El mundo experimenta las consecuencias de una feroz sobredosis de neoliberalismo, mientras los grandes promotores de esta doctrina, de este modelo económico y político pretenden evadir cualquier responsabilidad, repartir las culpas y sacar el máximo provecho de la crisis mundial.

 

La pandemia ha detonado el desastre económico, pero las causas estructurales de la devastación que apenas empezamos a sufrir se encuentran en un sistema que nos retrocedió, desde el punto de vista social, a etapas del capitalismo previas a la Primera Guerra Mundial e, incluso, anteriores al propio capitalismo, puesto que nos han aproximado incluso a los tiempos del trabajo esclavo.

 

El neoliberalismo, que se apoderó del planeta a partir de los años 80 del siglo pasado, ha barrido con todos los dispositivos creados por la humanidad (y alcanzados mediante luchas que costaron mucha sangre y sufrimiento) para establecer unos mínimos términos de equidad, unas reivindicaciones elementales para las grandes masas de trabajadores, que son la mayoría aplastante del género humano y las verdaderas creadoras de riqueza.

 

El primer dispositivo arrasado fue, desde luego, el socialismo en cuanto alternativa y dique de contención. El capitalismo aprovechó errores y fomentó traiciones para acabar con la Unión Soviética y con todo lo que ella representaba. 

 

Pero a los dueños del capital no les iba a bastar con la derrota de la izquierda en términos macro. Convertidos en poder omnímodo, querían erradicar del planeta toda estructura política, económica, social o cultural que conllevara la idea de igualdad y reparto de la riqueza producida en la sociedad.  Hacia ese objetivo se ha enfocado todo el sistema hegemónico durante treinta años.

 

El segundo mecanismo de equilibrio social destruido por el insaciable neoliberalismo reinante es el de los sistemas de seguridad social que alcanzaron notable desarrollo en las sociedades del mundo llamado occidental,  es decir, bajo la égida del capitalismo estadounidense y europeo de posguerra. Es significativo que ya sin la contención socialista,los ideólogos neoliberales hayan considerado un objetivo legítimo el aniquilar un orden de cosas al que se conoce como “Estado de bienestar”. Todo parece indicar que se convencieron de que era innecesario e, incluso, inconveniente, pues las masas serían más productivas si vivieran, por el contrario, en un creciente “estado de malestar”.

 

Exteriormente, las razones esgrimidas para engullir esos sistemas fueron dos. En primer lugar, la prédica de que el Estado es siempre ineficiente y corrupto y la empresa privada, en cambio, es eficiente y honesta. Y en segundo lugar, la satanización de las doctrinas que postulan la igualdad, a través de versiones rematrizadas del valor de la meritocracia, de raíz profundamente individualista.

 

Al triturar los aparatos públicos de salud y asistencia social, acabaron, por cierto con los modelos políticos intermedios, los que se situaron exitosamente a mitad de camino entre el liberalismo y el socialismo y cuidaron dócilmente de los intereses del capital, pero bajo una apariencia policlasista. Para conseguir ese objetivo, la repotenciada derecha cooptó ideológicamente o bien compró –para decirlo sin mayores rodeos- a buena parte de la dirigencia política de los partidos socialdemócratas, democristianos y socialistas del mundo. Lo lograron hasta tal punto que ya es muy difícil distinguir entre esos movimientos políticos y los partidos de la nueva derecha que han surgido en los diferentes países. Es por ello que en Venezuela, por ejemplo, los cuadros de los viejos partidos del siglo XX y los de los de los partidos fascistas de más reciente data son intercambiables y suelen cambiarse de un lado a otro, como si se tratara de equipos deportivos profesionales.

 

Esa canibalización entre fuerzas de la derecha no tendría por qué verse como algo negativo, pues conlleva una sinceración de las posturas de cada actor en el escenario político. Pero hay un aspecto en el que ha sido nefasto: el neoliberalismo se llevó también en los cachos a las estructuras sindicales que, mal que bien, se habían edificado a la sombra de los viejos partidos policlasistas.

