Las consecuencias económicas de la pandemia en el mundo se miden, también, a mediano y largo plazo.

Economistas de Alemania, pertenecientes al Deutsche Bank, salieron a advertir sobre el perjuicio devastador que la inflación provocará en el planeta, si no se toman medidas.

Para estos especialistas, se trata de una «bomba de tiempo» que explotará no urgentemente, pero sí para 2023 y en adelante.

Consecuencias generales

Poner excesiva atención a los estímulos financieros y dejar de lado la inflación, para ellos, traerá consecuencias generales.

Los cambios de hoy se comenzaron a fraguar en la anterior crisis financiera, durante la crisis de deuda soberana en la zona euro, pero es ahora cuando se van a producir las consecuencias más importantes para la inflación. Los banqueros centrales solo parecen tener ojos para la sostenibilidad de la deuda pública, que necesita de unos bancos tipos de interés y de grandes compras (por parte de los bancos centrales) para evitar que se derribe el castillo de naipes. «La base del actual cambio de paradigma en las políticas se estableció en la última década. Después de la crisis financiera mundial, la preocupación se centró en los niveles elevados de deuda soberana… por lo tanto, los bajos tipos de interés y la compra de activos han continuado», asegura Folkerts-Landau.

El economista alemán cree que de este modo dos de las mayores limitaciones históricas de la política macroeconómica (la inflación y la sostenibilidad de la deuda) están dejando de ser vinculantes para la banca central y los gobiernos. A su vez, la eliminación de estas restricciones ha abierto la puerta a nuevos objetivos para la política macroeconómica, que van mucho más allá de simplemente estabilizar la producción (el PIB) a lo largo del ciclo económico, asegura el economista de Deutsche Bank.

El estallido de la inflación

Los precios han subido hasta la fecha por el auge de las materias primas (petróleo, cobre…), la reapertura de la economía, el efecto base que se produce al comparar los precios de este año con los de 2020 y por la escasez de ciertos inputs como pueden ser los chips semiconductores (necesarios para casi todos los bienes con algún componente electrónico). Los bancos centrales confían en que estas tendencias perderán intensidad a lo largo del año o ya en 2022. Pero «incluso si parte de la inflación ‘transitoria’ disminuye, creemos que el crecimiento de los precios recuperará un impulso significativo a medida que la economía se sobrecalienta en 2022. Además, nos preocupa que en su nuevo objetivo de precios, la Fed sea demasiado lenta para amortiguar las crecientes presiones inflacionarias de manera efectiva», explican desde Deutsche Bank.

«A diferencia de épocas anteriores, cuando era una práctica habitual prevenir los excesos de inflación con unos tipos de interés más altos, la Fed dice hoy que quiere ver el progreso real (esperar a que el monstruo de la inflación esté ya dentro de casa), no solo el progreso pronosticado. El nuevo enfoque sobre el objetivo de inflación solo aumenta la tolerancia a la propia inflación», sentencia el economista alemán. En 2020, la Fed flexibilizó su objetivo de inflación, abriendo la puerta a que los precios suban por encima del 2% durante un tiempo sin que el banco central tenga la ‘obligación’ de mover ficha. El nuevo objetivo es una inflación media del 2% en el largo plazo.

La consecuencia de este retraso, según el banco alemán, será una mayor perturbación de la actividad económica y financiera. «A su vez, esto podría crear una recesión significativa y desencadenar una cadena de dificultades financieras en todo el mundo, especialmente en los mercados emergentes. La historia no está del lado de la Fed. En la memoria reciente, el banco central no ha logrado un aterrizaje suave al implementar un ajuste monetario cuando la inflación ha estado por encima del 4%», asegura Folkerts-Landau. El IPC superó ese crecimiento interanual del 4% en el mes de abril y se espera que el dato de inflación de esta semana sea aún mayor.

Inflación más estructural

A los factores supuestamente temporales también se le unen otros más estructurales como el proceso de ‘desglobalización’ que podría elevar los costes de producción de forma permanente a medida que las cadenas de suministro pierden eficiencia para ganar resiliencia y se concentran en partes del globo más cercanas al consumidor final.

«Debemos decir que la globalización en sí misma ha sido posiblemente la principal historia económica de las últimas décadas. De hecho, en los últimos 50 años, el comercio mundial se ha duplicado con creces como porcentaje del PIB, del 27% en 1970 al 60% en 2019, justo antes de la pandemia. Pero es poco probable que continúe esta tendencia de crecimiento ascendente». Estas fuerzas estructurales inflacionarias están creciendo justo ahora comienza una década de importantes inversiones climáticas y de sostenibilidad. Es probable que esto genere un shock de oferta negativo y provoque un gasto fiscal a gran escala para dar forma a unas economías más ecológicas, pero por ahora menos eficientes (un buen ejemplo es la subida de la luz en España). También el envejecimiento puede presionar al alza a la inflación desde ahora.

Otro factor muy relacionado con las políticas fiscales sin precedentes es que esta vez (a diferencia de 2008), las familias han mantenido o han disfrutado de un incremento de la renta disponible, gracias a las ayudas directas de los gobiernos, sobre todo en EEUU. Esto ha generado un exceso histórico de ahorro que ahora podría comenzar a convertirse en consumo, agudizando aún más la escasez de ciertos inputs e impulsado los precios de los bienes, pero también de los servicios. Las familias querrán volver a viajar, a cenar fuera, ir de compras… todo ello se producirá justo cuando las empresas del sector servicios han acometido grandes recortes o muchas de ellas han cerrado.

En el caso de EEUU, «ya hay indicios de que la demanda agregada supera con creces la oferta potencial. Incluso con el escenario base de nuestros economistas, el desequilibrio de la oferta y la demanda podría hacer que la brecha de producción supere un nivel positivo del 2%, el más alto en más de dos décadas. En un escenario de alto crecimiento, podría alcanzar un 5,5% positivo, el más alto desde mediados de la década de 1960», sostiene el economista alemán.

Todo hace indicar que los bancos centrales podrían estar dando demasiada relevancia a la hipótesis que habla de una subida de la inflación transitoria, cuando la realidad es que se está llevando a cabo una combinación de factores que no se ha producido a lo largo de la historia (fiscales, monetarios, demográficos, tecnológicos…). La incertidumbre es amplia y la banca central debería prepararse para luchar contra la inflación o lo que venga.

«Tras años de expectativas de inflación muy bajas, estamos mal preparados para un cambio dramático. Este es especialmente el caso, ya que hoy en día muchos precios de los activos dependen del respaldo de la política monetaria de tipos bajos y de la abundante liquidez que ha sido un sello distintivo del mundo posterior a 2008».

Aunque por ahora estos riesgos solo son palpables en la mayor economía del mundo, pronto también se podrán atisbar en otras partes del mundo: «Donde va EEUU, otros suelen llegar detrás. Incluso en Alemania, con su disciplina fiscal, existe un apoyo creciente para reformar el freno de la deuda constitucional a fin de permitir un mayor gasto deficitario. Y aunque, en conjunto, el estímulo fiscal de la UE ha sido más limitado que el observado en EEUU, la llegada del Fondo de Recuperación de 750.000 millones de euros financiado con préstamos colectivos abre el camino para nuevos paquetes de este tipo en respuesta a crisis futuras. Parece difícil que el BCE deje de ayudar a financiar tales inversiones fiscales en el continente».

(eleconomista.es)

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