Para el dirigente socialcristiano Eduardo Fernández es importante participar en las elecciones legislativas, pero dada la gravedad de los problemas nacionales, estima que lo más urgente sería conformar un gobierno de unidad nacional, sin excluir a ningún sector.

Fernández, quien fue candidato presidencial en 1988 y ocupó por varios años la secretaría general de Copei, conversó en exclusiva con LaIguana.TV.

-¿Qué le han parecido los indultos y la reaparición en el campo opositor de Henrique Capriles Radonski?

-Lo de los indultos es una magnífica noticia, independientemente de las disquisiciones sobre técnica jurídica. Lo cierto es que el hecho de que más de cien personas que estaban privadas de su libertad puedan regresar a sus familias, me parece maravillosa noticia. Ojalá fueran más las personas puestas en libertad. Echo de menos que algunas figuras de la Fuerza Armada no hayan sido incluidas en los beneficios. Ojalá este sea el comienzo de un proceso en el que podamos llegar a la situación ideal y, al mismo tiempo, anormal: que no haya ningún preso político. Creo que pocas veces ha ocurrido en la historia. Tal vez el general Isaías Medina Angarita pudo decir con mucho orgullo y satisfacción que durante su gobierno no hubo personas privadas de libertad por razones políticas. En relación con el debate político, encuentro que está bastante divorciado de la realidad nacional. Lo que está pasando en Venezuela es extremadamente grave, una crisis económica y social de proporciones gigantescas, es el sufrimiento de la gente que está pasando hambre y dificultades y que desearía que sus líderes, no solo los políticos, sino también los económicos y sociales, estuvieran trabajando por resolver los problemas del hambre, la miseria, la desolación. Hay unas cifras de esta encuesta tan seria que ha hecho Encovi (Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, dependiente de la Universidad Católica Andrés Bello), que son dramáticas. Una de ellas dice que más de 650 mil niños entre 0 y 5 años están creciendo en una situación de desnutrición. Todo esto apunta a que se haga un esfuerzo para acordarse y constituir un gobierno de consenso, de inclusión, de unidad nacional, en donde estén todos los sectores, sin excluir ninguno. Ese gobierno podría estar en condiciones de conversar con los organismos financieros internacionales para tener los recursos que permitan reactivar la economía y aliviar la situación dramática que está sufriendo el pueblo venezolano. Ese tema tiene mucho más que ver con la realidad de lo que está viviendo la gente en este momento. Aquí estoy en mi casa, a varios kilómetros de la bomba y al frente hay una cola de gente desesperada que está desde la madrugada para poder conseguir gasolina. Estos problemas tenemos que resolverlos, y el gobierno actual, por mucho que tenga la intención, no puede hacerlo porque ha perdido la confianza de la comunidad financiera internacional. Si me permiten enviarle un mensaje al presidente Maduro, le diría: usted mismo asuma el esfuerzo de constituir un gobierno de unidad nacional que, desde luego, no podría ser presidido por usted, pero donde gente vinculada a usted pueda tener también participación, porque no es contra usted, sino a favor de los venezolanos, a favor de tomar las medidas que permitan resolver el colapso de los servicios públicos. No solamente nos falta gasolina, tampoco tenemos gas, hay gente cocinando con leña, muchas veces falla el servicio eléctrico y el agua potable. Imagínate que le anuncian al país que se van a reanudar las clases este mes. ¿Cómo puede hacerse eso, cuando los niños no están bien alimentados, no tienen zapatos, no hay gasolina para llevarlos para la escuela, los maestros están ganando nada, están pasando dificultades  inmensas… Frente a esto lo que se impone es un gran diálogo, ojalá promovido por la Conferencia Episcopal Venezolana, que tiene la autoridad moral y donde estén todos los sectores. Repito: esto no es un problema de que la oposición le gane al gobierno o el gobierno le gane a la oposición. Lo que está en juego es la salud, la vida, la integridad de la nación venezolana.

-Está planteado un debate en la oposición entre abstencionismo y participacionismo. Usted plantea que lo importante sería cambiar el gobierno, pero estas elecciones que vienen no son para cambiar el gobierno, sino para elegir la nueva Asamblea Nacional. ¿No se corre el riesgo de que pase lo mismo que pasó en 2015, cuando se le prometió al elector que con su voto cambiaría el gobierno y luego, los diputados electos intentaron hacer ese cambio desde sus primeros días en la AN?

