Sus labios se secaron, era la ira, esa que desdibuja a los seres humanos, su mirada estaba llena de odio. Me quedé parada escuchándolo con mucha atención, casi ni podía hacerlo, sus palabras sobrepasaban hasta su propia existencia, quizás si él hubiese tenido un arma la hubiese disparado.

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Hablaba, hablaba y hablaba diciendo cualquier cosa, especulando sobre nuestra presencia en Cúcuta, no sabía, pero daba por hecho que no estaba identificada, que no grabé la realidad de lo que ocurría en la frontera, aquella, la que no muestran otros medios, la de los venezolanos en La Parada, ese lugar donde deben pagar a los grupos colombianos que siempre han hecho vida allí extorsionando y que ahora manejan una especie de esclavitud, dinero por el derecho de la tierra o la muerte.

 

Así conocí a uno de los que siempre descargan por las redes sociales, el hombre que me grabó, Andrés. “Yo siempre le escribo a su Twitter mentirosa, falta de respeto”, profería. Ahora, teléfono en mano, se sentía con más poder y con derecho a insultar, era imposible entablar una conversación, un diálogo. “Yo no hablo con chavistas», señalaba, acusaba. Miraba para los lados para ver si conseguía algún apoyo, seguía hablando, eran sus verdades, lo que pensaba, lo que sentía. “Si no fuera mujer le diría otra cosa”, sentenciaba mientras aseguraba que no era una amenaza pero “sino fuera mujer”.

 

Me exigió que contara la verdad. Pero la verdad que no quiere escuchar Andrés Cárdenas es la que precisamente fuimos a mostrar, la de los venezolanos que están en cada semáforo, cantando, bailando, muchos de ellos profesionales, muchos jóvenes ganándose lo poco para comprar droga, fácil de conseguir y barata. Venezolanos que solo son usados para justificar el ataque del Gobierno Colombiano contra Venezuela, que son montados en perreras en una especie de cacería humana para ser deportados.

 

“Dicen una cosa en televisión y otra es la que nos hacen a nosotros”, nos contaba un cantante de música llanera mientras tocaba su cuatro y cruzaba la línea fronteriza luego de ser sacado del país sin derecho a buscar sus cosas en la casa que junto a otros tenía arrendado.

 

Hace un año en un reportaje sobre los migrantes en Cúcuta llamó la atención un joven estudiante de quinto semestre de ingeniería que cerró su entrevista diciendo: “vine a buscar lo que me quitaron, el valor de mi moneda”.

 

«Yo tuve que salir de mi país a trabajar para mantener a mis dos hijos, dígale eso a Nicolás Maduro quien destruyó Venezuela”, gritaba Andrés a todo pulmón justo en el Norte de Santander, donde campea el paramilitarismo, el narcotráfico.

 

“Aquí hay una gran operación de lavado de dinero con la compra de gasolina reglada que pasan de contrabando desde territorio venezolano, empobrecen la moneda y manejan el negocio a su antojo, nosotros vivimos de Venezuela”, denuncia permanentemente desde una ONG de derechos humanos que maneja una gran lista de víctimas y desaparecidos por el conflicto interno y que sigue creciendo sin parar.

 

Justo en Cúcuta suben y bajan el precio del bolívar, empobrecen la moneda, ahora está casi igual que el peso, pero meses atrás no valía nada. “Hoy les conviene equiparar la moneda para que los venezolanos vengan a comprar como locos pero cuando quieran vuelven a bajarla, es un juego cínico” comenta una cambista en El Escobar, sector que colinda con el puente internacional que da hacia Ureña, frontera venezolana.

 

La gente en Cúcuta se pregunta por qué no distribuyen la ayuda humanitaria a los venezolanos que están durmiendo en las calles junto a colombianos con quienes comparten espacios públicos y se suman a la lista del 60% de pobreza del Norte de Santander. “No sabemos que ocurrió con las donaciones del concierto, o se lo agarraron o fue un engaño” nos dijo un taxista mientras recorríamos la ciudad aludiendo al evento del pasado 22 de Febrero.

 

Justo estaba grabando una cámara frente al hotel Acora cuando Andrés se detuvo para increparme. Días antes fueron sacados de allí los militares desertores y le exigían a su presidente Juan Guaidó que cumpliera las promesas. Fueron distribuidos en otros hoteles con sus esposas e hijos y una propuesta en sus manos: el Programa Especial de Permanencia que contempla dos opciones, la primera, la firma de la renuncia del refugio, que fue el compromiso principal a los uniformados, 250 mil pesos colombianos mensuales en arriendo de 3 a 6 meses prorrogables. “Dónde vamos a vivir con ese dinero, aquí nadie vive así” dijo uno de los militares el día que los desalojaron.

 

Esa primera propuesta también incluía 60 dólares en efectivo, un permiso para trabajar y capacitaciones técnicas que nada tienen que ver con el campo militar como lo esperaban muchos de ellos, además, formar un ejército para “liberar Venezuela”. La segunda opción, un salvo conducto para salir del país e irse a cualquier nación de la coalición contra Venezuela.

 

A los minutos Andrés viralizó el video, comenzaron los insultos por las redes sociales, los mensajes no paran. “Por fin te dijeron tus verdades, narcotraficante, asesina”; y pare de contar.

 

Andrés me pidió que dijera la verdad y aquí la conté. Un gusto conocerte.

 

Por: Madeleine García

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