Los cuentos de camino del capitalismo hegemónico se caen todos los días. Solo que se vuelven a levantar porque el sistema está diseñado para que la gente se los trague por repetición incesante.

En este mundo pandémico, con el imperialismo estadounidense (y su colofón europeo) en plena crisis de decadencia, nos encontramos a cada paso con esta caravana de falsedades.

Desde siempre, pero especialmente desde los patéticos años 80, nos dijeron que la gran meta hacia la que debía dirigirse la humanidad era la de una economía en la que prevalecieran el libre mercado y la libre competencia. No fue un simple lema propagandístico, sino un contenido ideológico que se implantó sin descanso a través de todos los aparatos de adoctrinamiento de la superestructura: religión, escuela, medios de comunicación, industria cultural, publicidad, mercadeo y en las mercancías, convertidas –cada vez más- en mensaje en sí mismas.

China, Rusia y otros países se metieron en el carril, se dedicaron a competir por los mercados mundiales. Se tomaron tan en serio el reto que a estas alturas lo están ganando. Entonces, los adalides de la libertad económica responden con sanciones y amenazas, es decir, con francas intervenciones estatales (¡qué ironía!) en los flujos mercantiles y comerciales.

Si una empresa china pone patas arriba al arrogante Valle del Silicón, el Estado norteamericano la persigue, mete presos a sus gerentes, le prohíbe entrar a su mercado, le pone plazos para que se vaya o para que la firma sea vendida a una compañía  estadounidense. ¡Qué mercado y qué competencia tan libres, caramba!

Si una institución rusa inventa, patenta, fabrica y distribuye una vacuna contra la covid-19, no crea usted en la fábula de que las empresas estadounidenses y europeas del ramo van a tratar de ofrecer un mejor producto y más bajos precios para ganar en buena lid la batalla por este mercado desesperado. Nada de eso. El aparato estatal de EEUU se encarga de repartir sanciones y de aplicar amenazas y chantajes gansteriles para que los países aliados no compren la vacuna rusa.

(En este caso, por cierto, ni siquiera ofrecen una alternativa a la gente que clama por la inmunización. Lo que quieren es impedir que Rusia se posicione en regiones geoestratégicas que “les pertenecen” a EEUU. En todo caso, la noción de la libertad de mercado y de competencia queda sepultada debajo de un montón de consideraciones políticas).

La ficción de la libertad de mercado y de competencia se pone en evidencia incluso cuando se trata de confrontar intereses dentro del bloque de países capitalistas del norte del mundo. Un ejemplo en caliente es la controversia acerca del gasoducto Nord Stream 2, un proyecto multinacional del que forman parte Rusia y varios países de la Unión Europea que dependen del gas ruso para su calefacción y otros usos energéticos. Pues bien, EEUU –el gran promotor de las libertades de mercado y competencia- se había opuesto republicanamente  y ahora sigue oponiéndose demócratamente. El presidente nuevo (en el cargo, se entiende), Joe Biden, les ha dicho a sus socios europeos que abandonen ese proyecto, que es una mala idea y, de paso, les ha soltado la amenaza: las empresas que no se retiren de los consorcios constructores serán sancionadas por Washington. Pura libertad.

Cuando se ahonda en los motivos de EEUU para oponerse al gasoducto, surgen dos principales: los intereses de las corporaciones energéticas estadounidenses que no quieren la competencia rusa; y el mismo que se aplica en el caso de las Sputnik V en América Latina: Europa occidental es territorio de EEUU y, ultimadamente, no se lo va a dejar arrebatar por Putin.

Libre prensa

Otro de los grandes engaños sostenidos relacionados con la “libertad” del capitalismo es el de la “prensa libre”.  Se supone que es uno de los cimientos de las llamadas “democracias occidentales”, pero a estas alturas del desarrollo del proyecto neoliberal, tanto los medios convencionales (prensa, radio, televisión) como las nuevas plataformas digitales están en manos de los mismos dueños del complejo industrial-militar-financiero-cultural.

¿En esas condiciones, alguien puede creer que la prensa es libre? Basta con que el asunto a tratar afecte los intereses de alguna de las múltiples ramas de la corporatocracia propietaria de dichos medios tradicionales o digitales para que el periodismo tenga que ceder el paso ya sea al silencio o a la manipulación.

Una versión particularmente perversa de esta “prensa libre” es la que se implanta desde los países del norte capitalista en las naciones en las que se pretende un “cambio de régimen”, tal como es el caso de Venezuela.

Tristemente, las líneas editoriales e informativas de tales medios de difusión masiva son diseñadas y dirigidas desde los centros de financiamiento porque quien paga decide qué música toca la orquesta.

Otra fisura en el cuento de la prensa libre es la actitud de EEUU y sus satélites respecto a los medios de comunicación con sede en países rivales. A menudo se les niega el derecho a trabajar en sus territorios o se les imponen obligaciones de informar sobre fuentes de financiamiento, personal y movilizaciones. Se les trata como si en lugar de medios de comunicación fuesen espías extranjeros. Los directivos y trabajadores de Telesur pueden escribir un libro al respecto.

Incluso en las redes sociales como Twitter se estigmatiza a dichos medios como “agentes del gobierno” ruso, chino o iraní, acotación que no se pone ni siquiera en el caso de medios estatales europeos o estadounidenses.

Elecciones libres

Pocas leyendas imperialistas han sido más repetidas en los últimos años que la de las “elecciones libres”, una caracterización mediante la cual se pretende (y muchas veces se logra) descalificar aquellos procesos de votación popular que sean ganados por candidatos o movimientos que no les gusten al aparataje hegemónico.

La falsedad del concepto de elecciones libres radica en su doble rasero, en su vergonzosa discrecionalidad. Si el ganador es amigo de EEUU no importa lo ramplonas que sean las irregularidades y hasta los delitos electorales que se cometan, el poder imperial las declarará libres y, por tanto creíbles. Si el ganador es (o puede ser) un candidato que ha tenido posiciones adversas a EEUU, no importa lo estrictos que sean los controles aplicados ni las auditorías que se realicen, el poder imperial las declarará “no libres”, es decir, ilegítimas, y desconocerá los resultados.

Para sostener el cuento de las “elecciones libres”, los países colonialistas cuentan con varias portentosas armas, como organismos internacionales (con la OEA almagrista en rol de campeona), organizaciones no gubernamentales (financiadas por gobiernos, ¡vaya paradoja!)  y medios de comunicación.  Actuando en concierto, estos factores pueden convertir en “un gran fraude” unas elecciones en las que el ganador le sacó más de diez puntos porcentuales de ventaja a su rival (caso de Evo Morales en 2019) o pueden elevar a la categoría de proceso ejemplar a unos comicios financiados por narcotraficantes, con electores amedrentados por los paramilitares y en los que llegaron a usarse boletas electorales fotocopiadas (la victoria del uribista Duque en Colombia en 2018).

Venezuela es, por sí sola, una fuente de ejemplos de la elasticidad de la noción de “elecciones libres”. EEUU jura que las únicas que ha habido en los últimos años que merecen ese calificativo son las de 2015, aunque fueron realizadas bajo las mismas normas y con las mismas autoridades  electorales que las de antes y las de después. La diferencia es que las del 2015 las ganó la derecha. ¿Se entiende, entonces, lo que significa “libres”?

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

 

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