-El problema es que en 2015 estaba prevaleciendo la cultura de la confrontación. En ese momento encontré un hecho muy positivo de parte del presidente Maduro: que habiendo perdido las elecciones parlamentarias de la forma como las perdió, sin embargo, en una actitud de respeto a las instituciones, asistió a la instalación de la AN y manifestó su intención de presentar el informe correspondiente. Bueno, lamentablemente, como estábamos en la cultura de la confrontación, se le respondió que se preparara porque en seis meses lo iban a sacar. Para eso no era que se había elegido la AN. Efectivamente, ese no era el objetivo. Hay una diferencia muy grande entre eso y lo que yo estoy planteando en este momento. Lo que planteo es una cosa de  consenso, de armonía, no de confrontación. El señor Maduro ha dedicado buena parte de su vida, al menos es lo que él dice, a trabajar por los pobres, por la gente más vulnerable, por los proletarios. Bueno, pues quisiera decirle que los proletarios están sufriendo mucho en este momento y la encuesta de Encovid dice que más de 90% de la población tiene ingresos que la ubican en situación de pobreza. Y más de 80% en pobreza extrema. Esa gente que está sufriendo eso, mientras usted esté en Miraflores, no solamente es que van a seguir sufriendo sino que van a sufrir cada día más. Porque aunque usted tenga la mejor buena voluntad, eso no se puede resolver. Usted mismo puede hacer lo que hizo el primer ministro británico Arthur Chamberlain, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, quien dijo “mi política no ha funcionado y, por tanto, tomo la iniciativa de llamar a los jefes de los dos principales partidos, el Conservador y el Laborista, Winston Churchill y Clement Attlee, y voy a convocarlos a formar un gobierno de unidad nacional porque la crisis que estamos confrontando, la amenaza de invasión de los nazis es tal, que no tenemos otra salida”. En este momento, la situación de Venezuela es tan grave, que vale la pena hacer un esfuerzo por formar un gobierno de unidad nacional, independientemente de las elecciones de la Asamblea. Yo, desde luego, siempre he sido partidario de participar, aun cuando no haya las condiciones más propicias, aunque siento que el gobierno hace muchas cosas para desanimar al electorado, y lo hace con éxito. Por ejemplo, cuando el general ministro de la Defensa dio aquella declaración, tan poco afortunada, de que la Fuerza Armada no va a reconocer un triunfo de la oposición, lo hizo para que la gente diga que no vale la pena ir a votar porque el resultado está cantado. Tenemos que detenernos un minuto los venezolanos en esta peleadera inútil que tenemos desde hace 20 años y tratar de hacer lo que hicieron los jefes políticos venezolanos cuando el Pacto de Puntofijo. Se reunieron tres señores, que eran gente que no se quería mucho y tenían posiciones diferentes y dijeron, en nombre el interés nacional, vamos a ponernos de acuerdo para que esto pueda desarrollarse. En estos momentos hace falta una política de gran entendimiento nacional. Más que conversar entre los partidos políticos, el esfuerzo de diálogo tiene que ser con el país, con los empresarios, con los trabajadores organizados, con los sindicatos, con los gremios profesionales, las organizaciones de vecinos.  Explicarles que necesitamos un gobierno que pueda traer plata, divisas. Maduro, por más que quiera, no puede. Entonces, vamos a constituir un gobierno en el que el señor Maduro y sus amigos tengan todas las garantías que  la Constitución y el Estado de derecho les garantizan, pero que pueda resolver el hambre, la necesidad, la materia. Las elecciones legislativas las veo muy amenazadas, no solo por la abstención, la de los abstencionistas y la inducida por el gobierno,  sino también por la pandemia. No sabemos cómo va a estar la situación de pandemia para ese momento. Un amigo me decía que en Estados Unidos van a hacer elecciones con pandemia. Y yo le comentaba que  sí, pero allá tienen gasolina, electricidad y máquinas de votación. Aquí no tenemos máquinas, no tenemos gasolina. ¿Cómo se hace campaña? ¿Cómo se desplaza la gente hasta las mesas de votación? Hay gente que tiene que hacer un viaje para votar. Así que tengo grandes dudas sobre si la elección se puede hacer o no y me imagino que los propios rectores del Consejo Nacional Electoral  también deben estar angustiados. A estas alturas me pregunto si tenemos las máquinas o vamos a volver a la votación manual, en cuyo caso, los argumentos de los abstencionistas van a crecer más todavía. Y debo decir que la oposición no hace el trabajo que tiene que hacer, que es fiscalizar en cada mesa de votación. Esto no es nuevo, no lo inventó el chavismo, esto de que si uno no vigila las mesas, pasa cualquier cosa.

