El verdadero cártel de los soles, esto es, un cártel de militares más corruptos que patriotas, se llama complejo militar industrial, está en los EEUU y lo denunció Dwight D. Eisenhower, presidente de EE. UU., cuando abandonó el cargo en 1961,
Eisenhower advirtió que, tras la Segunda Guerra Mundial, el enorme aparato militar permanente y la creciente industria privada vinculada a armamento formaban un entramado de intereses económicos, políticos y tecnológicos capaz de influir indebidamente en la política nacional. Preocupado, alertó contra el riesgo de una influencia desproporcionada de esta alianza, así como de la posibilidad de que amenazara el funcionamiento democrático, especialmente por la tentación de una política exterior orientada por intereses industriales y militares. Una política exterior orientada por intereses industriales y militares….
Dice Phil Gunson, analista principal del International Crisis Group, que hablar del Cártel de los Soles es hacer realidad lo que solo era desde hace 40 años una categoría periodística que se usaba para hablar genéricamente y como un mote de broma de militares que tendrían conexiones con el narco. El cártel de los soles nunca ha existido sino como referencia abstracta, algo así como hablar del sindicato del crimen, del cuarto poder, del clan de los sugar daddies o de la mafia rosa en este o aquel ministerio.
Si aceptamos hablar del Cártel de los soles, ahora que el tren de Aragua parece que ha descarrilado y ya nadie le presta atención, debiéramos ampliar el abanico. Y sacar consecuencias geopolíticas del asunto.
Porque por la misma, había que declarar la guerra a EEUU por el Cártel del Estado profundo, del Deep State, que siempre está conspirando. Podríamos declarar la guerra a México por el Cártel del Despecho, famoso por hacer llorar a la gente, o por la peligrosa banda de narcodelincuentes “el preso número 9”, que como su nombre indica está organizada por un preso que se oculta bajo el enigmático número 9 que podría indicar las bandas que están bajo su mando.
En España estaría el temible cártel del Corazón partío, partío, claro, con una motosierra, sin olvidar declarar igualmente la guerra a Francia por el cártel de la Vie en rose, uno de los más sangrientos cárteles que, para disimular, se hacen llamar rosa en vez de roja, solo para que no se vea que son bolivarianos, y que tienen tomadas varias zonas fuera de su país, en Ciudad de México, Bogotá y Panamá. Las peligrosas zonas rosa.
Hay una honesta preocupación acerca de cuáles serían las consecuencias de una entrada de los marines en territorio venezolano. La verdad es que las consecuencias ya las conocemos, aunque nuestra memoria de pez en las aguas de la sobreinformación nos hace olvidarlo: las consecuencias son algo parecido a Gaza. Porque después de Gaza y de que Netanyahu se haya salido con la suya, que nadie se engañe: vienen más Gaza y, al final, esos genocidios regresarán al territorio de quienes lo aplicaban fuera, a extranjeros, con el silencio de las nuevas víctimas a las que no les librará hablar el mismo idioma y tener el mismo pasaporte que sus verdugos.
Me acordaba estos días, que recordábamos los 50 años de la muerte del dictador Franco, del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Era julio de 1937, y el presidente del gobierno republicano, Juan Negrín, inauguraba el encuentro en Valencia, capital en ese momento de la asediada II República. Ya habían asesinado los franquistas a Federico García Lorca, por republicano, rojo y maricón. Era el más grande poeta en castellano del siglo XX. Esa madrugada, los franquistas bombardearon Valencia y los intelectuales se fueron con su pueblo a dormir a los refugios para evitar las bombas con las que Franco saludaba a la intelectualidad y también a los humildes. En España, el PP y VOX son los defensores de la dictadura. En Madrid, dan cobijo a Felipe Calderón, a Peña Nieto, a Salias de Gortari, a Leopoldo López. Este 20 de noviembre hace 50 años que Franco murió en su cama. Cuando los dictadores mueren en sus lechos, la sombra de las dictaduras se alarga con una sombra que recuerda a los cipreses.
En el siglo XX, los intelectuales han estado predominantemente en la izquierda. Porque si te dedicas a pensar y no cuestionas al poder cuando daña a los humildes, estarías abonando la idea de que la vida no tiene rumbo ni sentido, de que nada merece la pena sino el cinismo o una mirada distante que desprecia a los demás y les deja a su suerte. Pero si la vida no tiene sentido ni rumbo, nada nos diferenciaría de los animales y es verdad que los que hacen las guerras son incluso más crueles que los animales, pero los que luchan contra las guerras beben de otras referencias que obligan a la empatía, a la solidaridad, a pensar que nada de lo humano nos es ajeno.
Si tienes la función del intelectual y dejas que te financien los que hacen daño a tu pueblo ¿qué cantas en tus canciones? ¿qué explicas en tus ensayos? ¿Qué recreas en tus dramas? El que abandona la idea de que hay cosas más grandes que uno mismo se convierte en apenas un gozne oxidado entre el olvido y la vergüenza. Si no puedes vibrar con el rugido del pueblo, terminarás acunándote con las órdenes de los capataces. Y tu pluma no será sino tinta alquilada por quien te paga porque sabe de qué arcilla si consistencia estás hecho.
