La «nueva normalidad», frase que resuena ominpresentemente como presagio de la vida que tendremos tras la pandemia, fue el punto de partida para que el filósofo y comunicador Miguel Ángel Pérez Pirela reflexionara en Desde Donde Sea acerca del concepto de normalidad en la historia de la Filosofía Occidental. 
 
Para ello, el experto apeló principalmente a la obra del filósofo francés Michel Foucault, en la que se despliega un aparato conceptual que da cuenta de los modos de operación de las llamadas tecnologías de normalización, es decir, procedimientos cotidianos a partir de los cuales se intenta regular el comportamiento del cuerpo –individual y social–, de manera que sean útiles al capitalismo, tanto en términos de producción y consumo.
 
En la clase, intentó ofrecer respuestas a las preguntas: ¿Qué quiere decir «ser normal»? ¿Qué es la normalidad? ¿Y la anormalidad? ¿Qué es lo frecuente? ¿Lo que se hace en repetición, lo que se hace siempre, lo que se repite? ¿Si se hace una acción «anormal» repetidas veces, se transforma en normal?
 
¿La normalidad es ser mayoría? Es decir, ¿la mayoría dicta la verdad, es la verdad? Cuando la mayoría dice ‘algo es así’, ¿tiene el concepto de verdad? ¿La verdad no puede ser patrimonio de las minorías?
 
Inició su disertación precisando que, aunque pretende venderse como universal –válida en cualquier tiempo y circunstancia–, la noción de normalidad va aparejada desde siempre de una relativización espacial, temporal y cultural, lo que supone de entrada la imposición de un criterio, en el cual las instituciones sociales, algunas con más preeminencia que otras, juegan un papel determinante.
 
Siguiendo a Foucault, puede señalarse en primer término que la normalidad es, antes que todo, el resultado de la aplicación de prácticas sociales de exclusión, siguiendo procedimientos que implican la normalización, es decir, la estandarización u homogeneización de cuerpos y conductas en todas las esferas de la vida.  
 
De lo antes dicho, se desprende que la normalización, al ser imposición cultural, impacta todos aspectos de nuestra existencia, incluyendo los que creemos más privados o determinados exclusivamente a partir de nuestros propios conceptos, como por ejemplo, la sexualidad, la vestimenta que portamos o nuestra idea de la belleza. 
 
De esta manera, para el filósofo francés, la norma –que no debe entenderse como sinónimo de la ley– se presenta en un primer momento como un modelo social que implica la uniformidad. La anormalidad, por tanto, sería un modelo individual, pero también un referente social sobre la base del cual juzgamos a otros y nos juzgamos a nosotros mismos. 
 
Un ejemplo del que se valió Pérez Pirela para ilustrar esta idea foucaultiana es la relación existente entre la igualdad y normalidad, que es ampliamente visible en el caso de las instituciones educativas, que pretenden modelar a los educandos como «iguales», anulando con ello las políticas de la diversidad, que contrariamente a la creencia generalizada, no son solamente socavadas por gobiernos autoritarios, sino también por la dictadura neoliberal, que aplasta la subjetividad, al atentar contra nuestra autonomía, y condenar y proscribir la originalidad y la creatividad de los seres humanos. 
 
Por ello, en su criterio, la llamada «nueva normalidad» que se anuncia como necesidad insoslayable tras la pandemia, no pretendería otra cosa que relativizar todavía más, con fines estrictamente económicos, el tiempo
 
Empero, recuperando el aparato conceptual de Foucault, recordó, que si bien todo parece indicar que existe un consenso social sobre lo que podría ser la normalidad y a partir de allí, se comienza a definir lo que es normal en nuestras vidas, se trata de un punto de vista necesariamente conservador, pues se cimienta en la conservación del status quo a como dé lugar. 
 
Para imponerse, estas formas coercitivas, ya no se valen de la violencia explícita en la mayor parte de los casos, sino que se apela a mecanismos y tecnologías consideradas como aceptables o adecuadas por la mayor parte de la población, mas en la contemporaneidad, el fin último de todos los mecanismos de normalización es producir cuerpos dóciles y útiles para la producción y el consumo. 
 
