Este 27 de julio, el filósofo y comunicador Miguel Ángel Pérez Pirela tuvo como invitado en su programa Desde Donde Sea al intelectual venezolano Vladimir Acosta, quien es historiador, escritor y profesor universitario, y con quien disertó acerca de temas geopolíticos de actualidad, con énfasis particular en la decadencia de los Estados Unidos como potencia hegemónica y el irreversible declive de Europa.

Europa, el protectorado del decadente EEUU

A propósito de la guerra subsidiaria entre la OTAN y Rusia que se libra en Ucrania, Acosta se refirió a una serie de artículos que ha escrito tras el estallido del conflicto y que en su decir, han perseguido como objetivo mostrar que Europa se ha convertido en «un protectorado» estadounidense.

«Esa Europa da vergüenza, porque no tiene opinión propia para nada y solo sigue las órdenes que les da Estados Unidos», aun cuando la perjudiquen, fustigó.

Desde su punto de vista, la confrontación que «tiene como centro ficticio a Ucrania» es una guerra imperial contra Rusia, pero en el entendido de que es una pieza en el camino de la Casa Blanca para aplastar a China, para lo que necesita que las dos potencias estén separadas, pues ninguna de las maniobras que puso en marcha para ese fin surtieron efecto.

Empero, el especialista acotó que Estados Unidos no está en condiciones de ejercer el dominio que ejercía otrora y ha quedado limitado a lo que se llama Occidente, compuesto fundamentalmente por su propio territorio y Europa, a lo que se suma el estado de salud mental del actual presidente estadounidense, Joe Biden, que en su criterio, está aquejado de una demencia senil que le hace cometer dislates con mucha frecuencia.

Al otro lado del Atlántico, sus socios europeos no están mejor. Vladimir Acosta denuncia múltiples falencias en los liderazgos políticos –a los que contrastó con figuras como Charles de Gaulle o Konrad Adenauer–, que combinan «un servilismo arrastrado» hacia Washington con «la arrogancia para hablar como que si son los dueños del planeta».

A su parecer, estas debilidades se hacen todavía más patentes si se les compara con los liderazgos de Vladímir Putin y su canciller, Serguéi Lavrov. «Putin es un estratega, que piensa primero y habla después. Estos hacen todo al revés: piensan después de haber puesto la torta y luego no hallan cómo salir del pantano en el que se metieron», destacó.

Estos señalamientos están lejos de ser una opinión personalísima y en ese orden refirió que en reciente entrevista, Henry Kissinger, exsecretario de Estado de los Estados Unidos al que tachó de «genocida», advirtió con toda lucidez que son inútiles frente a los desafíos que tienen en frente, a partir de una equiparación irónica, pues comparó al canciller alemán Olaf Scholz con el canciller de la posguerra, Konrad Adenauer y al presidente francés, Emmanuel Macron, con Charles de Gaulle.

Entretanto, añadió, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha sido posicionado como un personaje relevante dentro del concierto internacional, gracias a sus dotes histriónicas, pero en realidad se trata de un personaje corrupto y arrogante, que exige cuantiosos fondos y armas sin parar a la OTAN sin siquiera pedirles el favor para librar una guerra que tiene «absolutamente perdida», aunque, matizó, habrá que esperar que Rusia termine de jugar sus cartas –de conformidad al reciente anuncio de Putin– y que se aproxime el invierno, variable que acabará por decantar el panorama a favor de negociaciones.

Mientras esto se sucede, en paralelo, Estados Unidos intenta abrir otro frente contra China, pues Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes y tercera figura del poder estadounidense, anunció que iba a Taiwán en visita oficial, frente a lo que el alto mando castrense de China respondió que actuaría militarmente porque consideraba el acto como una provocación.

A su parecer, China necesita parar esas agresiones antes de que sea demasiado tarde y no solo con palabras, pues frente a Estados Unidos solo valen los hechos, en tanto conciben su relación con otras naciones solo en términos de vasallos y enemigos.

Así, aunque esto parezca un evento no relacionado, la escalada entre China y Estados Unidos podría forzar las negociaciones, que avanzaban con buen pie en marzo en las rondas de Estambul antes de que Washington decidiera intervenir directamente y ordenar a Zelenski que se negara a implementar lo acordado, aún a pesar de los graves perjuicios que entraña la extensión del conflicto para Europa y para la propia Ucrania.

