La sociedad llamada occidental es como un violento doméstico que golpea regularmente a la esposa y a los hijos, pero sostiene financieramente y hace gran alharaca pública con una fundación de condena a la violencia doméstica y ofrece ayuda a las víctimas. Un bucle (in) moral.

Y lo peor es que esa fundación tiene tal apoyo político y comunicacional, que el desgraciado violento doméstico es visto por “el público” como el gran defensor de las mujeres aporreadas. 

Tal vez este sea el aspecto más abominable que tiene el mundo del siglo XXI: que la autoridad moral se construye política, diplomática y mediáticamente, lo cual implica una doble derrota deontológica.

El conflicto de Estados Unidos + OTAN versus Rusia es una de las expresiones más acabadas de esta ruina en el campo ético. 

Naciones que durante los 30 años de reinado unipolar del capitalismo llamado occidental (para no ir más atrás en el pasado) han invadido, destruido, dividido y robado países en todos los confines del planeta se yerguen en denunciantes de una invasión que -para colmo de cinismo- esa poderosa coalición ha propiciado.

Salta a la vista que esos actores no tienen autoridad moral. Se les detecta in fraganti en aquello de «haz lo que yo digo, no lo que yo hago». Pero la flagrancia no implica condena. Mediante los abundantes recursos y herramientas que poseen, logran poner al revés la realidad.

En un tiempo de gente tan informada y con tanta capacidad de análisis y juicio, el mundo entero -incluyendo sus propios partidarios- deberían estar diciéndole a las élites de esos países invasores por naturaleza que no les cuadra ese rol de defensores de los desamparados. Pero no lo hacen.

EE.UU. y la Europa otanista no tienen la menor autoridad moral pues no solo en un pasado muy reciente, sino también en la más plena actualidad, han hecho y están haciendo lo mismo que dicen deplorar o permitiendo que los gobiernos de sus «amigos» lo hagan. Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Somalia, Yemen, República Árabe Saharaui, Colombia, Haití, son lacerantes ejemplos, para no hablar hoy de los intentos fallidos en Venezuela porque ese es un tema aparte. 

Entonces, no tienen –hay que remacharlo- la menor autoridad moral, pero el cuestionamiento no es masivo. Una parte importante de la gente, al menos en la zona del mundo que está bajo su hegemonía, les da razón, los aplaude, se suma a los coros que claman por la paz con el acompañamiento de música de violines y clarinetes. Otro segmento importante de la población no apoya esas inverosímiles demostraciones de pacifismo, pero tampoco hace nada para condenarlas.

Vale la pena preguntarse por qué ocurre esto en tiempos de comunicación 2.0. en los que supuestamente hay tantas opciones informativas e infinitas posibilidades de emisión de mensajes.

Una posible respuesta es de corte materialista-dialéctico: el control férreo que el capitalismo estadounidense-europeo ejerce ya no tanto en el terreno de la estructura económica (en el que está en franca decadencia), sino en el de la superestructura. La aceitada maquinaria ideológica, política, jurídica y mediática es la clave de este aparente contrasentido.

Ese control es de tal magnitud que logra incluso construir una autoridad moral transgénica que avanza contra toda evidencia no solo de hechos pasados, sino incluso de acontecimientos presentes que están ocurriendo simultáneamente con la denostada invasión rusa a Ucrania.

El ejemplo de la FIFA


Son muchos los ejemplos que se pueden dar sobre la autoridad moral construida por los medios de comunicación y, en estos tiempos, por las redes sociales y plataformas de la comunicación 2.0, pero por hoy concentrémonos en un caso paradigmático: la FIFA.

La Federación Internacional de Fútbol Asociado es, en teoría, un organismo mundial que rige este deporte. Se supone que al tener en su seno incluso a más países que Naciones Unidas, es un ente no ideológico, universalista por vocación. En la práctica es un consorcio global de corporaciones (clubes de fútbol, empresas patrocinantes de estos, firmas de ropa, calzado y equipamiento deportivo, etc.) que debe responder a los intereses de clase de sus verdaderos dueños.

