Entre los ochenta libros de sus ochenta años, hay uno de Luis Britto García que se titula Elogio del panfleto (y de los géneros malditos). En esa obra diserta con su habitual erudición y humor acerca de los géneros que han sido anatematizados por la Santa Inquisición de la Cultura Exquisita, que, según sus investigaciones tiene una hoguera hecha de indiferencia fingida e ignorancia real.

Dice LBG que uno de esos géneros es el panfleto. Explica que en esa especie de sociedad sin pecados hacia la que nos estamos moviendo, “la corrupción no es castigada, sino exaltada como habilidad y la ignorancia ha dejado de ser vergonzosa: la celebran o la fingen los analfabetos que no escriben más que para atacar a los intelectuales. La nueva permisividad solo rechaza dos categorías de parias: los leprosos y los panfletarios”.

Luego entra a definir panfleto y dice que “quizá estaremos de acuerdo en que el panfleto es un escrito altamente personal, subjetivo y emocional, que contiene un ataque violento sin coherente justificación científica o metodológica”. Añade que “por antítesis, podemos crear la categoría antagónica del discurso elevado, el cual sería un mensaje altamente impersonal, objetivo e impasible que elude toda condena o elogio en aras de la exposición rigurosa de una verdad demostrada en forma científica. El lector avisado sabe que esta segunda categoría de mensaje no existe. Las verdades objetivas y absolutas solo habitan en el Cielo, donde no necesitaremos escribirlas. Pero estamos en la tierra, en el infierno de las subjetividades. Solo el panfleto es verdad”.

Esta semana -tal vez por alguna razón astrológica- cuando el maestro arribaba a sus 80 años, estaba en la cresta de una ola buena para surfistas, formada por todos esos elementos que maneja en su ensayo: corrupción exaltada, indiferencia fingida, ignorancia real, ataques violentos, subjetivos, emocionales y, al mismo tiempo, discursos pretendidamente elevados, impersonales, objetivos, impasibles, científicos.

Por fortuna, el gigante intelectual también sabe mucho del mar, pues ha sido navegante y submarinista. Así que, con su serena sonrisa, ha capeado el temporal desatado en torno a sus objeciones a la Ley Antibloqueo, interpretadas como crímenes graves por la Santa Inquisición, aunque no precisamente por la de la Cultura Exquisita, sino por una peligrosísima alianza de Torquemadas de la barbarie más balurda asociados de oportunidad con personajes del leguleyismo pisapasito.

En su semana de aniversario redondo, a LBG se le ha declarado traidor, saltatalanqueras, agente de la CIA o –lo que es, de seguro, más ofensivo para él- se le ha tachado de inocente viejito manipulado por los anteriores. Paradójicamente, las invectivas llegaron no por haber escrito un panfleto, sino lo que en su taxonomía se acerca más a un discurso riguroso. Y no es porque haya pretendido su autor colocarlo más allá del bien y del mal, sino porque contiene argumentos basados en el saber jurídico (además de narrador, poeta, dramaturgo, humorista y ensayista, es un abogado de primera línea) y apoyados en la documentación pertinente, lo que es bastante decir en un ambiente en el que se “debate” disparando consignas y tuits, en el mejor de los casos, porque a veces solo se levanta la mano.

En fin, que a quienes hemos admirado tanto y durante tantos años a este hombre, nos han entrado ganas de escribir un panfleto no para defenderlo, porque en verdad no la necesita, sino para dejar constancia de que no suscribimos las estupideces dichas en su contra. Acá va el mío, en tono de los libelos izquierdosos de nuestros años mozos:

¡Chavistas bloqueados (por quien sea), uníos!

Un fantasma recorre al chavismo: es el fantasma del bloqueo.

Todos estamos bloqueados por el imperio y sus lacayos, pero no conformes con eso, ciertos cuadros revolucionarios (es un decir) han asumido como política bloquear a cualquiera que los critique a ellos, a alguna de sus obras o a la falta de ellas.

Estos sujetos, imbuidos de un oportunismo dogmático, pretenden ser los hermeneutas exclusivos del legado chavista y los autores de estrategias no discutibles por nadie, y mucho menos por militantes o simpatizantes de la Revolución. A cualquiera que ose hacerlo, lo acusan de revisionista, reformista, obstruccionista, proimperialista y cualquier otro “ista” por el estilo.

La feroz campaña se ha desatado, entre otras personas, contra el venerable Luis Britto García, a quien acusan de todas las anteriores y también de ser demasiado viejo para andar proponiendo ideas, lo que demuestra el nivel de oscurantismo de los perpetradores de las destemplanzas.

Los libelos difamatorios corren por cuenta, dicho sea de paso, de personajes a los que la Revolución debería enviar de inmediato a la muy célebre Escuela de Formación, y someterlos a una dieta de mortadela durante al menos seis meses.

¡Estimado maestro: sentencie lo que sentencie la Santa Inquisición de la barbarie balurda o del leguleyismo pisapasito, el pueblo y la historia ya te absolvieron!

Nota: Este panfleto parece un apropiado regalo de cumpleaños porque, como el mismo LBG lo escribió: el panfletario es alguien “que todavía cree en la palabra”.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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