La dependencia de Europa con EEUU se remonta al fin de la II Guerra Mundial

El historiador apuntó que la dependencia y sumisión de Europa a los Estados Unidos no empezó con las sanciones contra Rusia devenidas en bumerán para sus propias poblaciones sino mucho antes, con el relato falaz oficializado en torno a la II Guerra Mundial y que consistió en negar el papel de la Unión Soviética en la resolución del conflicto.

Más específicamente, el pueblo soviético puso 27 millones de muertos y las dos batallas que cambiaron el panorama de la guerra –Stalingrado y Kursk– se libraron en la Unión Soviética, pues se logró no solo la expulsión de los alemanes, sino su retroceso sostenido en el Este de Europa.

Además, el experto destacó que aunque Estados Unidos entró a la contienda a finales de 1941, no le declaró la guerra a Alemania sino a Japón. Y aunque Moscú clamó a Washington y a Londres la apertura de un segundo frente en Europa occidental, ello solo ocurrió en 1944, cuando ya el Ejército Rojo marchaba firme y confinaba a los alemanes a su propio territorio.

Desde su punto de vista, la tardía Invasión a Normandía pretendía arrebatar la gloria a la Unión Soviética, pues británicos, franceses y estadounidenses pretendían llegar primero a Berlín –no lo lograron– y además no enfrentaron a grandes contingentes de un ejército bien pertrechado, sino que fueron conquistando territorios sin mayor resistencia alemana.

Empero, explicó, la victoria militar soviética no le alcanzó para erigirse como potencia dominante en Europa, porque tenían la enorme tarea de reconstruir un país azotado por la guerra, el hambre y la miseria, situaciones que no tuvieron que vivir los estadounidenses, que acumularon cuatro años de producción industrial y tecnológica de punta.

Gracias a esas riquezas acumuladas, Estados Unidos pudo controlar a Europa occidental con el Plan Marshall primero y luego con bases militares, a pesar de la oposición de personajes como De Gaulle o Adenauer, que sin estar para nada alineados con el Kremlin, advertían el riesgo de entregar su soberanía a otro país que estaba al otro lado del mar.

Europa, EEUU y la guerra en Ucrania

Sin embargo, Acosta recordó que estas resistencias se fueron diluyendo en las décadas siguientes y recibieron su estocada final con el neoliberalismo y la posterior caída de la Unión Soviética, pues desde entonces, la OTAN no dejó de expandirse hacia Rusia. «Esa es la verdadera causa de la guerra en Ucrania», no hay que buscarla en otra parte, destacó.

Desde su óptica, este conflicto bélico –incluyendo sus antecedentes– es una prueba más que fehaciente de la sumisión de Bruselas a Washington, puesto que antes de 2014, la Unión Europea alertaba sobre la amenaza del neonazismo en Ucrania y decía que era el país más corrupto del continente; ahora, Europa omite esos señalamientos –aunque sean más evidentes que entonces–, es incapaz de ver que son grandes perdedores en esta guerra y no parece advertir que si se extiende, las contiendas tendrán lugar en suelo europeo y no en el estadounidense.

Una vez presentados estos argumentos, el intelectual señaló que no será Europa la que pueda detener la guerra en Ucrania sino Rusia y China, tanto por la vía de las negociaciones como por la disuasión militar, pues el Kremlin dispone de armamento hipersónico que supera con creces las capacidades occidentales.

Como evidencia adicional al control estadounidense sobre lo que deberían ser decisiones soberanas de países europeos, comentó el caso del gasoducto Nord Stream 2, una asociación largamente trabajada por Alemania y que le permitiría tener gas limpio y barato a través de una ruta por el mar Báltico, que complementaría la que ya circula por Ucrania.

No obstante, en su primera visita como canciller a la Casa Blanca, Olaf Scholz recibió de Biden un baldazo de agua fría: el gasoducto no va y él, dócilmente, obedeció. En muy poco se supo que con esto Washington pretendía colocar en el mercado alemán su gas de esquisto, de inferior calidad y unas cuatro veces más caro que el gas siberiano.

Las esferas financieras tampoco escapan de este dominio, pues Estados Unidos ha impuesto que no se acepten las demandas de Rusia de recibir pagos en rublos por sus mercancías, visto que se le despojó de una porción importante de sus reservas internacionales que reposaban en bancos europeos y estadounidenses.