Ello es posible, siempre siguiendo a Michel Foucault, porque el poder antes que estar concentrado, adopta una estructura relacional, cuya expresión son micropoderes que recorren todo el tejido social y se articulan entre sí, con el propósito de imponer un cierto punto de vista, lo que deriva en que lo que finalmente es valorado como «normal», se reduce a comportamientos, opiniones o prácticas que las sociedades han asumido como propias y de allí que muchas personas asocien la idea con «lo normal, lo establecido, lo acordado, lo medible, lo habitual». 
 
Es justamente a partir de este punto que Foucault ofrece un argumento que niega por entero esa noción derivada del sentido común, puesto que, en su criterio, «la normalidad es una herramienta de dominación como pocas» dentro de la sociedad contemporánea, a la que le añade el epíteto «disciplinaria».
 
Su aseveración se sostiene en los elementos que conforman el modelo carcelario que usó como base para analizarla, entre los que destaca el panóptico, un mecanismo de vigilancia ubicado en el centro de las cárceles desde el que se podía observar, sin ser visto. 
 
De esta manera, el individuo asume para sí la mirada panópitica, por lo que se autocensura y se autojuzga a partir de un criterio de normalidad que le es impuesto exteriormente. Se obliga, por tanto, a ser normal y en consecuencia, reproduce las condiciones de la sociedad disciplinaria y se erige en juez de quienes no satisfacen lo establecido. 
 
Los disidentes de la sociedad disciplinaria, en tanto no concordantes con la norma, reciben la calificación de anormales. La sociedad se arroga el derecho, a través de normalizadores calificados –médicos, maestros, jefes, etcétera– de introducirlos nuevamente al redil, mediante procedimientos que se soportan en una idea de la medicalización de la existencia. Así, el anormal, es antes que nada, un enfermo. 
 
Si los mecanismos de normalización fallan, entonces el castigo que reciben los anormales es la exclusión. Allí cumplen su rol los centros de internamiento, como los manicomios y las cárceles. 
 
El mandato a la normalidad es insidioso, omnipresente y abarca todos los ámbitos de la vida, incluyendo los más privados, como las relaciones de pareja, los atuendos o el ejercicio de la sexualidad, imponiendo, por medio de naturalizaciones cotidianas, lo que el filósofo Alexis de Tocqueville denominara la dictadura de las mayorías. 
 
Michel Foucault concibe la normalidad como una herramienta control político y por tanto, derivada de un criterio social. Examinando la historia, muestra cómo, efectivamente, si bien la noción de normalidad ha cambiado, es larga compañera de la humanidad. 
 
Por ejemplo, recuerda que la areté (virtud) de los griegos era considerada normal y reposaba en la asamblea de ciudadanos el definirla, mientras que en el Medioevo, la Iglesia Católica definía lo bueno y lo malo con base en criterios divinos, y en los albores de la Modernidad, era el Estado de Derecho el que imponía, a través de la ley, la idea de la justicia. 
 
En tiempos contemporáneos, para Foucault, en sus ensayos contenidos en el volumen El poder, una bestia magnífica, el criterio será lo normal o lo anormal, que es decidido por médicos y otros actores que se encargan de normalizar las relaciones sociales, indicando lo que ha de hacerse, cómo debe hacerse y cuándo debe hacerse. 
 
Bajo este punto de vista, el individuo no debe ser castigado, sino normalizado, por ejemplo, a través de medicamentos, con lo que se crea una jerarquía de individuos en función de su normalidad. 
 
Se trata, por tanto, de uno de los instrumentos de poder más poderosos de la sociedad disciplinaria, que trata de «corregir» al individuo «anormal» a través de instrumentos como la medicalización.
 
En la sociedad disciplinaria, sostiene Michel Foucault, los normales se sienten en la potestad de determinar la vida del resto, un poder que ejercen a través de estrategias de bipoder, entendido este como la gestión de la vida de las poblaciones por parte del Estado o del mercado, según el caso.
 
En una entrevista de 1977 compilada en el volumen El poder, una bestia magnífica, el francés aseguraba que «en lo esencial, al loco, al desviado, al irregular, a aquel que no se comportaba o no hablaba como todo el mundo, lo percibían como un enfermo y poco a poco, comenzó a anexarse a la medicina el fenómeno de la locura», se la medicalizó y un loco pasó a ser sinónimo de enfermo, mas advierte que esta medicalización es en realidad parte de un fenómeno más amplio: la medicalización de la existencia. 
 