 

Desmontar las organizaciones obreras a lo largo y ancho del orbe ha dado rienda suelta a la impunidad del capital en la eliminación hasta de las conquistas más elementales de los trabajadores. Esto ha permitido que miles de millones de seres humanos vivan hoy, en el siglo XXI, en condiciones que habrían sido inaceptables a mediados del XX, con salarios ínfimos, jornadas de hasta 12 y 16 horas, sin vacaciones, servicios médicos ni pensiones. 

 

El trabajo realizado de manera permanente por los aparatos ideológicos del ultracapitalismo (escuela, religión, medios de comunicación, industria de la recreación) han conseguido la meta de que la clase trabajadora ignore u olvide que la lucha por la jornada laboral de 8 horas data de mediados del siglo XIX.

 

Esa maquinaria ha sido efectiva en instalar en el inconsciente colectivo la idea de que es normal ser una especie de trabajador semiesclavizado. En algunos casos, el sometimiento se logra mediante el chantaje de los más débiles, que no tienen más remedio que aceptar las condiciones más indignas, pues la otra opción es el hambre y la muerte. En otros, se sojuzga al trabajador calificado mediante subterfugios con sonoros nombres del léxico del marketing, como la subcontratación individual, el outsourcing, el nearshoreoutsourcing, el franquiciado, diversas modalidades de emprendedurismo y otras fórmulas que han permitido a las grandes empresas dejar de tener responsabilidades directas con los sujetos de los que obtienen la plusvalía.

 

El retroceso es tan bárbaro, que ha pulverizado los avances que en algún momento se habían alcanzado sobre el trabajo infantil, juvenil, femenino y de la mano de obra migrante. Buena parte de la fuerza de trabajo de países enteros trabaja por fracciones infinitesimales de lo que sería un salario mínimo en las naciones donde están las sedes de las grandes corporaciones.

 

Si se compara la legislación laboral vigente hoy en el mundo con la que existía a mediados de los años 80, se comprobará que el retroceso es de nivel cuántico. Lo mismo puede decirse del promedio de las contrataciones colectivas, en aquellos espacios donde persiste, pues en la mayoría ya ha caído en desuso.

 

Esta situación pavorosa de los trabajadores se sostenía a duras penas en condiciones normales, pero al producirse la pandemia generada por el nuevo coronavirus ha estallado globalmente de una manera que se anticipa trágica.

 

Toda esa gigantesca masa humana debe afrontar la crisis sanitaria sin sistemas de seguridad social; sin sindicatos que exijan solucione; sin leyes laborales o con apenas remedos de ellas; con subsidios muy precarios para el desempleo o sin ningún amparo al respecto; y, lo peor en una situación límite, sin esperanzas de salida. Para colmo, en varios países este cuadro es manejado por gobiernos encabezados por élites políticas e individuos particularmente desalmados y retrógrados. Una verdadera bomba en cuenta regresiva.

 

Frente a toda esta situación, el neoliberalismo es el único responsable. Es el sistema que ha reinado en el mundo por tres décadas, prácticamente sin ningún contrapunto que haya significado una amenaza. Es el sistema que absorbió a Rusia y a todas las antiguas repúblicas soviéticas y de Europa del Este; el que incluso se apoderó de China, al menos en términos de política económica; el sistema que asfixia a cualquiera que intente algo distinto (Venezuela lo sufre en carne viva)… Así que ¿a quién podría echarle la culpa de que el mundo viva una crisis humanitaria global?

 

Si usted lee a los académicos y opinadores que han defendido durante más de treinta años al neoliberalismo como el gran invento; como el súmmum del desarrollo humano; como la gran meta a seguir por todos los pueblos del mundo, los encontrará disimulando o tratando de convencer a sus seguidores de que todo es fruto de un mal hado, de una jugarreta del destino.  Pocos, tal vez ninguno, tendrá la entereza intelectual y la rectitud moral de admitir que este experimento del mundo unipolar capitalista salvaje solo ha conducido a la peor retrogradación histórica de los tiempos modernos. Es muy difícil que lo acepten porque -no cabe duda- ellos también son culpables.

 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

 

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