Sin embargo, el escritor acotó que esta medida solo ha tenido éxito parcial, pues algunos países sí han accedido a pagar en moneda rusa y otros tantos están comprando hidrocarburos y mercancías estratégicas rusas a terceros países, pero a un precio sensiblemente mayor.

En el frente de batalla, el panorama tampoco es auspicioso para el Occidente global, pues aunque es verdad que Biden empujó a Rusia a la guerra, al bombardear las repúblicas de Donetsk y Lugansk seis días antes del inicio formal de las acciones militares rusas en el este ucraniano, Rusia está haciendo «una guerra patas arriba», alejada de la premisa de dejar tierra arrasada, característica de las acciones armadas de la OTAN.

En balance del desarrollo de las operaciones señaló que esto es lo que explica cómo ha logrado expandirse Rusia en el territorio y, en su criterio, ese riesgo de desaparición de Ucrania como país, también ha dejado al descubierto el largamente acariciado plan de Polonia para apoderarse de la histórica región de Galitzia, al norte del país, del que Washington está al corriente.

En cualquier caso, Acosta es del parecer que las mentiras sobre la victoria militar sobre Rusia hacen aguas, los efectos de las sanciones se empiezan a sentir en la población y los gobiernos deben lidiar con un malestar social creciente, que solo empeorará con el advenimiento del invierno.

«Hay que ver qué hará Rusia, si Nancy Pelosi va o no a Taiwán y también esperar el invierno», enfatizó.

El mundo multipolar que está por nacer

En concordancia con lo expresado por otros especialistas, Vladimir Acosta aseguró que desde hace algún tiempo se está generando un mundo multipolar, pero la guerra en Ucrania mostró que Estados Unidos ya no ostenta el poder de otrora e incluso enfrenta graves desafíos internos, como tendencias crecientes de secesión en sus dos estados más importantes –California y Texas–, desintegración, guerra civil, malestar social largamente acumulado y descontentos partidistas.

Con una perspectiva de más largo aliento, subrayó que si se examina con cuidado la historia de las guerras en las que ha participado Estados Unidos desde el fin de la II Guerra Mundial, el resultado no es el que se vende en los relatos oficiales, pues apenas se apunta un empate (Guerra de Corea) y fracasos estrepitosos como Afganistán y Vietnam.

Las otras guerras de devastación –Irak, Libia, Siria o Yugoslavia–, por ejemplo, perseguían la destrucción de los países, no la victoria militar, por lo que tampoco pueden cobrar los cuestionables saldos políticos de haber supuestamente ayudado a los países bombardeados a recuperar su institucionalidad.

Al ya mermado poderío de la maquinaria bélica, el experto agregó el declive del dólar como moneda de reserva, situación que ha quedado completamente en evidencia tras el inicio de la guerra proxy en Ucrania, pues se han suscrito acuerdos concretos entre países sancionados para evitar que Estados Unidos siga confiscando la riqueza de sus Estados.

A esto agregó el fortalecimiento de los BRICS bajo el liderazgo chino y la Ruta de la Franja y de la Seda, una iniciativa comercial y cultural impulsada por Beijing en la que están incluidas naciones de diferente signo ideológico, religioso, económico y continental, a la que Estados Unidos no ha podido torpedear de ninguna manera, pese a sus denodados esfuerzos.

A su juicio, el éxito de estas apuestas se explica porque el centro económico mundial está en la región de Asia-Pacífico, al tiempo que la mayor parte de la población ya no se concentra en el llamado Occidente –restringido a Europa, Estados Unidos, Japón y Australia–, sino en el resto del mundo.

Esta convergencia terminó de echar abajo lo que subsistía de los acuerdos de Bretton-Woods y en la Casa Blanca está conscientes de ello, solo que tratan de retrasar lo inevitable por medio de una guerra, que en el peor escenario –un ataque directo contra centros poblados rusos con misiles de la OTAN– podría transformarse en una guerra nuclear, con la subsecuente aniquilación de la humanidad.  

Aunque Acosta admite que en los micrófonos se dicen muchas cosas y que ningún país de la OTAN está realmente interesado en empujar a Rusia a la guerra termonuclear, las provocaciones de la Alianza y algún error de Zelenski podría conducir a ese indeseable escenario, del cual será muy difícil regresar.

