Han sido discretas, por decir lo menos, las publicaciones en la prensa colombiana sobre el diálogo entre el gobierno y la oposición de Venezuela, que ya produjo los primeros acuerdos, considerados imposibles hasta hace poco tiempo.

Contrasta la divulgación en tono menor de esos acuerdos con el revuelo mediático que produjeron los momentos de tensión que en algunos casos parecían presagiar el final del chavismo. También contrasta con el despliegue que se dio a la irrupción de Juan Guaidó en la política venezolana y a su “presidencia interina”, que celebraron muchos —entre ellos el presidente Iván Duque— como el anuncio de que Nicolás Maduro tenía “los días contados”.

Para quienes preferimos el diálogo a la guerra, lo ocurrido en las últimas semanas en México merece una divulgación más amplia. Análogamente, lo más deseable para los colombianos es que el país vecino encuentre una solución pacífica a su crisis. El ruido de sables, fusiles o cañones al otro lado de la frontera solo puede traer malas noticias para las naciones vecinas de Venezuela y, en primer término, para la más cercana de ellas, que es la nuestra.

Después de los intentos fallidos en 2019 para derrocar a Maduro y de la invasión en 2020, también fracasada, de mercenarios contratados por la compañía estadounidense Silvercorp USA, la situación venezolana evolucionó hacia lo que analistas imparciales señalaron siempre como inevitable: el diálogo entre las partes para evitar males mayores como la intervención militar de Estados Unidos, esgrimida por Guaidó como su principal arma contra el inquilino del Palacio de Miraflores.

(elespectador.com)

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