Partamos de una pregunta sobre algo que se hizo costumbre ya en tiempos del comandante Chávez y ha seguido durante el gobierno del presidente Nicolás Maduro: ¿por qué pasa que irregularidades flagrantes, denunciadas de forma reiterada durante meses o años, solo comienzan a investigarse y sancionarse cuando el jefe máximo reconoce que están ocurriendo y forma un lío públicamente?

El más reciente ejemplo es el relativo a las mafias que controlan la venta de gasolina (subsidiada o en dólares), a las que el presidente Maduro declaró la guerra durante su mensaje anual a la Asamblea Nacional, el sábado 15 de enero.

Hay varias posibles explicaciones, casi todas ellas indicativas de otros despropósitos, irregularidades, fallas, omisiones y hasta aberraciones. Hagamos una aproximación, muy subjetiva, desde luego.

En primer lugar, vamos a preguntarnos, de una manera mafaldística, ¿por qué el presidente no sabía lo que estaba pasando en las estaciones de servicio?

Una respuesta simple y hasta un poco necia es que el presidente Maduro, aunque es obvio que le encanta manejar, no tiene necesidad de echar gasolina porque para eso hay un batallón de asistentes; de asistentes de los asistentes; y de asistentes de los asistentes de los asistentes. 

Bueno, es verdad, pero si dependiéramos de las experiencias directas de los gobernantes para solucionar cada problema, a ninguno le alcanzaría el tiempo, y mucho menos al presidente en un país presidencialista.

Tendría el jefe de Estado que pasarse los días en toda clase de patéticas inmersiones en la realidad, como tratar de que operen a un familiar en un hospital público; pasar con una carga de cebolla por 43 alcabalas atendidas por sus propios dueños o por empleados de confianza (son negocios, pues); movilizarse en el metro de Caracas; ir a trabajar después de una noche sin energía eléctrica en Maracaibo o, para hacer breve la lista, comprar alimentos y medicinas con un salario mínimo o una pensión.

En conclusión, aunque a la gente le fascinan esas historias de presidentes, gobernadores o alcaldes que salen disfrazados a vivir, en carne propia, la realidad del pueblo, la verdad es que eso  solo funciona excepcionalmente y, en el caso del presidente Maduro, es muy difícil de ejecutar por el gran aparato de seguridad que debe protegerlo siempre.

Entonces, tenemos que seguir preguntándonos –con curiosidad infantil- por qué no estaba debidamente informado de las anomalías en el suministro de combustibles.

Si vamos a buscar culpables, tendríamos que ubicarlo de primero a él mismo porque es una persona bastante alerta en cuanto a medios de comunicación y redes sociales, y resulta que tanto en unos como en las otras se ha hablado hasta el hastío de los desafueros de las mafias del combustible desde que comenzaron los problemas de abastecimiento, hace ya un rato largo. En laiguana.tv, por solo mencionar nuestra propia casa, ha sido un tema recurrente, incluso con denuncias documentadas con fotografías y videos. Que conste.

Bueno, si dispensamos al presidente con la excusa de que no puede estar pendiente de todo, podemos culpar a sus más inmediatos colaboradores, los ministros y otros altos funcionarios. Antes que nada habría que señalar con el dedo a los involucrados directamente en el problema, es decir a los titulares de Petróleo, Defensa y Relaciones Interiores, pero también vale la queja para cualquier otro que pudo haberle dicho algo, aunque fuese en tono anecdótico, algo así como “Presidente, ayer me dijo una tía mía que estaba haciendo cola desde el día anterior en la bomba y vio cómo dejaban pasar a los que le pagaban en dólares a los guardias. Luego, ella llegó a la entrada y le dijeron que se había acabado… Parece que eso pasa todos los días”.

Y aquí volvemos a lo mismo: los ministros -sobre todo los de los despachos de la “primera división”- también tienen un séquito de colaboradores que les evitan toda incomodidad mundana, lo que les hace creer, muy erradamente, que aquí la vida es un jamón.

