Si se hace un conteo pormenorizado de minutos de emisión y se analizan los contenidos con cuidado, es probable que surja una conclusión sorprendente: en Con el Mazo Dando aparecen más opositores que revolucionarios. 

Por supuesto que el conductor del espacio, Diosdado Cabello, le da un cariz chavista a todo lo que allí se presenta y equilibra las cargas, pero que alguien me diga ¿en qué otro programa de la televisión venezolana aparecen -juntos y revueltos- los personajes del antichavismo rabioso que allí figuran en rol estelar, ya sea como tuiteros e influencers o como youtubers deslenguados? 

Semanalmente, Cabello le cede su privilegiada tribuna a gente de la estofa de Juan Guaidó, Leopoldo López, Henrique Capriles Radonski, María Corina Machado, Antonio Ledezma, Alberto Franceschi, Patricia Poleo, Leopoldo Castillo, Ibéyise Pacheco, Marianella Salazar, Nitu Pérez Osuna, José “Bombita” Colina, Daniel Lara Farías, Henrique Salas Feo y hasta Enrique Aristeguieta Gramcko y Ángel García Banchs, que ya es como decir raspar la sentina con una espátula. 

Entonces, el sector opositor venezolano debería, como se dice popularmente, darse con una piedra en los dientes por el hecho de que exista el Mazo. 

Muchos podrán decir que sí, es cierto, aparecen allí, pero que es para la crítica, la descalificación y a veces para la burla más abierta. Es verdad, pero una de las más antiguas máximas de la política y la farándula (campos a los que pertenece esta gente, de manera indistinta), dice “que hablen de mí aunque sea mal”. 

Además, en el análisis de esto debemos ir con cautela, pues más allá de ciertos actos de bullying muy propios del conductor del espacio (cosas como “Tequeño crudo” y “Conflé con agua”), en rigor, en el programa de los miércoles lo que se hace es mostrar al público la forma despiadada como los opositores se sacan los ojos y se hacen pedazos entre sí. ¿Tiene el diputado Cabello la culpa de que estos individuos sean caníbales? 

Tanto en la cartelera de recortes como en la sección de videos del Mazo aparece la más completa colección de insultos, descalificaciones, denuestos, agravios, infamias, ultrajes, calumnias y maldiciones contra opositores. Es cierto, pero los autores de los improperios, anatemas, blasfemias, infundios, murmuraciones, chismorreos y habladurías son ¡otros opositores, válgame Dios, señor! 

Quienes nunca hayan visto el programa y crean que estoy mintiendo, sintonícenlo la próxima vez y comprobarán que es cierto: el plomo que se dispara en esa interesante plataforma mediática es eso que los gringos llaman “fuego amigo”. 

En las filas revolucionarias hay lenguas viperinas (lo digo con todo y autocrítica), pero es un hecho demostrable que los vituperios más destructivos y corrosivos que pueden escucharse cotidianamente contra la dirigencia opositora vienen de sus propias filas. El Mazo lo que hace es recopilarlos y mostrarlos a un público que –en la mayoría de los casos por motivos de higiene y sanidad mental- no los lee, escucha o mira en sus fuentes originales.  

En fin, que si a ver vamos, los diversos intentos que se han venido haciendo por censurar a Cabello son, en verdad, deseos de amordazar a los personajes de la oposición que aparecen en el programa despellejándose vivos. 

Más que una orden judicial o administrativa para cerrar el espacio televisivo, lo que surtiría efecto para los fines de la derecha venezolana sería que amarraran a sus locos. Sin embargo, son tantos y sus intereses políticos y económicos son tan diversos y contrapuestos que no se les puede augurar mucho éxito en ese empeño profiláctico. 

Si se hiciera una recopilación de todo lo que se han dicho los antichavistas entre sí durante los últimos meses (utilizando el fidedigno registro del Mazo), quedaría en evidencia la guerra interna perenne de este segmento de la sociedad venezolana. Se comprobaría lo que ya muchas veces se ha dicho: que se odian y desprecian tanto unos a otros, que solo el odio y el desprecio común hacia la Revolución Bolivariana han hecho posible las pocas veces que han estado unidos. O sea: odio hacia afuera y odio hacia adentro. 

Las tentativas de acallar este tipo de programas no son nuevas. De hecho, comenzaron con el mismísimo Aló Presidente y con las transmisiones conjuntas de radio y televisión. Eran antes y son ahora parte de la guerra mediática sin cuartel que se desató desde los primeros años de la Revolución y que tuvo su momento de máxima incandescencia en abril de 2002, con aquel golpe mediático en esencia. 

En esos tiempos iniciales, la maquinaria mediática del capitalismo hegemónico global se encontraba en su esplendor: televisoras, radioemisoras, periódicos de circulación nacional y regional operaban totalmente cartelizados contra el Gobierno. En los días del paro-sabotaje petrolero esto se hizo groseramente obvio. Los editores y jefes de redacción se llamaban entre sí para tener, todos, la misma línea informativa. (No me lo contaron, yo trabajaba entonces en las entrañas del monstruo). 

El Gobierno solo contaba con Venezolana de Televisión, Radio Nacional de Venezuela, alguno que otro periódico más o menos neutral y con los medios alternativos y comunitarios, que eran pocos y muy débiles. No es de extrañar que la noche del 11 de abril, los golpistas envalentonados hayan cargado justamente contra esas pocas tribunas, mientras “sus” medios montaban la fiesta del gobierno carmoníaco. 