-Se habla mucho, desde el campo de la oposición, de la necesidad de que las elecciones sean libres. Pero ¿puede considerarse libres unas elecciones en un país que está sancionado, bloqueado, sin acceso al financiamiento internacional, en buena medida, por disposición de otros gobiernos, de otros países?

-En el tema de las sanciones yo me he manifestado muy reiteradamente en contra. Me parece que no tienen ningún fundamento en el derecho internacional público y es un atropello y un abuso. Distingo entre la sanción a una persona que incurrió en un acto delictivo, que se cogió unos reales, que se robó una cosa, y las sanciones que se aplican a todos los venezolanos. Me parece que es un despropósito. Los problemas que tiene Venezuela, en mi modesta opinión, tienen su origen en errores cometidos por los gobiernos venezolanos, especialmente en los últimos veinte años, y desde antes, pero sobre todos en los últimos veinte años. Esos problemas están agravados por las sanciones. Incluso, las sanciones le dan al gobierno la posibilidad de explicarle al país que los problemas que sufrimos no son su culpa, sino que son causados por las sanciones. Desde luego, yo quisiera que no hubiera sanciones porque no son solamente contrarias al derecho internacional público, sino que además son ineficientes. Cuba tiene 60 años sancionada y allí todavía impera el régimen de los Castro. Corea del Norte e Irán tienen no sé cuántos años sancionadas y hasta la antigua Unión Soviética, ahora Rusia, tiene no sé cuántas sanciones… Las sanciones no cambian gobiernos. Los gobiernos los cambia el voto  de la gente si las condiciones son perfectas. Un distinguido político dijo hace algunos años  que nosotros “no somos suizos”, pero nos gustaría que los procesos fueran lo más transparentes y los más respetables que sea posible. Es con votos que debemos promover cualquier cambio. Es mi convicción. Algunos piensan, o pensaban, no sé si lo siguen pensando, que en Venezuela se podía producir un golpe militar. Esa hipótesis no está planteada, felizmente, porque un golpe militar no resuelve sino que agrava los problemas. Otros tenían la ilusión de que el señor Trump, en un rato libre, iba a ocuparse de mandar unos marines para resolver el problema de Venezuela, pero ya el señor Abrams ha sido muy elocuente diciendo que eso es literatura mágica, que no tiene sentido. Si no hay golpe militar ni intervención extranjera, lo que hay es ir por la calle real, convocar al pueblo a votar y convocar a la organización, que debería tener la oposición para defender los votos hasta el último y no retirándose de las mesas hasta tener el acta en la mano, para defender el resultado electoral.

-¿Cómo se imagina que podría ser ese proceso para el gobierno de unidad nacional? ¿Podría partir por ejemplo de que haya un resultado equilibrado en las elecciones de diciembre y de que en la nueva AN se forje ese entendimiento? Porque, por vía constitucional, las elecciones presidenciales están todavía muy lejos.

-Las elecciones presidenciales fueron en 2018 y, lamentablemente, los que queremos un cambio dejamos pasar esa oportunidad. Otro hubiese sido el panorama si se hubiera unido todo el universo que quiere el cambio, alrededor de una candidatura presidencial, de un programa, de un discurso, de una narrativa,  y con una organización eficiente y claridad estratégica. La frase menos afortunada que he oído en los últimos tiempos es esa de que todas las opciones están sobre la mesa. Porque si eso es así, quiere decir que no se ha escogido ninguna. Si no se escoge una ruta: sea la electoral, la bélica o la que sea, no se puede avanzar. Naturalmente, yo escojo la ruta electoral y, a lo mejor, hubiéramos producido un cambio en 2018. La elección presidencial siguiente es dentro de mucho tiempo, pero en la Constitución hay fundamentos para constituir un gobierno de transición respaldado por todos los factores, que tenga la única misión de aliviar el sufrimiento de la gente, acabar la hiperinflación. Llegar al punto de que la gente pueda tener dinero en el bolsillo. Uno de los dramas es que la gente no tiene real, ni dólares ni bolívares. Ese gobierno lo que debe hacer es atender la crisis económica y social, darle un alivio, una solución transitoria y luego convocar unas elecciones donde todos participemos, sin excluir a nadie, con gran respeto a todos los puntos de vista, con supervisión internacional. Así tendríamos un gobierno respetado por todo el mundo y que debe estar comprometido a respetar a todos porque si un sector de la opinión dice “dejen que lleguemos al gobierno pa’ que vean como los vamos a guindar de los postes de la plaza Bolívar”, eso no ayuda a solucionar el problema, ni el problema político ni el problema económico y social. Ese gobierno que yo sueño no tiene por qué perpetuarse en el tiempo, debe estar, sobre todo, integrado por gente competente. Podría ser un gobierno de profesionales y técnicos.

