectos si así quisiéramos llamarles,

lo único que no tienen es a ti

como yo tampoco te tengo

y en igualdad de condiciones ya

aquí todos intuimos

que la partida está perdida

antes de barajar.

Por petición de la audiencia, el presentador leyó el poema Lucero de la tarde de Edgard Allan Poe:

Fue a mediados de verano
y mitad de la noche;
los astros, en sus órbitas,
pálidos brillaban, a través
de la luz más fulgente de la luna,
en medio de planetas, sus esclavos,
alta en el cielo,
su luz sobre las olas.
Contemplé un rato
su fría sonrisa;
harto fría para mí,
como un sudario pasó
una nube aborregada,
y me volví hacia ti,
orgulloso lucero de la tarde,
en tu gloria lejana,
y más precioso tu brillar será;
pues dicha para mi corazón
es el orgulloso papel
que representas en el cielo nocturno
y más admiro
tu fuego remoto
que esa luz más fría, inferior.

Otro poema solicitado fue Vencidos de León Felipe

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar,
va cargado de amargura,
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar.
Va cargado de amargura,
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino, frente al mar.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,
en horas de desaliento así te miro pasar!
¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,
caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar!

Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo,
y llévame a ser contigo
pastor.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar…

Finalizó el recital con la lectura de El tiempo de las cosas, otro poema de su autoría,

Veo una casa vacía y sin relojes.

Te llevaste el tiempo.

Me dejaste el espacio.

Cien kilómetros es igual a ti.

Yo, Años de soledad

La distancia entre las cosas, tu ausencia.

Yo regado en cuadras de calles,

que no van.

Ahora mide los kilómetros

sin las horas,

el carro.

La distancia entre los instantes, tu cuerpo.

El tiempo de las cosas, mi desandar.

Repaso el recorrido de tu vereda

a la mía,

y me pierdo en las calles oscuras

de los reproches

y ahora todos los caminos

no conducen a Roma,

sino a ese objeto raro que conservas,

ahí.

Y entre las horas,

no hay ya más minutos.

Y entre los minutos

estás tú, impuntual

en algún tiempo.

y perdido, yo

en algún espacio.

(LaIguana.TV)

 

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