Menos de una semana después del ataque que sufriera la sede del Comando del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) en San Agustín del Norte, en Caracas, aún persisten en la memoria las amenazas dejadas en folletos por los autores y el hollín provocado por las llamas en las paredes.

 

La ‘Casa del Psuv’, como también se le conoce, se encuentra en la planta baja del edificio patrimonial ‘El Águila’, situado en la avenida Lecuna, que une al centro con el oeste de la ciudad y forma parte de la parroquia San Agustín, sector popular de Caracas, así como bastión cultural, musical y del chavismo.

 

La madrugada del pasado sábado, una explosión irrumpió en la agitada cotidianidad de esta sede del partido de izquierda fundado por Hugo Chávez en 2007, y actualmente presidido por el mandatario Nicolás Maduro, por donde circulan diariamente más de cien personas, entre militantes, habitantes de la parroquia, miembros de movimientos sociales, representantes de organismos públicos, entre otros.

 

Menos de una semana después del ataque que sufriera la sede del Comando del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) en San Agustín del Norte, en Caracas, aún persisten en la memoria las amenazas dejadas en folletos por los autores y el hollín provocado por las llamas en las paredes.

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La ‘Casa del Psuv’, como también se le conoce, se encuentra en la planta baja del edificio patrimonial ‘El Águila’, situado en la avenida Lecuna, que une al centro con el oeste de la ciudad y forma parte de la parroquia San Agustín, sector popular de Caracas, así como bastión cultural, musical y del chavismo.

 

La madrugada del pasado sábado, una explosión irrumpió en la agitada cotidianidad de esta sede del partido de izquierda fundado por Hugo Chávez en 2007, y actualmente presidido por el mandatario Nicolás Maduro, por donde circulan diariamente más de cien personas, entre militantes, habitantes de la parroquia, miembros de movimientos sociales, representantes de organismos públicos, entre otros.

¿Qué pasó?

 

La jefa del comando, Eunice Lares, vive a pocos metros de su oficina, situada en el edificio ‘El Águila’. A eso de las 3:30 de la madrugada del pasado sábado recibió una llamada alertándola del incendio. «Salí en pijama, no me dio tiempo de nada».

 

En medio de la humareda entró a la sede del partido para cerciorarse de que el vigilante que resguarda el lugar estuviera bien. Se sorprendió al encontrarlo profundamente dormido, ajeno al ataque. El fuego fue apagado por un vecino, que tenía un extintor.

 

Dispersas en la calle había decenas de hojas donde se leía en letras mayúsculas sostenidas: «Cese de la usurpación. Elecciones libres. Colectivos malditos, Óscar Pérez está aquí». Enseguida reportó el incidente al puesto de comando central y a las autoridades policiales y de inteligencia.

 

Recordó que así como los vecinos se han acercado al comando a solidarizarse, alguien expresó que si le hubieran pagado dólares, habría quemado el lugar por completo.

 

«Gracias a Dios»

 

En la evaluación posterior de los posibles riesgos sorteados y de las decisiones tomadas antes de un hecho violento suele haber acciones azarosas que cambian el curso de los hechos.

 

Eunice da «gracias a Dios» por haber tomado la determinación correcta un par de horas antes del ataque. Esa noche le pidió a los jóvenes de guardia en la sede del comando que retiraran más temprano porque al día siguiente participarían en la ‘Jornada Nacional de Diálogo y Rectificación’, convocada por Maduro con la finalidad de recoger propuestas de organizaciones sociales y políticas para la solución de problemas.

 

«Como son muchachos muy jóvenes y no había un adulto que se quedara para acompañarlos, decidí cerrar y mandarlos a su casas, a eso de la 1:00 de la madrugada».

 

Relata que, aunque en esa oportunidad había muy poco tránsito de vehículos, en frente del comando suelen pasar personas que lanzan objetos y gritan insultos como: traidores, jalabolas (aduladores), lambucios (hambrientos) o muertos de hambre.

 

¿Cómo fue el ataque?

 

«Tengo una apreciación», afirma Eunice al ser preguntada por las características del incendio. Explica que no prendieron fuego a las puertas principales, sino de un costado. «Tal vez imaginaron que estábamos dentro y que, al ver las llamas, saldríamos. Quién sabe qué nos hubieran hecho», se pregunta.

 

Explica que afuera del edificio había tres montones de neumáticos apilados, separados por aproximadamente un metro de distancia, que fueron bañados con gasolina y encendidos.  En el medio había una caja de resonancia, desde donde salieron disparados los panfletos.

 

Al consultarle sobre la aparición del nombre del piloto Óscar Pérez, quien en enero de 2018 realizó atentados contra sedes de poderes públicos venezolanos y fue abatido por autoridades de ese país, manifestó que vivía en esa parroquia en el edificio de interés social ‘Óscar López Rivera’, pertenecientes a la iniciativa estatal Gran Misión Vivienda, destinada a dotar de hogares a los sectores más vulnerables.

 

Los hechos de violencia contra las sedes de las instituciones del Estado, de organizaciones políticas, de salud, educativas y comunitarias se han intensificado desde el año 2014, cuando el entonces candidato presidencial Henrique Capriles Radonski perdió las elecciones en las que se midió con Maduro y alentó a sus seguidores a rechazar los resultados con acciones violentas.

 

De igual manera, durante las protestas violentas de 2017, se registraron crímenes de odio en Venezuela, cuando fueron quemadas varias personas a las que grupos de choque opositores vincularon con el chavismo, por su color de piel o su apariencia.

 

Más amenazas

 

Eunice cuenta con pasmosa tranquilidad, mientras exhala el humo de su cigarrillo, que alguien le comentó que en una conversación informal una persona había dicho que «la primera casa que iban a prender, si ocurría algo, era la de la vieja».

 

«Es parte de una acción en contra de los dirigentes parroquiales, que somos los que movilizamos a la base», afirma la entrevistada, y agrega que la han intentado agredir físicamente tres veces pero que se ha escapado «de milagro».

 

La sede del comando que dirige ha sido limpiada en su fachada exterior, aunque aún persisten en las paredes y estructuras metálicas las huellas del fuego que alcanzó a expandirse hasta el primer piso.

 

«Somos una revolución pacífica, nuestros líderes nos exhortan a la calma, a no caer en provocaciones, pero si tenemos que defendernos, lo hacemos», advierte.

 

(RT)

 

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