-Usted ha sido desde siempre, incluso el comandante Chávez se lo reconoció, un líder de la oposición moderada. Viendo el desarrollo de la conducta que ha tenido la dirigencia opositora a lo largo de estas dos décadas, uno tiene la impresión de que a esa ala moderada ha sido tolerante a veces con la violencia de la oposición insurreccional. No ha reaccionado el momento, sobre todo cuando se han producido eventos sumamente violentos, sino luego, cuando ya esa opción insurreccional está en caída, como quizá está pasando justo ahora. ¿Qué piensa usted de esta reflexión?

-Yo soy radicalmente opuesto a la violencia, fanáticamente partidario de la inteligencia, del diálogo, de la paz, de las fórmulas institucionales democráticas. Me inicié en la política luchando contra la dictadura de Pérez Jiménez, precisamente porque eso representaba la violencia institucional y yo quería contribuir a que en Venezuela viviéramos en paz, sin guerra, sin violencia, porque además, la historia de Venezuela está llena de guerras y de violencia y eso explica por qué estamos tan retrasados. Tuvimos unos cuarenta años de paz, a finales del siglo pasado, pero hemos pasado los primeros veinte de este siglo en una guerra a veces verbal, que de por sí es dañina, pero que otras veces no ha sido solo verbal, sino física. Recuerdo que en alguna oportunidad, el presidente Chávez me invitó, junto con otros distinguidos venezolanos a conversar. Me acuerdo que me preguntó qué haría si estuviera en su lugar. Le respondí que el único consejo que le daría es el de no olvidar nunca que el presidente de la República tiene que ser un factor de unidad nacional. Es un papel semejante al de la reina de Inglaterra, cuya función es representar la unidad del imperio británico. Nosotros, felizmente, no tenemos una monarquía, sino una república, en la que el presidente es jefe del gobierno y también jefe del Estado, rol en el que debe ser factor de unidad. Lamentablemente, el presidente Chávez creo que no me oyó el consejo e inició la cultura de la confrontación: los ricos contra los pobres; los blancos contra los negros; los de la Cuarta contra los de la Quinta; los escuálidos contra los revolucionarios; los patriotas contra los que no quieren a la patria. Esa política, lamentablemente, fue asumida también por buena parte del liderazgo opositor y hemos tenido posiciones de radicalismo total que nos han hecho mucho daño. Venezuela está tan mal como está porque ha prevalecido en veinte años esa cultura de confrontación, de odio, de descalificaciones recíprocas. Y encima, estas cosas maravillosas que son las redes sociales, al mismo tiempo son un peligro porque cualquiera se mete en las redes a decirle insultos y agravios al que no piense como él. Se mantiene un clima que no contribuye a la solución de los problemas de la gente. Lo importante parece ser los insultos que se dicen los unos a los otros, mientras 650 mil niños venezolanos crecen desnutridos, y cuando un niño no recibe los alimentos adecuados en los primeros cinco años de edad, en el futuro no va a poder recuperarse. Vamos a tener una generación con problemas muy serios… ¡Señores dirigentes, a mí no me importa quién es el líder de la oposición, no es importante! Lo importante es que estemos unidos, trabajando por Venezuela.

