Todo el mundo sabe que Juan Guaidó anda por ahí, acusado de mil delitos, pero libre.

Todos saben también que -con frases que parecen sacadas de un manual de marketing político o, tal vez, de una obra menor de autoayuda- los funcionarios públicos llamados a procesarlo y, eventualmente, a castigarlo, dan a entender que eso ocurrirá en algún momento, aún muy nebuloso, del futuro.

Pero, ¿qué tal si nunca ocurre? ¿Qué pasará si este señor, al que se atribuyen robos fabulosos de fondos públicos y otra gran cantidad de fechorías, queda de manera permanente sin sanción alguna, como parte de un acuerdo político?

Vamos a solicitar permiso para especular, no en el sentido empresarial de la palabra (que en eso hay demasiados campeones en Venezuela), sino en el de imaginar escenarios que tanto podrían ocurrir como no ocurrir. Estando hoy en lo que parece ser una encrucijada, creo que es válido tal ejercicio.

Okey, me lanzo con la hipótesis: supongamos que en los próximos días se anuncia un acuerdo mediante el cual Estados Unidos (verdadero jefe de la banda, como bien se ha demostrado) ordena a todos los partidos, partiditos y partiduchos opositores anotarse en las elecciones, a cambio de reducir algunas de sus medidas coercitivas unilaterales (no todas, claro está). El acuerdo exige expresamente que Juan Guaidó siga como hasta ahora: impune, a pesar de la larga ristra de delitos de los que el gobierno y el Ministerio Público le han acusado semanalmente desde enero de 2019.

Ajá, la pregunta que surge es: ¿está preparado el chavismo para aceptar la impunidad formal y definitiva de Guaidó?

[El espectro podría ampliarse hasta mucho más allá del chavismo e incluir a independientes y a muchos opositores que están conscientes de todo lo que ha hecho la pandilla nominalmente encabezada por Guaidó. Pero, por hoy, dejemos esto en el campo neto del chavismo].

Mi primera politóloga favorita, Prodigio Pérez dice que quienes internamente apuestan por la respuesta positiva a esta pregunta, es decir, los que creen que el chavismo está en capacidad de masticar, digerir y asimilar tamaño acontecimiento, se basan en algo que se llama «la normalización de la desviación», que quiere decir que hasta las conductas más fuera de la ley o de los principios éticos se hacen normales si la gente se acostumbra a tolerarlas o, más aún, a practicarlas. Observe usted para qué sirve un semáforo en Caracas y entenderá de qué se trata.

Sostienen que si hasta ahora la gente que no roba, que no pide bloqueos, que no se autoproclama titular de ningún cargo, que no firma contratos para que invadan al país (y etcétera, etcétera…) se ha calado estoicamente que un sujeto que sí hace todas estas cosas ande por ahí tranquilazo, ¿qué puede hacer pensar que se molestará cuando la impunidad se haga oficial y permanente?

Prodigio acota que los impulsores internos de un arreglo de borrón y cuenta nueva calculan que habrá tal vez unos días de furia en las redes sociales y quién quita si –exagerando en la especulación- alguien se atreva hasta a quemar unos cauchos. Es decir, nada que no pueda descalificarse con algún epíteto urticante (trasnochado, por ejemplo) o con una insinuación respecto a las vinculaciones de los descontentos con el señor ese que vive en un palacio en Italia (¿cómo se dirá: rosso-rossetto, rosso-rossastro o o rosso-rossino?). Luego todo se aplacará y la gente del común seguirá atendiendo temas más acuciantes, como el precio del cartón de huevos o la falta de vuelto en dólares.

Pero Prodigio no se queda con esa opción. También se pasea por la otra: que un acomodo político tan incoherente con el discurso previo sea algo así como el tantas veces pronosticado punto de ruptura del chavismo con su dirigencia.

Se apresura a explicar que muchos de los altos líderes revolucionarios han remachado tanto las denuncias contra el autoproclamado que al dejarlo sin castigo tendrían que pasar varios meses tragándose sus propias palabras y tratando de justificar lo que, a la luz de sus posturas previas, es injustificable. En esa empresa, ella no les arrienda la ganancia.

La experta observa señales de que la dirigencia chavista podría haberse malacostumbrado a que, pase lo que pase, la militancia siempre responda disciplinadamente, es decir, a que firme autorizaciones en blanco (ella no dice “cheques” porque ya casi nadie sabe lo que era eso).

Esto se observa incluso en asuntos tan delicados como la escogencia de candidatos a cargos de elección popular, pero sobre todo en temas más abstractos de la política. «Por ejemplo, se eligió una Constituyente que trabajó por tres años pero no propuso ningún cambio a la Constitución, y en el seno del chavismo fueron muy pocos los que exigieron una explicación», ilustra ella.

Consulto entonces a mi segunda politóloga favorita, Eva Ritz Marcano, y dice que la apuesta de los partidarios de negociar la impunidad de Guaidó, se basa en una cuestión pragmática: si en verdad el acuerdo incluyera el levantamiento del bloqueo y de las denominadas sanciones, los resultados concretos, en el día a día, de la gente serían tan inmediatos y espectaculares que, al cabo de unas semanas nadie estaría pendiente del fulano exdiputado. La mayoría terminaría diciendo que está bien si él y toda su familia hasta la quinta generación, se rumbean los reales birlados, mientras acá tengamos un país aunque sea un poquito menos desastroso.

Se entiende, entonces, que los principales rostros de la Revolución volverán a sus manuales de marketing político -o de autoayuda- y dirán que haberse mantenido en el poder, pese a tantos brutales ataques y, encima, lograr el levantamiento, aunque sea parcial, del bloqueo y de las medidas coercitivas unilaterales es un éxito descomunal, por la que vale la pena pagar el precio de alguna impunidad.

Tras escuchar a ambas politólogas (filósofas, diría yo), me permito cerrar esta pieza especulativa con una reflexión propia: luego de acusar a Guaidó de tantos y tan graves hechos punibles, un acuerdo político que implique su impunidad no podrá considerarse una victoria, ni aun en el supuesto negado de un levantamiento total del bloqueo y los castigos arbitrarios de EEUU. Le hará demasiado daño a la credibilidad del discurso revolucionario y a lo que pueda quedar de fe en la justicia.

Reflexiones domingueras

Es cínico que un exdiario impreso (hace tiempo que no es diario ni impreso), que ha militado desde hace al menos dos décadas en la ultraderecha proimperialista, intente presentarse como víctima, en un caso flagrante de mala praxis periodística, apelando a la parte ya remota de su pasado en el que era de izquierda, antiimperialista y ejemplo de ética en las comunicaciones.

Es cómico que las doñas y los doños de El Cafetal (entendido esto como categoría antropológica) defiendan a ese exdiario utilizando como argumento las glorias que tuvo en aquellos tiempos ñángaras, pues la gente de su clase social y de su postura política no leía entonces ese periódico, justamente porque era «comunista».

Es patético que los defensores de la “prensa libre” en el mundo hayan protestado más por el embargo de una chivera periodística en Caracas que por la voladura, por parte del sionismo israelí, de un edificio entero en Gaza, donde funcionaban varias agencias de noticias.

Es conmovedor ver a periodistas que fueron triturados por el cambio ideológico-generacional de El Nacional, salir -después de viejos, como suele decirse- en defensa de sus verdugos laborales.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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