En las últimas semanas se ha puesto de moda el trasnocho político. El presidente Nicolás Maduro ha convertido en tendencia la expresión «izquierda trasnochada», lo que no deja de ser incómodo, sarcástico o gracioso (según quien lo mire) si se tiene en cuenta que la derecha (tanto la despierta como la dormida) ha considerado -no ahora, sino siempre- al chavismo en su totalidad como eso mismo, una izquierda que pasó mala noche. 

He hecho un esfuerzo de memoria y he llegado a la conclusión preliminar de que zaherir a la izquierda con eso del trasnocho es una costumbre que implantaron los adecos de los años 70, aunque tal vez haya sido un invento previo del mismo autor del hampoducto y las multisápidas: Rómulo Betancourt, padre de la democracia bipartidista y de varios otros engendros (me refiero a los lingüísticos).  

[Es muy posible que Betancourt pariera esa frase también, pues fue marxista en los años 30, cuando firmó el Plan de Barranquilla, y luego un renegado anticomunista, favorito de los gringos en el patio trasero, pero eso escapa de mi revisión a pura memoria]. 

A partir de los 70, el apelativo de izquierda trasnochada se les asignó más que nada a los partidos que no se acogieron tempranamente a la política de pacificación que inició Rafael Caldera. Desde entonces, se vincula el trasnocho con el empeño en seguir adelante con un proyecto ya fracasado: hacer la revolución a la manera cubana, es decir, conquistando a las masas campesinas para una insurrección con fusiles en contra del statu quo. 

Y he aquí el aspecto más irónico de la actual popularidad de la frase: uno de esos partidos que se negaban a admitir la derrota de la mítica lucha armada era la Liga Socialista, tolda política en la que, según las biografías oficiales, comenzó su andadura política el actual jefe de Estado. De hecho, cuando ya buena parte de la izquierda estaba en el cauce fijado por el puntofijismo (elecciones cada cinco años, acta-mata-voto y represión made in USA para quien se ponga cómico), la Liga y su aparato armado, la Organización de Revolucionarios (OR), estaban viviendo peligrosamente y pagando las consecuencias en la forma más brutal. Recuérdese a Jorge Rodríguez padre. 

En los ochenta, el latiguillo de la izquierda trasnochada le vino muy bien al gobierno socialcristiano de Luis Herrera Campíns, que se dedicó a la exportación de esbirros hacia Centroamérica, quienes se ocuparon por allá de desvelarse para torturar y matar marxistas reales o presuntos, incluyendo curas y monjas cabezacaliente (por cierto, otra palabreja con la que se solía y suele azotarse a los luchadores sociales).  

También le cayó de perlas al simpaticón Jaime Lusinchi, en los tiempos del máximo esplendor del adequismo. En su florido discurso, Lusinchi se inventó una variante de los cabezacaliente, las «mentes calenturientas». Genial. Por cierto, ese presidente era muy dado a los trasnochos, pero no por motivos ideológicos, sino etílicos. 

Ahora bien -y aquí pisamos terrenos espinosos-, las acusaciones contra la izquierda trasnochada alcanzaron su máxima intensidad en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, cuando el carismático líder se saltó una talanquera que la mayoría no sabía que existía: la que divide a la derecha socialdemócrata de la derecha neoliberal, esa derecha que nunca duerme ni deja dormir a los pobres. 

Pérez, quien confiaba ciegamente en su propio liderazgo, pensó que él iba a hacer el milagro de implantar un plan de ajuste fondomonetarista sin que le quemaran un solo caucho. Pero resultó ser que, a veinte días de su célebre coronación, casi le queman el país entero, incluyendo su propia baja espalda, para no decir otra cosa. 

Ese fue un momento estelar para los denunciantes de los supuestos desmanes de la izquierda trasnochada, pues el caótico alzamiento del Sacudón fue contra lo que se vendía mundialmente como la expresión más excelsa de la modernidad. Quien se oponía al recetario neoliberal era, más que un trasnochado, un dinosaurio en pleno proceso de extinción que no se había leído a Fukuyama. 

La represión que se desató entonces contra los que participaron en la rebelión y, luego, contra todo lo que oliera a ñángara, fue un verdadero clásico de la seguridad de Estado en la democracia cuartorrepublicana. Lástima que a algunos de los reprimidos de entonces se les haya borrado el disco duro. 

Ahora bien, una época de oro de los señalamientos contra izquierdistas trasnochados sobrevino a finales de los 80 y a lo largo de los 90, como consecuencia de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética.  

Ante semejante montón de ruinas, seguir siendo socialista era, en verdad, un empeño que invitaba al bullying, aunque esa palabra todavía no se usaba. La derecha triunfante y sobrada se sentía con pleno derecho a burlarse no solo de quienes tuvieran ideas marxistas, sino también de cualquiera que pensara en reivindicaciones sociales, incluso desde el campo del reformismo más moderado.  

