En una nueva edición del viernes filosófico en Desde Donde Sea, el filósofo y analista político Miguel Ángel Pérez Pirela, se dedicó a desentrañar la moral que define al individuo neoliberal, a partir de las tesis expuestas por el filósofo canadiense-estadounidense David Gauthier en su obra La moral como acuerdo.
 
Gauthier, catedrático de la Universidad de Pittsburg experto en la obra del contractualista Thomas Hobbes, se dedica a presentar alegatos para soportar la idea que la moral no existe como construcción ontológica anterior al ser humano, sino que es el fruto de decisiones racionales individuales que fundamentan lo que denomina el acuerdo moral.
 
Para complementar la discusión, Pérez Pirela aludió a la conocida obra de John Rawls, A theory of justice, y a fragmentos de un libro de su autoría, intitulado Perfil de la discusión filosófico-política contemporánea, una discusión aristotélica, publicado en 2005 por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. 
 
Recordó que para Rawls, el contrato social se sustenta en el llamado «velo de ignorancia», según el cual, ningún individuo puede conocer cuál es la posición del resto ni la suya propia en la sociedad, so pena de incurrir en injusticia, un punto de vista que ha sido cuestionado, por autores como Michael Sandels debido a la imposibilidad de que tales condiciones puedan reproducirse en la realidad. 
 
Desde un ángulo distinto, Gauthier asegura que toda moral –y como consecuencia directa, toda idea de bien o de mal que tenga un individuo–, antes que basarse en imposiciones derivadas del orden cultural, que siempre es preexistente al individuo, se fundamenta en la racionalidad que este aplica al hacer elecciones, que persiguen siempre la maximización de la utilidad. 
 
Una primera consecuencia que se deriva de la aserción de Gauthier es que la moral se transforma en un asunto estrictamente individual y relativo, por lo que las ideas de bien y de mal dependerán exclusivamente de la situación concreta en la que el individuo elija aquello que permita maximizar sus intereses sin menoscabar los del resto. 
 
El filósofo no habla desde una postura nihilista, como lo hiciera, por ejemplo, Jean Paul Sartre, quien sostenía que el hombre es una creación que se hace cada día, razón por la cual no podía existir una entidad que funcionara como parámetro rector de nuestras acciones, en tanto los seres humanos estamos condenados a ser libres. 
 
En contraste, el contractualismo de Gauthier niega la existencia de una moral anterior al contrato social y niega los valores morales objetivos. Su moral contractual, apuntó el también director de LaIguana.TV, se define a partir de la cooperación entre individuos que solo poseen intereses personales, por lo que una moral así entendida implica que solamente será transversal en la medida que persiga la ganancia mutua a partir de la racionalidad, que queda restringida al cálculo de intereses.
 
El autor asegura tomar distancia de aquellas posiciones que hacen de la economía el motor de todo el quehacer humano y asegura, en su lugar que al acuerdo moral solamente lo antecede el interés de cada individuo, que es justamente lo que impulsa al acuerdo moral. 
 
Así las cosas, para él está claro que ese individualismo que nos impele al acuerdo moral, nos hace concluir en el proceso que para los seres humanos es más favorable pactar que atacarnos. 
 
Por ello, no puede pensarse el contrato moral en términos de interés individual, sino de la cooperación, entendida esta como interés común, pero para el filósofo venezolano, esto equivale sustentarlo en el cálculo del interés económico y a la ontologización de la moral a través de dicho cálculo. 
 
Gauthier, de su lado, se defiende de esta crítica, arguyendo que no es el mercado el fundamento del acuerdo moral que propone sino la cooperación, pues la sociedad liberal, al fundamentarse en la cooperación, es definitivamente superior a la llamada sociedad de mercado. 
 
Esta cooperación implica que en las elecciones morales, no se busca hacer ni bien ni mal al otro, sino que la meta es no empeorar su situación, lo que trae como consecuencia que el altruismo sea inviable en estas circunstancias, pues quedaría bajo el manto de la irracionalidad. 
 