Esa característica de entidad integrante de la superestructura ideológica del capitalismo estadounidense-europeo siempre ha estado clara para quienes han sido sus críticos (Diego Armando Maradona a la cabeza de todos). Pero en circunstancias como las actuales, esa condición de pieza solidaria de la pandilla «occidental» llega a ser caricaturesca.

En cuestión de horas, la FIFA  y su prima, la UEFA, le quitaron a Rusia la sede de la final de la Champion League, execraron a los clubes rusos  de los torneos continentales y sacaron a la selección nacional de Rusia del Mundial de Qatar. Medidas ejemplares que fueron más ovacionadas que un gol de Messi en casi todos los países «civilizados», pero que tienen dos grandes objeciones.

La primera es que en la más imperiosa actualidad hay muchos otros  escenarios de conflicto en desarrollo que ameritarían, en justicia, sanciones similares, entre los cuales destacan:

  • Agresión constante de Israel contra población civil palestina
  • Ataques militares de Arabia Saudita contra el ya destruido Yemen
  • Ataques de Estados Unidos contra Somalia
  • Agresión constante de Marruecos contra la población saharaui

La segunda objeción es que en el pasado reciente y remoto, la FIFA no solo no ha sancionado, sino que ha apoyado a toda clase de dictaduras y gobiernos imperiales que han organizado mundiales o han participado en ellos mientras perpetraban invasiones, bombardeos, balcanización de países, genocidios y limpiezas étnicas. 

Solo como un ejemplo, la FIFA convalidó la victoria por forfeit de Chile ante la Unión Soviética, en 1973, que ocurrió en el Estadio Nacional de Santiago, en unas instalaciones aun teñidas de sangre, pues habían sido utilizadas por la recién instaurada dictadura de Augusto Pinochet como cárcel y centro de torturas y fusilamientos. La URSS se negó a ir a la capital chilena, en protesta por el golpe de Estado y la bárbara represión, pero la FIFA desestimó la queja, dio el pitazo inicial y un jugador chileno marcó gol en el arco vació de los soviéticos.

Alguien dirá que eran otros tiempos, pero basta con revisar qué países estaban invadidos o bombardeados mientras el planeta se divertía viendo los mundiales más recientes para llegar a la conclusión de que la FIFA solo «se mete en política» cuando el invasor, agresor o bombardero no es uno de los muchachos buenos de occidente. A estos ni siquiera les saca una tarjeta amarilla, para aparentar.

Reflexión mediática


La libertad de expresión, hoy más que nunca, es una propiedad. 
Desde los tiempos en que los profesores de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela nos mandaban a leer a Armand Mattelart, hemos sabido que la libertad de expresión es, más que nada, un derivado del derecho a la propiedad privada.

Los medios de comunicación de aquellos lejanos tiempos (años 80) tenían dueños que directamente o por vía de sus anunciantes, defendían el sistema capitalista y, por lo tanto, emitían mensajes claramente ideológicos e ideologizantes.

Hoy, con cuarenta años de recorrido por el mundo del periodismo, la generación a la que pertenezco ve que esto de la propiedad como sinónimo de libertad de prensa no solo no ha cambiado, sino que se ha acentuado, se ha puesto peor.

Los medios de comunicación se encuentran ahora concentrados en menos manos y casi todos pertenecen a abstracciones accionarias que, en última instancia, conducen a los mismos dueños de todos los componentes del complejo industrial-militar-alimentario-farmacéutico-tecnológico que domina a sus anchas el mundo actual.

No es de extrañar, entonces, que estemos viviendo la paradoja de estar en el momento de la historia mundial en el que el desarrollo técnico y científico permite el mayor nivel de libertad y democracia comunicacional, pero padezcamos, en la realidad real, una de las más graves restricciones y situaciones de censura global de todos los tiempos.

Una pandilla de multimillonarios interesados en vender armas, bienes suntuarios, comida chatarra, medicamentos costosos y hardware y software de efímera existencia es la dueña de las plataformas por las que el mundo entero se intercomunica y, por lo tanto, es la dueña de la “verdad oficial” del planeta. La distopía ha llegado.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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