En ese tiempo de estruendo de artillería franquista, con el zumbido siniestro de los aviones italianos en el cielo, en aquel verano de 1937, con la Segunda República española agonizando, estaban entregando su aliento Elena Garro, Alejo Carpentier, Octavio Paz, Pablo Neruda, César Vallejo, Vicente Huidobro, Antonio Machado, Miguel Hernández, León Felipe, María Zambrano, gentes que decidieron que la cultura no era el adorno de la libertad, sino su muralla. Y se reunieron en Valencia y en Madrid y en París con la convicción de que los libros, las palabras y las ideas debían hacer frente a los cañones y se unirían Bertolt Brecht y Malraux y Hemingway.
En Valencia litigaba civilización contra barbarie, como ha pasado en Gaza, aunque allí ha ganado barbarie. No debe pasar en Venezuela porque si fracasa el diálogo, el sentido común y un orden internacional que no puede ser otra vez el de las cañoneras, hoy transmutadas en misiles, drones y bombas guiadas por la Inteligencia Artificial, entonces, puede venir la III guerra mundial. Y entonces, a ver qué hacemos.
Hace ochenta años, defender la República era defender la idea misma de civilización frente al fascismo. Hoy, mutatis mutandis, el escenario se desplaza de la España mediterránea a la Venezuela caribeña. Y muchos, demasiados, prefieren callar para no perder seguidores, reputación, becas, invitaciones o financiación. Antes, los periodistas se jugaban la cárcel; hoy se juegan el despido, la estigmatización y el algoritmo que manejan seres humanos haciendo equis en las ideas que molestan al poder. Pero el miedo es el mismo. Y, por tanto, la valentía y la cobardía también tienen los mismos desafíos.
Cuando un presidente de Estados Unidos, con el desparpajo de quien ordena una hamburguesa doble, amenaza con invadir Venezuela, conviene que alguien recuerde que las guerras empiezan cuando la intelectualidad deja de hablar.
El marco de que no es lo mismo Venezuela que la II República lleva sembrándose hace tiempo. Por eso quieren equipararla con Irak y las inexistentes armas de destrucción masiva. Hasta le han dado el Premio Nobel de la guerra a Maria Corina Machado, que dice que las bombas son la tranquilidad y las mentiras las certezas. También dijeron en 1936 que la II República no era una democracia. Y los que lo dijeron luego vieron como el III Reich invadió Francia o bombardeó Inglaterra. Ayer, la FOX, El Nacional, Clarín, El Mercurio, El Tiempo, Semana, El Espectador, la CNN e, incluso, El país, dirían que la República había decidido su suerte, que no respetó las elecciones, que no se garantizaba la propiedad privada ni los derechos humanos. Serían mentiras, pero prepararían el golpe. Hoy no hacen algo muy diferente.
Hoy, los canallas, que siempre tienen dónde escribir y donde hablar, cobran de los imperios. Unos hacen de la palabra una mercancía, mientra que los que saben que la cultura no es un lujo, sino una herramienta de emancipación, tienen que jugarse el pellejo para poder seguir mirándose al espejo.
Los intelectuales de entonces no se reunieron para hacerse fotos, ni para firmar manifiestos que nadie leería, sino porque sentían que la derrota de la República era la derrota de toda la gente decente. Y tenían razón: tras esa derrota vino Auschwitz, Hiroshima, la Guerra Fría, Yakarta, Santiago de Chile, los desaparecidos y un bonito cursillo intensivo sobre qué pasa cuando los fascistas ganan. Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.
Alguien podría haber dicho en Valencia —como dicen hoy tantos— que los escritores y los artistas no pueden detener los tanques. Y sin embargo la historia demuestra que los tanques son los que no pueden detener las ideas, por más que lo intenten. Siempre vendrá alguien que recogerá esa bandera. Pueden vencernos, pero no convencernos. Incluso vencernos, pero no derrotarnos. EEUU no ha salido victorioso de ninguna guerra en los últimos tres decenios. Eso lo saben en Venezuela, en México, en Colombia. Y no están dispuestos a que sigan haciendo tanto daño como han hecho en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Líbano…
La República perdió la guerra. Pero ganó el relato porque tenía razón. Desde entonces, ha dado fuerza a la libertad. Fueron republicanos los que entraron con blindados que se llamaban Madrid y Don Quijote a liberar a París de los nazis. El recuerdo de los republicanos españoles está en el congreso mexicano y algún día, cuando España sea una república, el nombre de Simón Bolívar y, por qué no, el de Emiliano Zapata o el de Morelos o de Lázaro Cárdenas, estará en el Congreso de los diputados de esa III República Española.
El relato de la república contra el fascismo, el de la lucha por la dignidad popular contra la intervención extranjera, es el mismo que hoy se libra en Caracas. Pero también en Honduras, donde Trump ha pedido sin vergüenza el voto para un corrupto de la derecha, Nasry “Tito” Asfura, del Partido Nacional. Y lo pedirá para Ricardo Salinas Pliego.
No existe el cártel de los soles ni en Venezuela pasa droga camino de Washington ni Maduro es un narcotraficante. Les quieren robar el petróleo. Y todos los que tienen voz, todos los que saben que después de Gaza no hay límites, todos los que saben que si no nos ponemos del lado de la humanidad nos devorará el cinismo, deben decir en voz alta: saquen sus sucias manos de América Latina.
(Laiguana.tv / Juan Carlos Monedero)
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