Un apartado especial merecen en este ajuste de cuentas los organismos de inteligencia que, como en cualquier país, existen con el propósito expreso de mantener informado al gobernante acerca de todo lo que está pasando, sea bueno, regular, neutro o malo, pero especialmente de lo malo, bien para corregirlo o para saber a qué atenerse.  

Entonces, uno se pregunta cómo es que esos organismos, que tantos chismes baratos le llevan, no le habían dicho al mandatario algo que es una verdad palmaria, un dato que no necesita de grandes dotes investigativas: que aquí hay un atajo de vivos criollos (algunos de rojo-rojito escarlata, otros de verde-verdecito oliva) haciéndose multimillonarios a costillas de  la gente que necesita llenar el tanque.

Y si de repartir responsabilidades se trata, hay que mencionar al partido de gobierno que, al menos en la letra estatutaria, tiene mecanismos de contraloría para que los altos funcionarios no estén solos en el ejercicio de sus cargos, sino que puedan ser alertados de lo que funciona mal. Y este es un papel que debería cumplir no solo por nobles motivos éticos, sino también por mero interés pragmático, pues se sabe que situaciones como esta de la gasolina, a la corta o a la larga, causan merma en los apoyos políticos, y así lo demuestran las cifras de los más recientes procesos electorales.

La lista de culpables por omisión (o de presuntos cómplices, si a uno le da por pensar mal) se alarga con los funcionarios de los otros niveles de gobierno, estadales y municipales, que tienen o deberían tener un contacto más directo con la cotidianidad popular, pero que -según parece- tampoco le habían reportado la novedad a Miraflores.

El mecanismo de la mutua sospecha

Una hipótesis acerca de por qué un negocio escandalosamente ilegal florece sin contención y no pasa nada hasta que el presidente arma un zafarrancho es que, por alguna razón, en aquellos niveles subalternos de la pirámide que no están involucrados en el guiso nadie quiere tomar la iniciativa de la denuncia por temor a que ello le acarree la exclusión, la segregación, el aislamiento o el cese de sus privilegios.

En cambio, cuando el jefe máximo se aspavienta, todos se pelean por secundarlo y cumplir diligentemente sus órdenes, dando así un espectáculo paradójico: alentador porque, al fin, se hace algo al respecto; bochornoso porque queda en evidencia su negligencia previa. Sonará antipático, pero da pena ajena.

Cabe suponer que en muchos casos, los funcionarios decentes de nivel alto y medio se abstienen de asumir conductas demasiado firmes porque temen quedar en posición adelantada. O,tal vez, porque saben (o sospechan) quiénes son los «grandes chivos» envueltos en la trama y prefieren no meterse con ellos.  Pasar agachao, le dicen a eso, y tal parece que es una de las bellas artes de la política.

Tampoco hay que sacar de la ecuación la capacidad que tiene todo mafioso (sea de la mafia propiamente dicha o de la mafia como estilo político) para chantajear y extorsionar a otros, especialmente si tienen rabo de paja o si les deben algún favor. Así fue como «prosperaron» los negocios de los grandes corruptos de los últimos años, esos que huyeron del país y ahora dicen ser los verdaderos herederos del comandante Chávez. La gran mayoría solo se atrevió a denunciarlos cuando ya habían desaparecido del mapa, mientras los oportunistas comenzaron a acusarlos luego de que el presidente y otros altos jerarcas lo hicieron. Tarde piaron esos pajaritos.

Para no excluir ninguna conjetura, también podemos señalar acá la posibilidad de que el presidente Maduro haya estado al tanto siempre de lo que estaba pasando y que se haya cansado de dar instrucciones privadas y directas para ponerle coto. Ya hastiado de la falta de resultados, optó por formar el zaperoco en su mensaje anual. Eso le pasó más de una vez a Chávez, así que no sería de extrañar.

El problema de “las últimas consecuencias”

De cualquier modo, hay que estar felices por el hecho de que el presidente haya ordenado acciones contra las mafias gasolineras. Objetivamente eso hace que la situación sea mejor que antes del discurso del mandatario. Al menos en estos primeros días.

