Ha ocurrido una vez más: la ultraderecha ha llegado a extremos vergonzosos de traición al más básico sentido de patria y dignidad, y el resto de la oposición no quiere o no puede marcar distancia, salvo las excepciones que afortunadamente salen a relucir.

 

Cuando se hace una revisión de quienes forman parte del sector opositor, encontramos grupos políticos y medios de comunicación cuya postura no resulta nada sorprendente porque pertenecen también al mismo segmento al que de manera muy merecida podríamos despachar con el apelativo de fachorros. Es lógico que respalden hasta las más violentas y depravadas acciones de sus congéneres. 

 

Pero la ausencia absoluta de reacción o los vanos intentos de relativizar las barbaridades perpetradas por los ultra también son avalados por la oposición partidista y comunicacional de la que cabe esperar actitudes más moderadas, al menos en estos puntos de inflexión que tienen que ver con la vida y la muerte o con la existencia misma de Venezuela como país.

 

¿Está toda la oposición de acuerdo con las tropelías de Juan Guaidó y su combo o es que las voces disidentes tienen razones muy potentes para no manifestarse como tales?

 

Una conjetura posible es que el discurso extremista ha hecho que se borren las diferencias ideológicas que existen en el antichavismo, un arco del que la extrema derecha es un componente importante, pero en el que también conviven tendencias socialdemócratas, democristianas y hasta un sector que se ve a sí mismo como de izquierda. Imbuidos del pragmatismo, los grupos democráticos preferirían entonces darles carta blanca a los partidos de ultraderecha, habida cuenta de que son los favoritos de Estados Unidos. Todo sea por salir del chavismo.

 

A una semana de los hechos, un lapso que ha sido –además- un espiral de ascenso en materia de revelaciones cada vez más espeluznantes, sobran dedos de una mano para contar las organizaciones e individualidades opositoras que han marcado distancia. Enrique Ochoa Antich fue el primero. Luego se manifestó Claudio Fermín. Y después, una de las alas del partido Primero Justicia difundió un comunicado en el que le proponen a Guaidó que sancione a los otros que firmaron el contrato, aunque el principal firmante es él mismo. Pese a lo incoherente, resonó duro, dado el silencio de ultratumba de los otros movimientos políticos.

 

Los partidos socialdemócratas (Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo), en estricta teoría, deberían haber sido los primeros en rechazar una modalidad de “cambio de régimen” que incluye ingreso de tropas mercenarias, secuestro o asesinato de las más altas autoridades y total inmunidad jurídica para los invasores, entre otras atrocidades. En teoría deberían rechazar ese modelo, primero porque vienen de una tradición más cercana al nacionalismo que al fascismo; y segundo (aunque tal vez más importante en términos de realpolitik) porque en el escenario de un país invadido y violado de esa manera, ninguno de esos partidos tendrá nada que buscar. Las fuerzas de ocupación compartirán el poder –si acaso lo hacen- con los grupos ultraderechistas y empresariales, no con adecos o sus derivados, quienes más bien correrán el riesgo de ser barridos en alguna operación de “limpieza política” llevada a cabo con exceso de celo. Los dirigentes de estos partidos lo saben porque casi todos son veteranos y algunos llegan a ser veteranísimos.

 

No vale la pena desperdiciar muchas líneas en los partidos y personalidades que siguen reivindicándose de izquierda pero que se han mantenido dentro de las coaliciones contrarrevolucionarias todos estos años. La mayoría de los dirigentes de ese lote han devenido en meros mercaderes de la política. Dependen del dinero que les aportan desde EE.UU. o de las subvenciones de empresarios locales, de modo que no pueden decir una palabra crítica sobre estas operaciones que en otras épocas de su vida habrían incluso enfrentado armas en mano o en aguerridas manifestaciones de calle.

 

Presionados a tomar alguna posición, estos políticos supuestamente democráticos tratan de racionalizar las posturas completamente irracionales (o abiertamente criminales) de sus compañeros de barco. Al hacerlo, completan el mural de una de las etapas más oscuras de la vida política venezolana.

 

¿Y la prensa libre?

 

Como se ha puesto de moda últimamente, los medios de comunicación financiados por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (USAID, fachada de la otra “agencia” de EE.UU., la Central de Inteligencia) se han empeñado tanto en respaldar automáticamente al proyecto Guaidó que han quedado incluso a la zaga de ciertos medios globales, como The New York Times y The Washington Post.

 

La denominada “prensa libre” pretendió aplicar todas sus clásicas estrategias discursivas ante los acontecimientos. Una de las primeras fue tratar de desmentir los hechos, calificarlos como falso positivo u olla del gobierno. En las primeras de cambio, algunos trataron de repetir la matriz ridiculizadora que aplicaron en 2004, tras el desmantelamiento de un batallón de paramilitares colombianos en El Hatillo. En ese entonces los llamaron “los paracachitos” porque se supo que algunas veces se alimentaban con cachitos donados por una pastelería del este de Caracas. En esta oportunidad no les valió el mecanismo de banalización, sobre todo a partir del momento en que se conoció que entre los capturados había militares estadounidenses, desertores de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y figuras mediáticas como el hijo del general Raúl Baduel.

 

El episodio amplió la grieta existente entre figuras de la comunicación opositora. La pelea pública entre tres de ellas (todas furibundas enemigas del gobierno revolucionario) fue un emblema de las tensiones que sacuden a la oposición en todas sus versiones.

 

El golpe de gracia se lo dio The Washington Post al publicar in extenso el contrato firmado por Guaidó y sus asesores con la empresa Silvercorp, un detallado documento que no deja lugar a dudas acerca del entreguismo de este sector político. A la prensa opositora dependiente de la USAID no le ha quedado otra alternativa que guardar un comprometedor silencio y tratar de desviar la atención de cualquier manera hacia otros temas.

 

Surge acá la una pregunta parecida a la formulada respecto a los partidos opositores considerados moderados: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar en su afán de apoyar a Guaidó, como cabeza visible de los planes golpistas de EE.UU.? ¿Habrá alguien que pida la parada y diga “hasta aquí llego yo” o la mesada provista por el genocida en serie Elliott Abrams seguirá marcando la pauta?

 

(Clodovaldo Hernández /LaIguana.TV)

 

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