Ha pasado mucho tiempo y bien puede decirse que ese formidable arsenal mediático, a pesar de su opulencia de recursos y talentos, no logró ganar la guerra comunicacional. A muchos de los dueños de esos medios les ocurrió como a EEUU en Vietnam: después de años bombardeando napalm sin misericordia, terminaron por salir despavoridos del sitio. Ahora se dedican a su nuevo negocio: hacerse los mártires mientras viven como príncipes. 

Actualmente, la guerra mediática es librada principalmente por órganos del aparato global y por la llamada “prensa libre”, financiada por EEUU y otras naciones imperialistas. 

En ese contexto de ejército derrotado, la popularidad de un programa como el del diputado Cabello equivale a echarles sal a las heridas. Tal vez les hace más daño psicológico que real, porque golpea directamente el maltrecho orgullo de un tinglado mediático que era realmente arrogante y se dedicó –igual que la oposición partidista- a menospreciar al adversario desde una postura supremacista de clase y académica.  

El intento más reciente de sacar del aire al Mazo, el encabezado por el rector del Consejo Nacional Electoral, Enrique Márquez, viene a ser una reedición de ensayos anteriores, usando esta vez la cuota de poder que recientemente ha adquirido la oposición en el ente comicial.  

El argumento acerca del uso de los recursos del Estado para fines políticos partidistas luce razonable, pero lo sería realmente si viviésemos en una Venezuela “normal” y no en una nación asediada también mediáticamente. Frente a centenares de periódicos, portales, televisoras, radios y redes sociales orquestadas mundialmente para mentir sobre Venezuela, ¿en serio se puede cuestionar que el Gobierno responda y contraataque? 

Reflexiones dominicales

Los perseguidos discursivos. Mantener en vigor las denuncias según las cuales Venezuela es un lugar horrible para ejercer el periodismo a veces requiere de gran creatividad. Por ejemplo, el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS, una ONG que ha recibido financiamiento de la USAID y otras agencias gubernamentales de EEUU) ha patentado la categoría de “perseguidos discursivos” para ubicar allí a los periodistas y medios de comunicación que son mencionados, criticados o insultados por algún funcionario público y hasta por “simpatizantes oficialistas o medios de comunicación de tendencia oficial”, vale decir, por cualquiera. 

La cosa opera más o menos así: los periodistas de los medios supuestamente independientes (ya sabemos que eso significa “rabiosamente opositores”) publican una información o una opinión (no pocas veces una noticia falsa) y si alguien del lado chavista osa responder, cuestionar o desmentir lo publicado (desde Nicolás Maduro hasta un militante cualquiera del PSUV con cuenta Twitter), ese periodista puede considerarse “un perseguido discursivo” y solicitar la debida protección de la comunidad internacional. 

Lo irónico del asunto es que se acusa al Gobierno, a los medios oficialistas y hasta a los simpatizantes del chavismo de “crear matrices de opinión y campañas de desprestigio” contra periodistas y medios conocidos precisamente por alimentar matrices e inventar campañas. Es decir, que los comunicadores y medios no solo se atribuyen el derecho a hacer esto, sino también el derecho a exigir que nadie les pague con la misma moneda. ¡Vaya, vaya! 

Subrayemos aquí el hecho de que el IPYS no solo pretende cuestionar el derecho de los altos funcionarios a opinar sobre el desempeño de los medios privados, sino también el de gente común y corriente, hijos de vecina, que llaman. En un párrafo de su informe, dice: “Sus redes sociales y las de diversos simpatizantes del gobierno de Maduro llevaron a cabo estos ataques contra…” y menciona varios medios, al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa y al propio IPYS. Esto significa que un señor al que le gusta tuitear u opinar en Facebook puede escribir sobre quien le venga en gana, excepto sobre los periodistas y medios opositores, a riesgo de convertirse en un “perseguidor discursivo de la prensa libre”. Interesante postura. 

Por cierto, las supuestas operaciones de desprestigio contras estos medios, ONG y gremios fueron, en realidad, denuncias acerca de cómo algunos de ellos han sido financiados por una agencia oficial del gobierno de Reino Unido para que “generen climas de opinión favorables al cambio de régimen en Venezuela”, es decir, para que ayuden a derrocar al gobierno constitucional. Esa información la publicó originalmente un medio inglés, con una amplia documentación probatoria. 

Ya en un borde muy sospechoso, el IPYS se lanza a defender grandes poderes mediáticos no venezolanos, al mainstream global. Fustiga al presidente Maduro por criticar a medios de comunicación de EEUU y Colombia. Con tono de “¡acúsalo con tu mamá!”, cuentan que el mandatario, por ejemplo, llamó cloaca a Semana y añadió que “es un instrumento del uribismo contra los movimientos progresistas de América Latina y el Caribe, instrumento de la mentira, del paramilitarismo”. 

Aparte de que esas aseveraciones son compartidas por media Colombia (en especial luego del deplorable papel de Semana durante la ola represiva al Paro Nacional), se trata, en todo caso, de una opinión del presidente Maduro sobre un medio de comunicación. ¿Acaso no es su derecho como lector y, más aún, como frecuente blanco de las invectivas de esa revista? 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

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