Desde este punto de vista, la racionalidad dentro una acción es el fundamento necesario para el establecimiento de la moral y el deber se pierde sentido porque existe fuera del individuo. 
 
Gauthier critica al filósofo empirista David Hume, afirmando que si el deber no es algo superior al interés, la moral sería superflua y a contravía, insiste en que el lenguaje que regirá todo acuerdo moral se fundará en la razón, puesto que una persona actúa racionalmente, sí y sólo sí busca su máximo interés o beneficio, aunque acota que la racionalidad no es sinónimo de utilitarismo. 
 
Sin embargo, David Gauthier no tiene empacho en asegurar que la racionalidad permite establecer un espacio moralmente neutro: el mercado, mas su posición es puesta en cuestión por otros pensadores, quienes le señalan que en ese proceso de buscar el interés común y construir espacios cooperativos con la alteridad, no es posible eliminar los elementos que caracterizan la relación con los otros, puesto que no existe garantía alguna que esos sujetos individualistas sean capaces de respetar los compromisos adquiridos y cooperar entre sí, en pos de la búsqueda de una ventaja mutua. 
 
«Si el individuo de Gauthier es racional y egoísta, ¿por que un egoísta querría pactar?», se preguntó el analista, aunque, acotó, él sale al frente de este señalamiento, indicando que «la elección de la cooperación condicional, es el último acto egoísta del individuo como egoísta», puesto que su meta es «no tocar los intereses de otro».
 
La moral sería entonces el fruto de la voluntad de los individuos y la elección de la cooperación condicional no establece la distinción entre lo que el individuo debe o no hacer, pues esta está del todo ausente en el ejercicio del contrato, que se sucede en un ambiente temporal.
 
Al preguntarse qué llevaría a un egoísta a reconocer a los otros como límite de sus propias posibilidades, Pérez Pirela responde con Hobbes: la guerra, que es lo que precisamente se quiere evitar con el contrato moral.
 
Gauthier invoca la teoría de la supervivencia expuesta por Hobbes en el capítulo 14 del Leviatán, para justificar la existencia de una moral entendida como la superación de un interés particular, para construir los límites de una moral potencial basada en un acuerdo y añade la noción de «rational choice» –elección racional»– para defender que el acto de cooperación es la mejor elección posible para salvaguardar los intereses personales. 
 
En su criterio, para que se produzca la cooperación, debe existir lo que denomina la ventaja de todos, traducida en una práctica de coordinación, razón de peso que funda la moral por acuerdo. Una práctica es coordinadora si una persona prefiere adherirse a ella si el resto decide hacerlo o decide no hacerlo si el resto tampoco lo hace.
 
Por ejemplo, ilustró, un individuo puede no estar de acuerdo con el porte de armas, pero determinado por los otros, que están armados, prefiere, por razones de interés propio, portar el arma. 
 
En este punto, Gauthier introduce una distinción importante: una práctica de coordinación solamente es ventajosa si cada individuo, en lugar de limitarse a seguir el comportamiento social, lo prefiere. Esta es la base sobre la que cimienta su apuesta por el equilibrio entre el mercado y la cooperación social. 
 
Un acuerdo racional en el cual se resume la moral, supone la anulación del valor moral a priori. Lo contrario es irracional y valores como la justicia quedan reducidos a unos pocos principios de la teoría racional. 
 
Resumidamente, Gauthier pretende fundar una moral amoral y realiza el llamado a la cooperación, pero fundamentada en el interés individual y no en el altruismo. También se opone al concepto kantiano de imperativo categórico, porque para él, la acción se fundamenta en acción racional pactada por otros para afianzar intereses racionales, siempre que estos no vayan en desmedro de los demás. 
 
«¿Sobre qué fundamentos se puede prohibir algo así? ¿Existe ese individuo capaz de hacer esos cálculos en lo cotidiano?», inquirió Miguel Ángel Pérez Pirela, que sostiene que no se puede pensar sobre esas tesis, imitándose al mero interés individual.
 