-En 1987, cuando derrotó al doctor Rafael Caldera en las primarias de Copei, usted tenía 47 años, y Caldera tenía 71. Luego enfrentó en las elecciones nacionales a Carlos Andrés Pérez, que tenía 66. Usted aparecía como el emblema del relevo, pero esa generación fundadora de los grandes partidos siguió gobernando diez años más: los cuatro de Pérez, que fue destituido; el año de Ramón J. Velásquez, que había nacido en 1916; y los siguientes cinco años de Caldera. Entonces, en 1999, Venezuela da un enorme salto, de un presidente nacido en 1916 a uno nacido en 1954. Hay una generación de líderes de AD y Copei, en la que usted se ubica, que nunca gobernó al país. ¿Se siente usted parte de una generación perdida?

-Creo que hicimos muchas cosas importantes en el camino. No todo requiere de llegar a la presidencia de la República. Mi generación hizo muchas cosas útiles, pero evidentemente es una generación a la que no se le dio la oportunidad de gobernar. Eso tiene una ventaja muy grande: que podemos decir que si nosotros hubiéramos gobernado no estaríamos viviendo la tragedia que estamos viviendo. La estamos viviendo porque la generación de los mayores se empeñó en perpetuarse más allá del tiempo en el que han debido estar, y no resolvieron los problemas. En 1987, dije un discurso en el Congreso que se tituló “El pueblo está bravo”. Y decía que tenía muy buenas razones para estar bravo y lo que se debe hacer para atender ese reclamo del pueblo es esto, esto, esto y esto. A veces reviso ese discurso y digo que si hubiésemos hecho todo eso, el país habría tenido un ambiente muy distinto. No se hubiera justificado de ninguna manera el intento de golpe de Estado contra el gobierno del presidente Pérez y no hubieran pasado todas las cosas que ocurrieron. El relevo generacional no se pudo dar, lamentablemente. En Colombia hay una generación que se llamó “de los Leopardos”, formada por jóvenes muy brillantes, menores que Laureano Gómez y Mariano Ospina, que nunca pudo llegar al gobierno porque apareció el fenómeno del golpe militar y el general Rojas Pinilla interrumpió el desarrollo democrático. La generación nuestra tampoco pudo gobernar. Yo estuve más o menos cerca del gobierno en algunas oportunidades y desde el Parlamento, donde estuve por veinte años, contribuí a la elección popular de los gobernadores, la creación de la figura de los alcaldes, la adopción de políticas económicas de mayor justicia social. Mi generación contribuyó a garantizar cuarenta años de paz y de desarrollo democrático, no en el protagonismo de la primera línea, pero ayudamos mucho. Muchas cosas hicimos, pero no gobernamos y eso, en alguna medida, explica por qué estamos tan mal como estamos. Hubiera sido muy bueno para Venezuela un relevo generacional normal, pero la generación mayor que nosotros se empeñó en perpetuarse en el poder. Ahora hay amigos que me presionan para que sea candidato a la AN y yo les digo que tuve un amigo muy respetado, muy querido, muy admirado, a quien le aconsejé que no volviera a incursionar en la política porque estaba en una edad muy avanzada. Mi amigo no me hizo caso y creo que fue negativo para él, para el país y para el partido que él había creado y fundado. Bueno, yo no quiero cometer ese mismo error. Me siento en plenitud de facultades físicas e intelectuales, pero no tengo ningún afán de protagonismo porque eso le corresponde a las nuevas generaciones.

-¿Entonces, si cristalizara la idea del gobierno de unidad nacional, usted diría que no lo convoquen porque está muy viejo?

-No, tendría la obligación de ayudar de la manera en que pueda, dado que he sido de quienes lo han planteado. No ando buscando ninguna responsabilidad, pero tendría que ponerme a la orden de quienes asuman ese gobierno para ayudar con todo lo que yo pueda. Porque todos tenemos que ayudar a resolver el problema de todos. El problema no es de Maduro ni del señor Guaidó, sino de todos los venezolanos. Tal vez los que menos problemas tienen sean Maduro y Guaidó. Por ejemplo, si volvemos a lo de las sanciones, siempre he dicho que al último venezolano al que le va a faltar gasolina o comida será a Maduro. Antes que él vamos a estar castigados todos los que no tenemos ninguna responsabilidad en lo que está ocurriendo. Las sanciones no son contra Maduro, sino contra todos los venezolanos. Entonces, insisto, lo que conviene es sustituir la cultura de la confrontación, del odio, del pleito inútil, por una cultura de diálogo, de entendimiento, de búsqueda de los consensos que permita resolver el sufrimiento de la gente.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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