Más allá de estas especulaciones, el historiador recordó que en su último encuentro de jefes de Estado, la OTAN señaló a China como enemigo estratégico, si bien se matizó que una confrontación directa con el gigante asiático requiere de una multitud de fuertes alianzas.

Como respuesta al desafío, detalló, la Alianza acordó expandirse a Oriente Medio y Asia Central para cercar a China y a Rusia, ello sin dejar de exacerbar disputas limítrofes, étnicas o religiosas que puedan servir para azuzar los sentimientos antichinos en la región.

El así llamado Occidente está consciente que China no es un adversario pequeño y sabe bien que en nada se parece al país empobrecido y dependiente de hace apenas 50 años, cuando en alianza con Estados Unidos se abrió a la capitalización extranjera, copió tecnologías y, finalmente, desarrolló las propias a partir de la formación de estudiantes en todas las áreas del saber en universidades élite de Estados Unidos y Europa occidental.

Asimismo, Acosta señaló que la política de extorsiones y chantajes de Estados Unidos contrasta fuertemente con la que ha echado a andar China: asociaciones en las que todos ganan –aunque ellos comparativamente ganen más– y no injerencia en los asuntos internos de sus socios.

Además, en la configuración del nuevo orden geopolítico, Rusia aportó un aspecto decisivo en la conformación del nuevo orden geopolítico: una economía productiva, basada en materias primas y producción industrial, frente a la financiarización y especulación del modelo neoliberal, lo que hace que bajo este esquema, los países que van a la cabeza sean los que disponen de más recursos naturales o de gran capacidad industrial.

Chávez y la izquierda latinoamericana

Este contraste en los modelos de relacionamiento que proponen China y Rusia con los países del Sur global, dio pie para que Vladimir Acosta recordara que la integración respetuosa, más allá de las diferencias ideológicas, fue algo que estaba en la mira del presidente venezolano Hugo Chávez cuando impulsó la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), de la que quedaron excluidos de entrada Estados Unidos y Canadá.

No obstante, pese a este aporte –en su opinión, su mayor éxito político– existe una tendencia creciente en las izquierdas latinoamericanas e incluso dentro de los movimientos populares para «olvidar» a Chávez, en buena medida porque como bloque orbita en torno a ideas confusas y «gelatinosas», que antes de comprometerse con los cambios de fondo que demanda la ciudadanía, prefieren mantenerse en un presunto centro, espacio desde «nada se cambia».

En su criterio, esto pasa en Chile, con el gobierno de Gabriel Boric, pero también en Perú, con Pedro Castillo, quien apenas ha logrado asumir el cargo e incluso abandonó su característico sombrero campesino en pos de atuendos más potables para la élite limeña, que gobierna al país desde la independencia.

Entretanto, destacó que en Ecuador «hay una situación explosiva e interesante», aunque manifestó cierta prudencia acerca del destino que podría tener, visto que está encabezada por el movimiento indígena, que en el pasado ha tenido una conducta muy poco cooperativa con las fuerzas progresistas.

Esta misma situación de confusión, de extravío, la advierte en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador en México, pues si bien ha sido una gestión «decente» y ha mantenido posiciones dignas frente a los avasallamientos estadounidenses, también ha expresado puntos de vista contradictorios en relación con asuntos tan centrales como el rol de la Celac e incluso su eventual reemplazo por una nueva forma de la OEA.

Con respecto a Colombia, Acosta fue todavía más prudente en sus comentarios y sugirió esperar, porque aunque Gustavo Petro ha externado un genuino interés por hacer cambios sustantivos –que habría que apoyar–, sus posibilidades de concretarlos lucen más bien escasas.

Añadió que en Panamá, un país que escasamente encabeza titulares, en las últimas semanas el pueblo se ha echado a las calles a reclamar su derecho a vivir dignamente, mientras que Lula, que aspira nuevamente a la presidencia de Brasil, echó al ruedo la necesidad de consolidar una moneda común en América Latina para apuntalar la integración, una idea que implementó Hugo Chávez con el Sucre y que no fue debidamente valorada en su momento ni reconocida en el presente.

«Chávez es el principal líder de ellos, por encima de Kirchner, por encima de Lula. Fue el líder que alcanzó mayor fuerza, mayor vigor. Si esa izquierda quiere cambiar algo, no se puede olvidar su papel», concluyó.

(LaIguana.TV)

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