El calor aumenta año con año en la mayor parte del mundo, y esto, además de los problemas ecológicos que provoca, también podría derivarse en cambios de hábitos en el uso del aire acondicionado y en el consumo de alimentos.

Lo anterior debido a que varios estudios y especialistas sugieren que las personas tienden a comer menos cuando están en ambientes calurosos, como parte del proceso de equilibrio térmico que realiza el cuerpo.

Una de las voces que promueve la teoría de que el aire acondicionado incide en los niveles de obesidad es el investigador del Instituto de la Grasa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (CSIC), Javier Sánchez, quien en su blog Malnutridos explica que este fenómeno lo pudo percibir desde que llegó a Sevilla y no tenía aire acondicionado.

Además de narrar que, en medio de las intensas temperaturas veraniegas sevillanas perdía el apetito, también cuenta cómo el aumento del uso de aires acondicionados en dicha región coincidió con un aumento de personas con sobrepeso.

«Otra cosa que me llamó la atención era que con el calor se me quitaba el apetito. Solo me apetecía beber. Muchos no teníamos aire acondicionado en nuestras casas en esa época, así que pasábamos un calor tremendo, comíamos poco y bebíamos mucho. Entendía que ése debía ser uno de los motivos por los que había pocas personas con sobrepeso en Sevilla. Hoy ya no es así», afirma el especialista.

Uno de los pocos estudios sobre la influencia del aire acondicionado en el consumo de alimentos fue realizado en 2014 por la Universidad de Birmingham y señala que «con la adopción generalizada del control del clima, los seres humanos están protegidos de temperaturas extremas y pasan cada vez más tiempo en un estado térmicamente cómodo en el que se minimizan las demandas energéticas».

De este modo, sugiere el trabajo, al mantener un equilibrio térmico de manera más sedentaria, el cuerpo tiene menos necesidad de consumir calorías, lo que a su vez deriva en un aumento de peso.

La relación entre medio ambiente y apetito se ha estudiado desde hace décadas y un ejemplo de ello es el estudio que realizó C. L. Hamilton, en 1964, cuando probó con ratas cómo afecta la temperatura el impulso de comer.

Cuando Hamilton colocó a las ratas en ambientes de 24 grados centígrados, el consumo promedio de los roedores era de 20 gramos; a 35 grados el consumo bajó hasta dos gramos. Cuando los animales fueron sometidos a temperaturas de 40 dejaron de comer, por lo que tuvieron que ser alimentadas a través de tubos. Las ratas de este último grupo sufrieron estrés por calor y algunos murieron.

(Sputnik)

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