Por ello, de ningún modo puede definirse la norma como poder natural, sino que se debe necesariamente al poder de exigencia y coerción que es capaz de ejercer. De este modo, es a la vez portadora de una vocación de poder y ejercicio de una dinámica de poder.  
 
Foucault, que no veía en el poder negatividad, sino que lo entendía de un modo productivo, subraya asimismo que la función de la norma no es excluir, pues siempre está ligada a una técnica que abreva a un proyecto normativo.
 
En Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, uno de sus libros más conocidos y célebres, refiere que los procedimientos y equipos carcelarios «se han convertido en los instrumentos de la nueva sociedad», en la que «nos encontramos en compañía del profesor-juez, del educador social-juez, del trabajador social-juez»: todos hacen reinar la universalidad de lo normativo y acaban por someter –docilizar– el cuerpo. 
 
Necesariamente se desprende que para Michel Foucault, la normalidad implica una relación de poder porque ordena, clasifica, controla y decide lo que es correcto. Quien sale de la corrección, siente que es extraño y sucumbe a la presión del biopoder, autocensurándose hasta alcanzar la ansiada normalidad. 
 
Pero lo anterior no puede sostenerse sin un régimen de saber que permita la articulación efectiva de las normalizaciones. Si se entiende el saber como la resulta del acuerdo de un conjunto de individuos que deciden qué es la verdad, una vez determinado su sitio, solamente ella es capaz de definir qué es lo correcto o lo incorrecto, pero también, lo que es normal y lo que es anormal, puesto que el poder disciplinario controla a los individuos a través de procedimientos de normalización. 
 
En Arqueología del saber, Foucault dice que los saberes y discursos son el producto de ciertas condiciones, pero su eficacia reside en el hecho de que es el lenguaje el que construye y modela realidades, constituyéndose, por lo tanto, en el mecanismo de normalización por excelencia dentro de la sociedad disciplinaria.
 
En el mismo orden de ideas, afirma que emergen los saberes técnicos, cuyos profesionales –médicos, abogados, psicólogos, maestros, etcétera– cumplen el papel de agentes de normalización dentro de la sociedad disciplinaria, pues estudian a los anormales, los encarcelan y los juzgan: ejercen poder sobre el anormal.
 
Ya en su Historia de la Locura en la Época Clásica, Michel Foucault indica que la locura implica una exclusión que se ejerce a través del confinamiento, pero el verdadero legado de esta práctica social fue el haberse extendido a lo largo de todo el siglo XVII a otras esferas de la sociedad con propósitos normalizadores. De este modo, locos, delincuentes y hasta epilépticos acabaron recluidos, confinados. 
 
Sin embargo, la sociedad disciplinaria no solamente no tolera la diferencia, sino que exige, como en el caso de los delincuentes, que al prisionero se le haga sufrir. En la sociedad disciplinaria, este formato carcelario se extendió a asilos, hospitales y escuelas y el descubrimiento de este hecho hizo que Foucault, a contrapelo de lo que aseguraran Marx y los marxistas, insistiera que lo que permitía la perpetuación del capitalismo no se remitía exclusivamente a la relación entre capitalistas y trabajadores asalariados, sino que se amparaba en la articulación compleja de micropoderes que recorren todo el tejido social.
 
Para el capitalismo es importante el control, sobre todo, el control biopolítico, cuya función es tratar que los cerebros se autocontrolen y se autorregulen, con base en lo que el biopoder –acciones políticas sobre la vida de las poblaciones emprendidas por el Estado a objeto de gestionar por entero la existencia de los seres humanos, que han de ser útiles a los fines del mercado– define.  
 
La única receta que ofreció Foucault para superar las imposiciones del biopoder y eludir sus tácticas normalizadoras, era asumir la propia existencia como una obra de arte siempre perfectible y modificable. 
 
Todo lo discutido, concluyó Miguel Ángel Pérez Pirela, debería alertarnos respecto de la «nueva normalidad», cuya novedad consiste en que no funcionan –total o parcialmente– los mecanismos de normalización vigentes antes de la pandemia y simplemente se nos está tratando de imponer una nueva, que no vaya en contra de los intereses del capital.
 
Sin embargo, el que todavía no esté nada definido, ofrece a los ciudadanos mayores posibilidades de incidir sobre esa «nueva normalidad» que dominará el escenario pospandémico. 

 

(LaIguana.TV)

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