Como se dijo antes, todos los que debían haber actuado antes, salieron de su estado catatónico y comenzaron  a tomar medidas. Sin embargo, falta por saber una cuestión clave en estos asuntos de las mafias: ¿hasta dónde llegará la acción profiláctica del Estado? ¿Caerán los capos o solo los peones y chivos expiatorios que las organizaciones delictivas siempre tienen disponibles para sacrificios humanos y montajes mediáticos?

Hasta el momento de escribir este texto (sábado 22 en la mañana), las autoridades no parecen haber detenido a ningún pez gordo. Solo figuran en los reportes choferes de gandola, operarios de bombas de gasolina y sujetos temerarios que se robaban el combustible porque habían perforado un poliducto, es decir, presuntos delincuentes menores que difícilmente podrían ejecutar sus fechorías sin el concurso de las mentes maestras.

En estos casos siempre se dice que se aplicará “todo el peso de la ley” y “se llegará hasta las últimas consecuencias”. Pero casi siempre pasa también que del dicho al hecho hay mucho trecho. ¿Esta vez será la excepción?

Reflexión dominical

El periodismo y los medios convencionales se han desprestigiado por culpa de muchos periodistas y dueños de empresas. El tiro de gracia a la veracidad de las comunicaciones masivas se lo han dado las redes sociales con su excelsa capacidad para difundir noticias falsas.

Algunos órganos periodísticos importantes han hecho esfuerzos por mantener al menos la apariencia de que siguen haciendo bien su labor, aun en medio de la perversión total del oficio. El diario The New York Times es uno de estos. De hecho, en algunos casos, este periódico le ha quitado la máscara a otros medios, como ocurrió con la enorme fakenews que montó la maquinaria mediática en pleno, en febrero de 2019, para acusar al presidente Maduro de haber ordenado la quema de la “ayuda humanitaria” que pretendían ingresar forzosamente desde Cúcuta para disfrazar una invasión al territorio nacional.

Pero bueno, podría decirse que en esto de estar al servicio de la mentira, los medios del capitalismo hegemónico cuando no la hacen a la entrada, la hacen a la salida, pues el “prestigioso” New York Times difundió una noticia falsa sobre la supuesta evacuación de la embajada rusa en Kiev, la capital de Ucrania, arrojando así leña al fuego de la guerra, al alimentar la matriz de opinión según la cual la Federación Rusa se dispone a invadir a su vecino de un momento a otro. Esa hipótesis es la que ha permitido a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) montar un escenario bélico en la región, instalando armas de ataque a poca distancia del territorio ruso.

La vocera de la cancillería rusa, María Zajárova resumió muy precisamente el affaire: «Los periodistas estadounidenses perdieron la cultura de verificar los datos que publican. Si el diario nos hubiera contactado para comentarios, habría descubierto que la embajada funciona normalmente. Pero entonces, al parecer, habría perdido el deseo de publicar todo el material, y, en consecuencia, habría perdido la oportunidad de lanzar otro ‘sensacionalismo’ en torno a la ‘agresión rusa’”.

Y continuó acusando al NYT de ser parte de los aparatos de  inteligencia de la Otan: “Ahora entendemos que todo lo que se ha hecho, es decir, estas fuentes del Consejo de Seguridad de Ucrania (en las que se basa la fake new), el periódico estadounidense que no contacta a sus corresponsales en Moscú para verificar la información, y la Casa Blanca, todos son de la misma cuerda. Lo más importante es que esto muestra su implicación en todos los aspectos, incluida la preparación de provocaciones».

Lo más grave del punto es que cuando un periódico que aún tiene reputación, como el NYT, suelta una falsedad de esa naturaleza, casi toda la prensa mundial lo replica como si fuera santa palabra. Y conste que por menos de esto puede detonarse una guerra entre potencias nucleares.

(Clodovaldo Hernández / La Iguana.TV)

Comentarios Facebook