En marzo de 2003, el para entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, declaró la guerra a Irak e invadió a la nación árabe con la complicidad de Reino Unido bajo la excusa de destruir las supuestas armas de destrucción masiva del presidente Saddam Hussein. Han transcurrido 18 años de aquella fatídica y criminal operación que dejó cientos de miles de muertos y desplazados.  

Un elemento significativo que se generó previo a esta ocupación fue el atentado del 11 de septiembre del 2011 contra las Torres Gemelas por parte de la organización paramilitar y yihadista Al Qaeda. Este escenario llevó a Bush a establecer una maniobra denominada por las autoridades estadounidenses como «Lucha contra el Terrorismo», utilizando como argumentos los nexos entre Sadam Husein y Osama Bin Laden. Además, la mencionada acusación de que Irak contaba con armas químicas y biológicas de destrucción masiva, señalamiento del cual no había pruebas y que, tiempo después, se comprobó era completamente falso. 

«En este momento, las fuerzas estadounidenses y de la coalición se encuentran en las primeras etapas de las operaciones militares para desarmar a Irak, liberar a su gente y defender al mundo de un grave peligro», fue el mensaje con el cual el para entonces primer mandatario de EEUU, desde la Oficina Oval de la Casa Blanca, dio a conocer a los estadounidenses sus planes de ataque. 

Pero, en realidad, con esta acción belicista EEUU buscó, en primer lugar, apoderarse de los recursos petroleros del país árabe, sin importar las muertes y destrucción generadas por esta invasión. 

Asimismo, la administración gringa intentó expandir su posición geoestratégica en el Medio Oriente, por medio de la instauración de un gobierno que respondiera a los intereses de Washington y sirviera de aliado frente a los poderes, que cada vez tomaban más peso, como Rusia y China. 

(LaIguana.TV) 

 

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