Lo peor de ese tiempo fue que la gente que seguía militando en los partidos considerados de izquierda, los que se habían pacificado en los 70 y 80, se sumaron a la campaña contra el trasnocho izquierdoso. Emblema de estos personajes fue Teodoro Petkoff. Es cierto que él siempre había hablado con desdén de la otra izquierda (la diferente al MAS, a la que bautizó como “el chiripero”), pero fue a partir de su gestión como ministro de Caldera II y de su conversión al neoliberalismo fondomonetarista, cuando se dedicó a flagelar con más fruición a los que seguían hablando de condiciones objetivas y contradicciones de clase. Petkoff llegó al súmmum de esta línea de pensamiento cuando escribió su libro autojustificante Solo los estúpidos no cambian de opinión. O sea, que, para él, en la última etapa de su carrera política, la izquierda no era trasnochada, sino más bien estúpida. 

La fiebre de transmigrar al neoliberalismo atacó también a gente como uno, que no necesariamente había militado en partidos de izquierda, pero sí, por ejemplo, en organizaciones sociales, sindicales o gremiales con fama de tener ideas de igualdad social, verbigracia el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa y el Colegio Nacional de Periodistas. Entonces, nos ocurrió en las redacciones de los medios de comunicación de la época un fenómeno la mar de deprimente: los dueños de esos medios emprendieron su guerra para destruir la contratación colectiva (algo demodé, según ellos) y la infantería de esa guerra la integraron precisamente los exizquierdistas que, según las ideas dominantes, no se habían quedado trasnochados, sino que habían dormido bien, habían abierto los ojos y ahora eran de derecha. Era frecuente que esos personajes, cabezas calientes que se habían enfriado, te dijeran cosas como: «Yo entiendo tu lucha, compa, es muy noble, pero en el mundo actual, tristemente, ya no se puede hacer nada. Mejor móntate en el tren de los contratos individuales y olvídate de esas ideas trasnochadas, te lo digo como amigo». 

Las acusaciones de trasnocho contra los militares que protagonizaron el 4 de febrero merecen no uno, sino muchos párrafos aparte. Desde la derecha mandante y desde la izquierda domesticada -y asustada- llovieron las críticas a la sublevación, calificada como una versión trasnochada de las asonadas sesentosas, aunque -seguimos con las amargas ironías- muchos de esos veteranos izquierdistas que se unieron al coro, habían participado en aquellas intentonas. 

Cuando el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 mutó en el MVR y se decidió a ir a la vía electoral, hubo otra temporada de descalificaciones basadas en el supuesto trasnocho de ideas. Prácticamente toda la campaña de los partidos tradicionales contra el fenómeno Hugo Chávez en 1998 estuvo basada en la tesis de que, si este ganaba, el país entraría en una etapa de doctrinas pasadas de moda.  

La fama que arrastraban algunos de los acompañantes civiles de Chávez, como Luis Miquilena y J.R. Núñez Tenorio, ayudó a darle cierta credibilidad al argumento del supuesto oscurantismo izquierdoso. De todos modos, la matriz de opinión no sirvió de nada porque Chávez les pasó por encima a todos esos destartalados partidos, y además, en al caso de Miquilena luego quedaría demostrado que no era de izquierda (ni de la trasnochada ni de la otra). 

El anticomunismo rabioso que ha caracterizado a la oposición desde 1999 se acentuó en 2001, con la aprobación de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario y otras 48 leyes tildadas de arcaicas por ser de naturaleza popular e igualitaria. En abril de 2002, con esa acusación en ristre, la derecha de siempre y la «nueva» montaron una orgía para derrocar al gobierno, en la que estuvieron 47 horas en vigilia, borrachos de poder. Luego no les quedó más remedio que irse a dormir y cuando se despertaron, parafraseando a Monterroso, el comandante todavía estaba allí. 

En eso de vociferar sobre ideas trasnochadas, peor se pusieron los neoliberales y la izquierda bien dormida cuando Chávez, en el icónico mitin del Jardín Botánico, declaró socialista la Revolución Bolivariana. Desde entonces y hasta que el líder del proceso se marchó de este plano de la existencia, siempre lo acusaron de comunista trasnochado, un señalamiento que, por extensión, tocaba –y sigue tocando- a todos sus colaboradores inmediatos, incluso a algunos que jamás y nunca fueron de izquierda.  

En fin, que luego de revisar la historia de medio siglo de la expresión «izquierda trasnochada», oírla de manera ya reiterativa en la voz de Nicolás Maduro puede entenderse de dos maneras: una paradoja más de la vida y de la política; o una señal de que el presidente y su gobierno se han desplazado (sin querer o sin querer-queriendo) hacia un espacio que antes han ocupado los viejos partidos puntofijistas, la izquierda domesticada de los años 70 y 80, los neoliberales eufóricos de los 90 y la derecha despechada del siglo XXI.  

Visto así, es un lugar muy malo para que se pare alguien que, por otro lado, y en términos de política real, está férreamente enfrentado al imperialismo estadounidense y a sus nefastos satélites y lacayos europeos y latinoamericanos.  

Es -y esto no pasa de ser una opinión insomne- una frase muy desafortunada, que lleva consigo una historia harto truculenta con la que solo pueden sentirse identificados todos los anteriormente enumerados. ¡Qué incómodo!  

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

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