David Gauthier insiste en que después de haber suscrito el acuerdo moral, ninguno de los participantes debe encontrarse en una situación peor de la que se encontraba en el estado natural, mas ello entraña que se dejan de lado las desigualdades estructurales de la sociedad capitalista y que se otorga una confianza excesiva al compromiso que tendrán los individuos para respetar un pacto que no está sustentado en la coerción. 
 
Para mostrar de qué forma se pone de manifiesto este rasgo en la cotidianidad, el comunicador mencionó el uso de la mascarilla, que bajo este lente puede interpretarse como un adminículo que usamos para protegernos del otro, bajo la premisa de que nuestra acción nos beneficia y también al otro. 
 
Sin embargo, también está presente la irracionalidad que manifiestan aquellos que se niegan en redondo a portarla en público, para los que carece de importancia enfermarse con la COVID-19 e inclusive, que alguien resulte contagiado, a consecuencia de su decisión. 
 
«Un punto de partida que resuma la justicia a principios de interés, sin el matiz altruista, sin considerar la desigualdad, no permite sustentar la zona amoral y de una cancelación definitiva del valor moral» y es por ello que el individuo contemporáneo «está completamente perdido», porque si bien estas teorías ofrecen un mapa preciso de la subjetividad neoliberal, no le indican cuáles son las coordenadas de su posición.
 
Bajo el lente del relativismo de Gauthier, nada es bueno o malo en sí mismo, sino que su valor se lo otorga la racionalidad, de modo tal que no existe nada parecido a un reino de los valores, porque en su caso, hablar de valor, equivale a hablar de interés, el único protagonista de la moral.
 
Este autor afirma que la racionalización persiguela maximización de la utilidad, mientras que la preferencia –entendida como elección dentro de un estado de las cosas particular–, solamente frente a una situación concreta, de lo que se desprende que no pueden decidirse las normas sociales que rigen la vida, pero sí es posible hacerlo sobre los valores que fundamentan esa vida, pues lo racional es maximizar el valor. 
 
La teoría de la elección racional, implícitamente identifica el valor como utilidad, por lo que no se trata de lo que es bueno o malo a priori, sino lo que es útil o inútil. 
 
En palabras más sencillas, ello quiere decir que cuando se escoge una acción, en realidad se está escogiendo el resultado de esa acción y solamente aquellos que presupongan la más alta utilidad serán escogidos.
 
Este rasgo, más la probabilidad de que el resultado elegido, más la probabilidad de que el resultado se haga realidad, definen lo que denomina «condiciones de preferencia racional». 
 
Las preferencias, a su vez, fundan los valores personales, que son independientes de los valores de los demás y serán la medida de la racionalidad de cada individuo, siempre relativizados a cada situación en la este deba decidir y elegir. No se trata, por tanto, de una norma objetiva y absoluta. 
 
Gauthier asevera que el valor no es una característica inherente a las cosas o situaciones, ni algo que existe en la estructura ontológica del universo, sino que se crea o se determina mediante la preferencia, por lo que los valores serían el fruto de nuestros acuerdos. 
 
Así, lo que es bueno, lo es, en esencia, porque es preferido y lo es solamente desde el punto de vista de los que lo prefieren, en un espacio amoral en el que se crean las condiciones que el individuo usa para elegir, sin desmedro al interés del otro.
 
Hay quienes ven en esta apuesta de Gauthier el planteamiento soterrado de una moral, puesto que al sustentar toda su arquitectura conceptual en la racionalidad del individuo, la hace dependiente de una condición universal de la que ésta carece y equipara la acción racional a la objetividad.  
 
Empero, Miguel Ángel Pérez Pirela rescató un aspecto positivo de la crítica de Gauthier: el que refute valores impuestos por la religión o la cultura que terminan aplastando al individuo. 

 

(LaIguana.TV)

Comentarios Facebook