Está ocurriendo de nuevo: el ala pirómana ha tomado el control de la oposición, mientras el ala moderada juega a respaldar la agenda golpista, pero dejando una puerta de emergencia. 

Si el proyecto del gobierno paralelo triunfa, los moderados saldrán a decir que ellos siempre estuvieron en la movida, que concibieron todo el guion, y tal… Si la tentativa fracasa estrepitosamente o si languidece, dirán que no fue su culpa, sino de los radicales.

Hay dos diferencias notorias, al menos en estos primeros días del año: la primera es que el ala pirómana lleva adelante un plan insurreccional, pero hasta ahora sin violencia; la segunda es que destacadas figuras del ala moderada se han atrevido a romper con la actitud acomodaticia y han fijado posiciones muy definidas. Entre estos sobresalen Eduardo Fernández y Claudio Fermín.

Pirómano es pirómano


El hecho de que aún no se haya producido la primera guarimba ni se haya lanzado la primera puputov no significa que el ala pirómana haya asumido una salida pacífica. Por el contrario, la carga insurreccional implícita en la maniobra que intentan es potencialmente mucho mayor que los desórdenes foquistas de 2017.  

Desconocer la autoridad del presidente, plantear que existe un gobierno paralelo, apoyándose en aliados extranjeros y hacer un llamado directo a la insurrección de la oficialidad y las tropas de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana es una jugada potencialmente muy violenta. Los moderados lo saben, pero la mayoría de ellos ha optado, una vez más, por la taimada postura del sí, pero no. «Se juega a la ambigüedad, esperando a ver qué pasa», comentó un dirigente medio, quien simpatiza con la actitud de Fernández y Fermín.

La historia vuelve a repetirse

No es, ni de lejos, la primera vez que esto pasa. Ocurrió en abril de 2002, cuando hasta los más modosos caballeros de la derecha se sumaron a la orgía de un golpe de Estado tan pronto se dieron cuenta de que había triunfado. Luego, al despertar del sueño, cada uno hizo lo que pudo para inventarse una coartada.

Postriormente ha pasado en cada uno de los episodios guarimberos: 2004, 2013, 2014 y 2017. Mientras estas olas de terror estuvieron en desarrollo, los señorones de la oposición democrática se hicieron los desentendidos, apoyaron sibilinamente a los violentos, calculando siempre la forma de no quedarse por fuera de un posible reparto del botín. Luego, cuando estas tentativas han terminado en feos desastres para el sector opositor, han podido salir a decir que nunca estuvieron de acuerdo, que lo de ellos es la vía electoral y pacífica.

Un refrán, no tan popular en Venezuela, pero sí en otros países, describe muy bien esta actitud: quieren nadar y cuidar la ropa. Es decir, atreverse a lanzarse al agua y, al mismo tiempo, quedarse con la seguridad de la orilla.

En 2018, esta actitud hipócrita se hizo evidente también a propósito del fallido intento de magnicidio del 4 de agosto. Los partidos moderados pudieron haber fijado una posición inequívoca de condena a este tipo de acciones, pero prefirieron mantenerse en el terreno de ni lo uno ni lo otro.

El colmo de ese juego de ambigüedades es la postura de algunos de los dirigentes de partidos que concurrieron a las elecciones presidenciales de mayo pasado. Por ejemplo, el encargado de los planes económicos de Henri Falcón, Francisco Rodríguez, intenta ahora justificar su apoyo a la tesis del gobierno paralelo, afirmando que Maduro se robó las elecciones. Para fortuna de quienes aún estiman la coherencia como un valor humano importante, Fernández y Fermín asumieron públicamente que el año pasado hubo elecciones presidenciales y que la abstención, por alta que haya sido, no invalida los resultados.

 

Ellos, y algunos más, son la excepción, porque la regla entre los moderados es esperar a ver si -por fin- el plan de  los pirómanos da resultados.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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