Purdue Pharma se declaró culpable de haber engañado al Gobierno federal sobre las ventas de su exitoso analgésico OxyContin, el opiáceo de prescripción que causó una crisis nacional de adicción. La farmacéutica y la familia Sackler, propietaria de la empresa, recibieron multas poco significativas.

Así terminó el proceso contra la empresa, acusada de alimentar una crisis mortal de opiáceos en EEUU que mató al menos a 450.000 estadounidenses. El gigante farmacéutico Purdue Pharma, que inundó el país con analgésicos peligrosos, ha admitido que utiliza métodos de comercialización cuestionables, y ahora está cerca de la quiebra.

Publicidad agresiva, profesionales médicos corruptos y falta de supervisión llevaron la empresa hasta donde está ahora. La propia compañía desarrollaba un medicamento, lo ensayaba, lo producía, lo revisaba en sus propias revistas científicas, lo prescribía a través de sus médicos.

A principios de los años 1920, la familia judía Sackler se trasladó de Ucrania a Nueva York en busca del sueño americano. El patriarca Isaac Sackler abrió una tienda de comestibles y logró dar una educación médica a sus tres hijos. El mayor de los hermanos, Arthur, era una especie de genio del marketing y la publicidad que convirtió una pequeña empresa farmacéutica en el imperio Purdue Pharma.

Ahora, la fortuna de la familia se estima en al menos 13.000 millones de dólares, en gran parte gracias a un analgésico basado en la oxicodona relacionada con la morfina. La oxicodona tenía la ventaja de la imagen: no causaba una reacción tan cautelosa en los médicos y los pacientes como la morfina, asociada a la drogadicción y al cáncer.

El objetivo de Purdue Pharma era ampliar drásticamente el mercado potencial del OxyContin. Los analgésicos, justificados durante la recuperación de una cirugía o para mitigar los dolores de cáncer, comenzaron a posicionarse como un alivio del dolor casi universal, ya sea migraña o artritis. La empresa ocultó que el medicamento es adictivo, que el cuerpo adquiere tolerancia a la droga y requiere un aumento de la dosis.

En la práctica, esto significaba que los pacientes se pasaban a la heroína o empezaban a comprar el OxyContin en el mercado negro. En ambos casos morían por sobredosis, y el número total de víctimas de la epidemia de opiáceos en Estados Unidos superó las 450.000 personas, apunta el periódico NYT.

Todo esto le costaría a Purdue Pharma unos 8.300 millones de dólares en multas penales y civiles, pero en realidad, es poco probable que termine pagando esta suma: la empresa se ha declarado en quiebra. Al mismo tiempo, los miembros de la propia familia Sackler salieron con tan solo 225 millones en demandas civiles. Los Sackler no enfrentan cargos criminales.

El presidente de Purdue, Steve Miller, reconoció que para cumplir con los objetivos de ventas la empresa dijo a la Administración de Control de Drogas que había creado un programa para evitar que OxyContin se vendiera en el mercado negro, a pesar de que estaba comercializando el fármaco a más de 100 médicos sospechosos de prescribir OxyContin ilegalmente.

Purdue también se declaró culpable de pagar sobornos a los médicos para que prescribieran OxyContin y a una empresa de registros médicos electrónicos, Practice Fusion, por mostrar a los médicos alertas que pretendían aumentar las prescripciones de opiáceos.

OxyContin se introdujo en el mercado a mediados de la década de 1990 como un milagroso analgésico no adictivo. Eso era falso, y a medida que más médicos lo recetaban, personas de todo el país se hacían adictas a la droga.

El aumento de la demanda creó un mercado en auge de recetas ilegales y farmacias que en realidad eran tiendas de OxyContin, lo que también contribuyó a alimentar la adicción a opiáceos ilegales como la heroína y el fentanil.

«El abuso y la desviación de los opioides de prescripción médica ha contribuido a una tragedia nacional de adicción y muertes», dijo Jeffrey A. Rosen, el fiscal general adjunto de EEUU, en una declaración.

(Sputnik)

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